The Imaginarium of Doctor Parnassus (o el viaje interior)

23-noviembre-2009 · Imprimir este artículo

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La última película de Terry Gilliam es un verdadero tripi… mal digerido. Mezcla de anacrónico cuento iniciático y de viaje al inconsciente, recuerda bastante, en sus mejores planos, al cine de Jodorowsky.

El Imaginario del Doctor Parnassus es una gran invitación al viaje al interior de uno mismo, inspirada por viejos relatos fantásticos, experiencias como la meditación y por la alteración de conciencia a través de la toma de algunas sustancias. Sobre una original y transgresora idea -una carreta de extraños feriantes ofrece viajar dentro de la imaginación de cada uno- el director monta una serie de escenarios inconscientes verdaderamente alucinantes por su belleza, que sin embargo no conducen a ninguna parte, pero que plasman de una manera sorprendente las ideas fuerza de la llamada Nueva Era.

El Imaginario del Doctor Parnassus es una de esas películas que hay que ver para criticar después con pasión, pues aporta algo esencial sin llegar a desarrollarlo. La tarea de viajar al imaginario de cada uno y dar sentido a ese viaje es el mayor reto del hombre futuro. Por eso sorprende que una maravilla de realización no concuerde con un argumento mínimamente digerible, y que se pierda en historias sin significado. Gilliam, que empezó su carrera con Monty Pithon y llevó al cine entre otras imaginativas y arriesgadas películas como Las Aventuras del barón Munchausen o Miedo y asco en las Vegas, realiza en este caso un verdadero ejercicio de escenografía que se come la posible trama del film.

Tal vez el inconsciente, que lo devora todo en la obra de Gilliam, sea así de caótico, y eso es precisamente lo que quiera resaltar el director, pero entonces no haría falta intentar argumentar lo que sucede a lo largo de la película con unas historias bizarras que no se sostienen. En medio del caos de imágenes e historias sin veleta, el espectador acaba mareado. Lo inconsciente y su traducción a través del imaginario no son virtuales, como piensa gran parte del cine que trata sobre estos temas, sino un valiosísimo material para el análisis de uno mismo o de una sociedad entera. En este terreno, Gilliam hace una apuesta que pierde. En el plano inconsciente o preconsciente de la película suceden cosas maravillosas, mientras en el plano consciente, los lugares comunes cansan. Es posible que la cadena de significantes psíquicos que guarde el inconsciente no tenga para Gilliam más sentido que lo efímero, pero lo dudo. Creo que el problema de la realización -y por tanto del ritmo de la película- estriba en la inconexión entre los planos real e imaginario.

Aldous Huxley, después de conocer sus entrañas por medio de los alucinógenos, pasó toda su vida tratando de entender aquel viaje con la filosofía perenne. Antes de que su mujer le inyectara su deseada dosis de LSD en su lecho de muerte, quiso entender que las cosas tenían un sentido, más allá del caos y de la dualidad. El intento de Huxley fue esencialmente humano, esa humanidad es precisamente lo que está ausente en el gran vodevil de Parnassus. Tal vez el director no haya querido llegar al fondo del asunto, pero eso no significa que este asunto no sea uno de los grandes retos del hombre o que la película no sea una verdadera curiosidad escénica. La espeleología del alma siempre resulta interesante.

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