Una luz de relámpagos

La poesía sufre diversos ataques desde siempre o, al menos, desde lo que un servidor puedo recordar o leer. Algunas afrentas proceden del entorno, del exterior. Valgan como ejemplo dos cañas huecas esgrimidas como argumento. La primera escuchada en boca de libreros y malos lectores: “¡sólo los poetas leen poesía!”. La segunda procedente de los labios de un distribuidor: “Pero si hay más poetas que lectores de poesía”. Si bien es cierto que, en los últimos años, proliferan los vates, lo que en sí mismo no debería verse con malos ojos, también es cierto que este género no apasiona a mayorías (al menos en España), ni creo que lo necesite, me atrevería a decir. También desde dentro se han lanzado ataques contra la poesía. En ocasiones estos bocados de furia son tan personales y prepotentes que mueven al rubor. Algunos poetas , según rumores de la mar que van y vienen, han decidido que para ser poeta hay que pasar por el visto bueno de sus señorías. Según el poeta elegido se recomienda:

1. Alcanzar la edad de 40 años para escribir algo de calado. Olvídense de Rimbaud y de todos los poemas que escribieron poetas de todas las épocas antes de llegar a tal edad.

2. La poesía es una forma definida que se resume en lo que yo pienso. En este caso puedan darse motivos estilísticos, literarios, sintácticos y de cualquier otro tipo para dejar fuera del género a los que no compartan la idea de poema del que banaliza de tal modo lo poético.

3. Para ser un buen poeta hay que ser licenciado en filología, en abogacía, en veterinaria, en oftalmología o en pedantería. Depende del grupo al que pertenezca el que acomete tan osada aseveración.

De entre la multitud de poetas y libros de poesía que se publican me ha llegado de los cielos un poemario breve, una plaquette, dice su autor, que considero merece atención.

El formato de libro, elegido también por su autor, me parece muy recomendable para el género. Una palma de mano abierta puede sostenerlo, casi los dedos podrían incluso deslizar las hojas. La portada (con fotografía de Enrica Corvino) y el diseño sencillos, pero exquisitos. El contenido que, en definitiva, es el asunto de esta llamada, interesante. Desde luego no tenemos en Jesús Belotto a un autor cerrado, ni siquiera de una madurez apabullante, ni creo que sea lo que un primer poemario requiere, pero sí nos sorprende su Una luz de relámpagos, por esas visiones, esas imágenes poéticas que el autor engarza para someterse a las incógnitas a las que se enfrenta todo poeta: el mundo, o los demás, que son el infierno en muchos casos, frente al yo inmediato del poeta. En este sentido recomiendo su poema “Os veo detrás de las vitrinas” y su final: Yo paso y, desde fuera, me veo reflejado en otro lado. / (O acaso es mi reflejo el que mira / y yo estoy aquí dentro / con vosotros.)

Los oxímoron, tan del gusto de la poesía mística, así como de un servidor, acuden en sus diferentes versiones a los versos de Belotto.

Su poesía rinde tributo al momento urbano, pero sin pretensiones de originalidad, a mi entender, el poeta la consigue sin proponérselo y la somete a ecos de otros autores y poetas, de tal modo, que el autor nos hace saber que no pretende convertirse en pescador de originalidades, sino que reconoce su procedencia. Así su poema: “Outlet Designer Castel Romano” y sus cadáveres me traen la memoria el último artículo de cementerios de Mariano José de Larra.

El poeta realiza varias incursiones en el poema en prosa, del que tanto se ha hablado desde comienzos del siglo XX y, en mi opinión, acierta en la forma, tanto en las prosas como en los versos libres. Por las páginas surge Ítaca, con todas sus referencias literarias, así vuelve al mito del guerrero, de la retorno a casa, tantas veces evocado en la poesía, pero, a nuestro juicio, Belotto se trae a sí mismo junto con el mito. Tal vez sea el poema “Renuncia” el mejor del libro, además de ser el último. Sus versos nos traen a Pessoa y a filosofía del metalenguaje: “o poeta é um fingidor / las palabras son trampas”. Y sí, también el poeta se sirve de esa babelia de idiomas a la que los mejores poetas del siglo pasado fueron afines. Véase Ezra Pound, como muestra.

Además el nombre de poeta del autor es un seudónimo, por tanto las posibilidades se multiplican. Este joven poeta nacido en Elda en 1985 merece atención, no se la nieguen.

