Un poeta llamado Miguel Ángel

A veces se hace imprescindible volver a los clásicos. Pero la pregunta sería: ¿qué o quiénes son los clásicos? Quizá por clásicos entendamos aquellos filósofos y poetas, dramaturgos y pensadores de la Antigüedad (Grecia y Roma): La Ilíada, La Odisea, El banquete, La Eneida, Medea, Electra

Quizá, aquellos grandes nombres de todos los tiempos cuyo estudio se hace imprescindible para comprender la evolución del ser humano a través de la Literatura: Quevedo, Cervantes, Shakespeare, Chejov, Tolstoi, Poe, Flaubert, Verlaine, Dante, Petrarca, Mann, o Schiller...

Pero hablo hoy de clásicos como aquellos que tocan el corazón humano y lo hacen latir a través de los tiempos, las barreras geográficas y las culturales. Esta categoría no excluye a los anteriores, pero sí los amplía a nombres que ignoro dentro de las culturas orientales, por ejemplo, y a nombres que han pasado de puntillas para la mayoría de nuestros contemporáneos. Este es el caso de Miguel Ángel, famoso escultor y pintor de la Sixtina, prototipo del Renacimiento y… casi ignorado poeta. Leí por primera vez sus versos en plena adolescencia, con la emoción con que me enamoré del Ocnos de Cernuda. Fue así como descubrí su amor por Tommaso Cavalieri, un adolescente cuyos encantos lo cautivaron cuando él ya había cumplido los cincuenta.

La grandeza de este artista se ve ampliada por el transfondo ético y religioso que transpiran sus obras. Savonarola, el cisma, los Papas más materialistas de la Historia y los albores del Barroco con la Contrarreforma. Miguel Ángel se vio “iluminado” en su juventud por la pasión del predicador florentino, pero mantenía la frescura que el Renacimiento y su individualismo traían consigo: el David, la bóveda de la Sixtina son un canto a los ideales del Hombre. Sin embargo, El Juicio Final también de la Sixtina o la inacabada Piedad Rondanini nos hablan de una tormenta humana, donde la belleza ha dado paso a un pre-claroscuro de una melancolía infinita.

Pero volviendo a su Literatura, esto se refleja en sus poemas de forma tan bella como, a veces, rabiosa. Su canto al amor platónico por Tommaso deshace el corazón más duro. Su crisis interior entre el deseo y la contención física, entre la necesidad de sentir el cuerpo amado entre sus brazos y la firme creencia de que toda fortaleza y vigor debían entregarse al arte, suelta chispas de una pasión no consumada. Y aunque su obra literaria ha permanecido oculta prácticamente hasta la actualidad (por lo visto hay una edición de sus poemas del siglo XVI, llevada a cabo por su sobrino, pero de baja calidad y corta tirada), su permanencia es atemporal. Como ejemplo valgan cuatro botones. Los dos primeros huellas de su amor por el aristócrata adolescente:

“¿Mas por qué debo lamentarme si en los ojos

de este jubiloso ángel extraño he visto

que encontraré la paz, el descanso y el refugio?”

Fragmento del Soneto XVII a Tommaso Cavalieri.

“Y así pueda yo tener, aunque no lo merezca,

a mi dulce señor, a quien tanto deseo,

en mis brazos dispuestos y tan pobres para siempre”


Fragmento del Soneto XXII a Tommaso Cavalieri.

Uno de su crisis interior, de sus luchas entre el deseo y la fe; entre el arte y la concupiscencia; entre el fuego y la filosofía platónica:

“Ya que por carne tengo paja y azufre en el pecho,

ya que tengo huesos que son seca madera,

ya que mi alma no tiene rienda ni tiene guía,

ya que corro al deseo y más aún tras la belleza,

ya que mi mente es débil, ciega y vacila,

y ya que la cal viva y los señuelos llenan el mundo,

no me sorprenderé cuando estalle en llama,

por una chispa del primer fuego que tropiece”.

Fragmento del Soneto XXXVII.

Y otro que demuestra que fue testigo del mayor de los comercios en la “Casa de Cristo”, la época de las bulas y dispensas, consecuencia de las cuales Lutero empezó su guerra personal contra la “ortodoxia católica y romana”.

“De un cáliz hacen espada y yelmo

y a granel venden la sangre de Cristo;

cruz y espinas son escudo y daga

y hasta el Hijo se ve despojado de paciencia.

Y volver Él no debería a estas regiones,

si hasta la estrellas su sangre llegase

y ahora que en Roma venden su piel,

y a toda bondad las puertas han cerrado”.

Fragmento del Soneto V.

Sin embargo, y cuando ya pensaba conocer la totalidad de la obra de Michelangelo, hace un par de años recibí un regalo, un tesoro, compuesto de brillantes y breves joyas: los epitafios (cuarenta y ocho cuartetos, un madrigal y un soneto) que dedicó a Francesco Bracci, de sobrenombre Cecchino, fallecido a la temprana edad de 15 años. Cuando este joven dejaba el mundo, nuestro artista universal llevaba casi siete décadas a sus espaldas. Y la exquisita sensibilidad del poeta, conmocionado por el fallecimiento del bello adolescente, da lugar a un jardín de flores reflexivas sobre la muerte:

IV

“No quiso Muerte herir esta belleza

con armas de años y sobrados días.

Intacta yace aquí, para que al cielo

su presencia regrese no perdida”.

XXXVI

“De Cecchín Bracci, que aquí muerto yace,

su esplendor era el ser de vuestra vida.

Quien no lo vio no pierde y vive en paz;

la vida pierde quien lo vio y no muere”.

Después de este cúmulo de bellezas literarias a uno le queda un sabor agridulce de lo que se fue y no vuelve. Y el consuelo de saber que a la vuelta de la esquina siguen estando escondidos muchos clásicos por descubrir con el sabor delicioso de lo que No Pasa.

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