Un ejercicio de imaginación

Hagamos un experimento mental. Imaginemos a Johann Einhach Vorbild. Johann vive en Munich, en 1930. Johann entra por accidente en un armario dimensional. Tras cruzar un túnel lleno de estrellas, Johann aparece en los multicines de un centro comercial de Madrid.

Johann, que es todo un cinéfilo, busca marquesinas con nombres como Lang, Murnau o Wiene pero sólo encuentra los carteles de Híncame el Diente, Salt, Resident Evil 4: Ultratumba o Step Up 3D.

Y si el desdichado Johann quisiera saber quién ha dirigido estas películas necesitaría lupa y paciencia para bucear en un muro de texto tamaño pulga hasta encontrar su crédito. A menos, claro, que estuviéramos ante una película del director de Batman.

Si Johann hubiera crecido en nuestra época, le habrían influido películas como Blade Runner, 2001 ó Pulp Fiction; constituirían los raíles de la mayoría de filmes que se verán de finales del S. XX a principios del XXI. Y no es de extrañar, porque los directores de esas películas se han alimentado directamente de los grandes (John Ford o Hitchcock) y, tras admirar y adquirir la técnica, han creado sus propias obras maestras que marcan en sí un hito del cine contemporáneo.

Los inicios del “Cine de autor” están marcados por grandes directores; tanto Eisenstein como Griffith sentaron las bases de todo el lenguaje de la imagen en movimiento, pilares que hasta el día de hoy constituyen la Biblia del cine. Esos creadores ganaron la reputación y el renombre de “padres”.

Pero habría de pasar poco tiempo para que las tornas cambiaran; poco después surge en el celuloide un acontecimiento no ocurrido hasta el momento. Algo en la pantalla hace redirigir la atención del espectador del continente al contenido. Un tipo que nos mira directamente con un pequeño bigote pintado con betún, sombrero ajado, bastón y ropa harapienta, requiere toda la atención del espectador. La gente ya no va al cine a ver la ultima película de su admirado director, no se aprecia la sombra o voz que da órdenes al actor por detrás, cómo está enfocado el ángulo, ni si la luz está bien proyectada; todo el mundo va a pasar un reconfortante rato con Charles Chaplin. La industria cinematográfica comienza a redirigir su mirada al actor, que poco a poco tendría más peso en las cifras de beneficios que el propio director.

El tiempo y la taquilla han dejado claro que hay actuaciones que hipnotizan en la pantalla hasta el punto de ejercer en el espectador un efecto de única atención. Pero ¿hasta qué punto se compra una entrada en taquilla porque el protagonista de la obra es Brad Pitt? No sólo resulta reclamo el magnetismo o galanería personal; sino que se reconocen en esa persona -más que su atractivo- su profesionalidad, su versatilidad y capacidad de idónea adaptación a los papeles encomendados. Con el tiempo los roles han cambiado; y el reclamo principal de la cartelera que se estrena todos los viernes es el actor protagonista, más quizá que el propio director de la obra.

Esta tendencia alcanzó el paroxismo del delirio a finales de los años 80, llegando hasta bien entrados los dosmiles, con actores que han construido toda su carrera en torno a un mismo personaje con diferentes nombres. Johann podría pasar una vida entera con Bruce Willis, Julia Roberts, Robert DeNiro o Drew Barrymore y no distinguirlos de sus personajes habituales. Y el espectador medio encuentra tan familiares a estos character actors que no se pierde una de sus películas, votando con su dinero por las apuestas seguras y asfixiando la creatividad de un medio al que en otro tiempo llamaban la fábrica de los sueños.

El papel e importancia del director, por otra parte, se ha transfigurado de manera clara a lo largo de las últimas décadas. Si bien en un principio era él el que organizaba y controlaba cada detalle de su película, la libertad para obrar que tiene actualmente es más reducida de lo que se desea. Directores como Hitchcock, Orson Welles, Kubrick o Tarantino son excepciones; su impronta queda patente más allá de las productoras.

El cine es, a partes iguales, industria y arte y los proyectos más creativos a menudo son de financiación independiente.

Johann lo tendría complicado para ver una buena película de autor, sin directa intermediación de empresarios que velan por intereses meramente comerciales.

¿Alquien se anima a acompañar a Johanna los Cines Renoir?

Comentarios

1 comentario en el artículo “Un ejercicio de imaginación”

  1. Montxo en 16-diciembre-2010 5:22 pm

    A los Renoir no sé, pero quizás en los Verdi sería mejor. Creo que en vez de usar una lupa, Johann directamente no pensaría que esto fuera cine, sino una “atracción hipervisual” con muñecos parlantes, y se tragaría sobre todo películas alemanas contemporáneas como “Ein freund von mir”, “Das leben der anderen”, “Lola Rennt” o “Auf Der Anderen Seite”. Pero de los que hay en cartel, la catalano-francesa de “Les dèrnienrs jours du monde” sería bastante aceptable. Interesante artículo.

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