Una luz de relámpagos
Jesús Belotto
Elda: Islarremota
Alicante, 2010

… y maté a París

8-diciembre-2010 · Imprimir este artículo

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Subimos a un sexto sin ascensor, por una angosta escalera de caracol que más bien parece una trampa humana. No puedo creer que este agujero de mierda esté sólo a unas manzanas de la casa de Sarkozy, de las tiendas Gucci y de las tiendas Versace.

Traté de salvar lo nuestro en París, y maté a París.

El retrete está detrás de una ligera cortina que deja ver los tobillos del usuario. Aquí ni siquiera se puede cagar en paz. Tendré que pagar la entrada a un museo para utilizar el inodoro. El Museo de Arte Moderno resultó ser un lugar amable para la deposición.

Traté de salvar lo nuestro en París, y maté a París… De París sólo quedaron las cenizas.

Fue un genocidio: los imanes de frigorífico de Toulouse-Lautrec, el café au lait por cuatro euros; mato Las flores del mal, de Baudelaire: lo que queda del look bohemio, los malos modales de los parisinos en el metro; los crépes y las omelettes; esa estúpida manera de pronunciar la “r”; la felación.

Traté de salvar lo nuestro en París, y maté a París… Motivos pasionales.

Los mendigos de la ópera de Madrid no dan ni la mitad de pena que los de París. No hay peor sitio para un sin techo que esta maldita ciudad sobre estilizada, parque temático de la sífilis, los cafés exquisitos y los pintores muertos de hambre.

Traté de salvar lo nuestro en París, y maté a París… Como cuando un perro atropella a un camión.

Es difícil venir aquí y no sentirse gitano rumano, mientras los turistas siguen fotografiando cada gárgola de Notre Dame, cada caca de perro parisina pinchada en un palo parisino en el escaparate de una galería parisina valorada en millones de pesetas.

Traté de salvar lo nuestro en París, y maté a París… He de confesar que lo envenené poco a poco.

Voy al cementerio, porque tengo el ánimo de plañidera, pensando todas las veces que te maté sin ni siquiera dejar señales de violencia, con sangre invisible chorreándote por la frente y la nariz.

Traté de salvar lo nuestro en París, y maté a París… Me entregué a la policía.

El cementerio de Montparnasse es como los museos: hay una exposición fija; otra, temporal. Es mentira que morimos para siempre. Dejo un billete de metro en la tumba de un poeta.

Traté de salvar lo nuestro en París, y maté a París… En una sucia buhardilla arrojamos los restos a los perros de la melancolía.

Ilustración: Aarón Lobato

Elogio de la fugacidad

24-noviembre-2010 · Imprimir este artículo

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“Convertidas en humo

llegarán a la gloria

precaria e inestable del bosque de las nubes”.

Un dibujo de octubre.

“Soy extranjero en esa tierra. En todas

seré extranjero. Al regresar, mi patria

habrá cambiado. Y no estaré ni estuve.

Mi única tierra es una calle ajena

de hojas aún verdes que el otoño entrega

al hondo invierno y a su helada lumbre”.

Old Forest Hill Road.

“En un mundo erizado de prisiones

sólo las nubes arden siempre libres.

[...]

Tejidas de alas son flores del agua,

arrecifes de instantes, red de espuma”.

Nubes

“Suprema

sabiduría de la embriaguez:

El clavo

que ha bebido pared

durante muchos años rencorosos,

de repente se dobla y se viene abajo

con su carga de pesadumbre”.

Clavo

Se tiende a decir que los premios literarios (y los no literarios también) están dados de antemano. El rumor, sin duda, tiene mucho de envidia, pero se sustenta en casos flagrantes de injusticia y descaro. Sin embargo el libro que ha caído en mis manos es el ejemplo vivo y claro de que ciertos jurados saben identificar y galardonar grandes obras y trabajos, y que no todos los premios son iguales, sino que cada uno tiene su carácter, su personalidad, casi casi como los seres humanos.

Elogio de la fugacidad es la selección de una poética de gran calidad, de una Literatura pensada, sentida, que fluye por las venas del escritor, que no son las del juglar, pues José Emilio expone en sus versos que no recitará su obra, pues uno de sus objetivos es que encuentre otras voces que la declamen, que sus “palabras sean tu voz”, como indica en Contra los recitales.

De esta antología queda, para mí, un sabor bastante concreto. A pesar de los diversos poemas, formas estróficas y temas, queda un leit motiv: lo pasado, la ruina, lo destruido, el adiós. Lo señala en Contraelegía:

“Mi único tema es lo que ya no está.

