Torero en formol (Damien Hirst)

25-Febrero-2009 · Imprimir este artículo

Por Antonio Dyaz

tiburon110x1101El arte es un valor muy seguro a la hora de rentabilizar patrimonios, y se nos antoja mucho menos tenebrosa esta forma de administrar una fortuna que la compra de bonos estructurados con hipotecas basura a través de las “hedge founds”. Y sin embargo, cada año, la celebración en Madrid de ARCO provoca parecidos titulares.

Los adalides de la austeridad saltan a la yugular del arte contemporáneo, criticando las cifras de negocio que mueve el sector, y cuestionando la quintaesencia del arte. Si ese arte es además abstracto, la eterna polémica sigue en la eterna bandeja. Se entiende más que alguien pague una fortuna por un Antonio López, porque se reconoce lo que pinta “¡y con qué detalle!”, que un Miró, porque “vaya una birria, eso lo hace mi hija pequeña”.

Esa idea de que cualquier niño puede pintar ciertas obras debería haber sido superada hace mucho por cualquier persona con una mínima formación educativa. En el último suplemento dominical del diario EL PAIS, coincidiendo con la clausura de ARCO se llenaron cuatro páginas con un reportaje a todo color sobre Aelita, una niña de 2 años que “pinta” arte abstracto para orgullo de sus avispados progenitores quienes, no obstante, se ocupan de poner los títulos a las obras. Así, llegamos a leer que “Aelita ha echado por tierra el concepto del arte y amenaza a muchos creadores mayores que ella, que preferirían no tener que competir con una niña de dos años” (sic).

Que un diario de prestigio alimente este tipo de simplificaciones tendenciosas nos da una idea de hasta qué punto está arraigada la creencia de que el arte abstracto es una tomadura de pelo. El único problema son los dígitos. Si fuera gratis, la gente lo vería simpático. Pero un Rothko vale millones de euros. Mucho más que un Romero de Torres, por poner un ejemplo de gusto taurino.

Y es que en nuestro país de fútbol, pandereta y corridas, los mismos que jalean desde el tendido de sombra a sus héroes de lentejuelas, para que asesinen astados y les corten orejas y rabos, calificando esa carnicería inexplicable como Arte, describen la cúpula de Barceló como una paella de gotelet. Su contacto más próximo con la pintura moderna se produce en las salas de espera de las notarías en las que cometen sus alambicadas especulaciones. Porque de sus paredes, a veces, cuelgan cuadros de Fernando Zóbel.

Damien Hirst debería perfeccionar la técnica que empleó para su famoso “Tiburón en formol” (1991), y probar con un torero. La pieza alcanzaría un valor astronómico en Christie’s, y Hirst volvería a acaparar los titulares de la envidia.

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