Sólo parezco hablar de lo perdido.

Mi punzante estribillo es nunca más”.

En algunas ocasiones se puede rastrear una cierta ironía y/o un humor tranquilo, pero otras el poema es una pura melancolía reflexiva que deja al lector sumido en una niebla de pasados (nunca grandiosos o idealizados, sin embargo), una niebla que imprime un respirar vago, una especie de atmósfera amniótica o somnolienta. Una nostalgia contagiosa aunque no se sepa muy bien de qué, seguramente del mero hecho de que “no volverán”. (Sólo un grande se atrevería hoy en día a rescatar el poema becqueriano, si es que de tal se trata, como entiendo).

José Emilio Pacheco, vate de las palabras precisas, escoge bien cada término, con mimo, con atención de entomólogo o precisión de cirujano, con paciencia de constructor de miniaturas. De hecho admira este trabajo selectivo de amor a la lengua en otros como Gustave Flaubert, a quien canta en su centenario. Detallista, cuidador del idioma, no presume ni va en pos del término rebuscado para presumir de cultura. Transmite aquello que desea de la forma más directa, aunque sea también una forma herida mortalmente (ruinosamente) de belleza, metafórica. Poesía en estado puro con ritmos tan musicales algunas veces que uno se deja llevar igual que por la nostalgia o sensación de lo perdido.

Se muestra, también, “amigo” de los poetas muertos, de quienes cree que ayudan a quien escribe, inspirándole, velando, observando por encima del hombro inclinado del autor. Una vez más lo que ya se fue permanece, está la memoria, la ruina, el recuerdo, la reminiscencia que nos hace evocar ese naufragio del que ni siquiera quedan los restos del barco, tragado definitivamente por la noche.

Hacia el final del libro los poemas se amargan ligeramente, y el indigenismo, a la par que la remembranza de crímenes que nadie recuerda y la pérdida de los cielos limpios y los aires puros vuelven más angustioso su tono, justamente para dejar un poso profundo sobre el que flotan ciertos hilos de la nostalgia que impera en casi tres cuartas partes de la antología.

Una obra de gran belleza, inteligencia, calidad, profundidad y veracidad para leer en las tardes nubosas y oscuras del otoño como quien acompaña el verano con las aguas salinas del mar, momento propicio.

Elogio de la fugacidad.
Antología poética. 1958-2009.
José Emilio Pacheco.

Foto | Historias Inflamables
Fondo de Cultura Económica 2010.

El valor de ser aquel hombre

Mi tío, cuando va a hacerme un regalo, tiene la costumbre de acercarse al Corte Inglés y comprar el libro más gordo que haya en la mesa rotulada con el palabro “best-seller”. Esta navidad, cayó ‘La mano de Fátima’ y ya lo teníamos amontonado en casa. Así que hoy he ido a la tienda y, tras buscar un rato entre los estantes, me he regalado la ‘Poesía Completa’ de Borges.

De joven fui un lector casi obsesivo de Borges, pero del Borges cuentista, prosista, no del Borges poeta. De éste último había leído, mucho más tarde, un poema de ‘La cifra’ titulado ‘El desierto’ que descubrí en El sindicato del mono degollado, un blog sui géneris de poesía.

Antes de entrar en el desierto

los soldados bebieron largamente el agua de la cisterna.

Hierocles derramó en la tierra

el agua de su cántaro y dijo:

Si hemos de entrar en el desierto,

ya estoy en el desierto.

Si la sed va a abrasarme,

que ya me abrase.

Ésta es una parábola.

Antes de hundirme en el infierno

los lictores del dios me permitieron que mirara una rosa.

Esa rosa es ahora mi tormento

en el oscuro reino.

A un hombre lo dejó una mujer.

Resolvieron mentir un último encuentro.

El hombre dijo:

Si debo entrar en la soledad

ya estoy solo.

Si la sed va a abrasarme,

que ya me abrase.

Ésta es otra parábola.

Nadie en la tierra

tiene el valor de ser aquel hombre.

Creo que voy a empezar a degustar el libro por ‘El hacedor’, por lo que he leído es una especie de punto de inflexión en el cual la poesía oral y “popularista” de Borges da paso a una más angustiosa, como de un otoño que agoniza a las puertas del oscuro invierno.

De todas formas, lo más interesante que he encontrado hasta ahora es una frase del prólogo que me parece una de esas pequeñas joyas de crítica literaria que se encuentrar dispersas en el bosque de las bibliotecas.

Como todo joven poeta, yo creí alguna vez que el verso libre es más fácil que el verso regular; ahora sé que es más arduo y que requiere la íntima convicción de ciertas páginas de Carl Sandburg o de su padre, Whitman

Aquí Borges acierta de lleno. El verso libre es un riesgo y un valor como pocas cosas en este mundo. El verso libre exige, por tanto, de ti mismo en esas palabras que normalmente la apuesta es descabellada. Por eso, quizá, la poesía contemporánea, la poesía libre, libérrima, se encuentra sumida en tan honda crisis; porque para escribir poesía hay que tener la convicción de Whitman y, claro, nadie en la tierra tiene el valor de ser aquel hombre.

Semana “tributo” a Miguel Hernández

23-agosto-2010 · Imprimir este artículo

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La Actividades Culturales de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) rendirán tributo esta semana al poeta Miguel Hernández con varias e interesantes propuestas, como un recital poético, la tribuna de los Martes Literarios, una performance y una obra de teatro.

Este lunes, las lecturas dramatizadas incluidas en el ciclo Noches de Teatro, se harán sobre textos del gran poeta español, que serán interpretados por la actriz Mary Paz Pondal. El acto tendrá lugar en el jardín de la Biblioteca Menéndez Pelayo a las 22.00 horas. El poeta alicantino será, además, el protagonista del tributo que el poeta Juan Carlos Mestre, el cantautor Paco Ibáñez y el académico José Carlos Rovira le rendirán en los ‘Martes Literarios’, a las 19.00 horas en el Paraninfo de La Magdalena.

Posteriormente, tendrá lugar un recital poético y musical en el que se intercalarán obras musicales de compositores como Manuel de Falla, Eduardo Sainz de la Maza y Julián Bautista, interpretadas a la guitarra por Bernardo García Huidobro, con poemas de Miguel Hernández recitados por Isabel García Huidobro, a las 22.00 horas en el Patio de Caballerizas, dentro del ciclo En Primera Fila.

El miércoles a las 21.00 horas, comenzará en el mismo lugar una performance titulada ’32′ y enmarcada en la semana de conmemoración del centenario del nacimiento de Miguel Hernández. La artista santanderina Raquel Martín será la encargada de acercar la figura de este poeta, con un trabajo que tiene como punto de referencia la figura de su esposa, Josefina Manresa.

El ciclo Escénicas en el CASYC, también estará dedicado a la figura de Miguel Hernández. La compañía Baraka Teatro representará la obra Miguel Hernández, labrador del viento con la dirección de María Caudevilla, a las 22.00 horas en el teatro CASYC, como un viaje poético a través de la vida y obra del llamado ‘poeta del pueblo’.

Paco Ibáñez ha dedicado casi toda su trayectoria artística a realizar versiones musicadas de poemas de autores españoles e iberoamericanos, tanto clásicos como contemporáneos. Comprometido activista antifranquista, en sus discos ha puesto música a textos de Rafael Alberti, Luis de Góngora, Blas de Otero, Gabriel Celaya, Francisco de Quevedo y Miguel Hernández.

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Recomendamos: Miguel Hernández, destino y poesía

Un poeta llamado Miguel Ángel

A veces se hace imprescindible volver a los clásicos. Pero la pregunta sería: ¿qué o quiénes son los clásicos? Quizá por clásicos entendamos aquellos filósofos y poetas, dramaturgos y pensadores de la Antigüedad (Grecia y Roma): La Ilíada, La Odisea, El banquete, La Eneida, Medea, Electra

Quizá, aquellos grandes nombres de todos los tiempos cuyo estudio se hace imprescindible para comprender la evolución del ser humano a través de la Literatura: Quevedo, Cervantes, Shakespeare, Chejov, Tolstoi, Poe, Flaubert, Verlaine, Dante, Petrarca, Mann, o Schiller...

Pero hablo hoy de clásicos como aquellos que tocan el corazón humano y lo hacen latir a través de los tiempos, las barreras geográficas y las culturales. Esta categoría no excluye a los anteriores, pero sí los amplía a nombres que ignoro dentro de las culturas orientales, por ejemplo, y a nombres que han pasado de puntillas para la mayoría de nuestros contemporáneos. Este es el caso de Miguel Ángel, famoso escultor y pintor de la Sixtina, prototipo del Renacimiento y… casi ignorado poeta. Leí por primera vez sus versos en plena adolescencia, con la emoción con que me enamoré del Ocnos de Cernuda. Fue así como descubrí su amor por Tommaso Cavalieri, un adolescente cuyos encantos lo cautivaron cuando él ya había cumplido los cincuenta.

La grandeza de este artista se ve ampliada por el transfondo ético y religioso que transpiran sus obras. Savonarola, el cisma, los Papas más materialistas de la Historia y los albores del Barroco con la Contrarreforma. Miguel Ángel se vio “iluminado” en su juventud por la pasión del predicador florentino, pero mantenía la frescura que el Renacimiento y su individualismo traían consigo: el David, la bóveda de la Sixtina son un canto a los ideales del Hombre. Sin embargo, El Juicio Final también de la Sixtina o la inacabada Piedad Rondanini nos hablan de una tormenta humana, donde la belleza ha dado paso a un pre-claroscuro de una melancolía infinita.

Pero volviendo a su Literatura, esto se refleja en sus poemas de forma tan bella como, a veces, rabiosa. Su canto al amor platónico por Tommaso deshace el corazón más duro. Su crisis interior entre el deseo y la contención física, entre la necesidad de sentir el cuerpo amado entre sus brazos y la firme creencia de que toda fortaleza y vigor debían entregarse al arte, suelta chispas de una pasión no consumada. Y aunque su obra literaria ha permanecido oculta prácticamente hasta la actualidad (por lo visto hay una edición de sus poemas del siglo XVI, llevada a cabo por su sobrino, pero de baja calidad y corta tirada), su permanencia es atemporal. Como ejemplo valgan cuatro botones. Los dos primeros huellas de su amor por el aristócrata adolescente:

“¿Mas por qué debo lamentarme si en los ojos

de este jubiloso ángel extraño he visto

que encontraré la paz, el descanso y el refugio?”

Fragmento del Soneto XVII a Tommaso Cavalieri.

“Y así pueda yo tener, aunque no lo merezca,

a mi dulce señor, a quien tanto deseo,

en mis brazos dispuestos y tan pobres para siempre”


Fragmento del Soneto XXII a Tommaso Cavalieri.

Uno de su crisis interior, de sus luchas entre el deseo y la fe; entre el arte y la concupiscencia; entre el fuego y la filosofía platónica:

“Ya que por carne tengo paja y azufre en el pecho,

ya que tengo huesos que son seca madera,

ya que mi alma no tiene rienda ni tiene guía,

ya que corro al deseo y más aún tras la belleza,

ya que mi mente es débil, ciega y vacila,

y ya que la cal viva y los señuelos llenan el mundo,

no me sorprenderé cuando estalle en llama,

por una chispa del primer fuego que tropiece”.

Fragmento del Soneto XXXVII.

Y otro que demuestra que fue testigo del mayor de los comercios en la “Casa de Cristo”, la época de las bulas y dispensas, consecuencia de las cuales Lutero empezó su guerra personal contra la “ortodoxia católica y romana”.

“De un cáliz hacen espada y yelmo

y a granel venden la sangre de Cristo;

cruz y espinas son escudo y daga

y hasta el Hijo se ve despojado de paciencia.

Y volver Él no debería a estas regiones,

si hasta la estrellas su sangre llegase

y ahora que en Roma venden su piel,

y a toda bondad las puertas han cerrado”.

Fragmento del Soneto V.

Sin embargo, y cuando ya pensaba conocer la totalidad de la obra de Michelangelo, hace un par de años recibí un regalo, un tesoro, compuesto de brillantes y breves joyas: los epitafios (cuarenta y ocho cuartetos, un madrigal y un soneto) que dedicó a Francesco Bracci, de sobrenombre Cecchino, fallecido a la temprana edad de 15 años. Cuando este joven dejaba el mundo, nuestro artista universal llevaba casi siete décadas a sus espaldas. Y la exquisita sensibilidad del poeta, conmocionado por el fallecimiento del bello adolescente, da lugar a un jardín de flores reflexivas sobre la muerte:

IV

“No quiso Muerte herir esta belleza

con armas de años y sobrados días.

Intacta yace aquí, para que al cielo

su presencia regrese no perdida”.

XXXVI

“De Cecchín Bracci, que aquí muerto yace,

su esplendor era el ser de vuestra vida.

Quien no lo vio no pierde y vive en paz;

la vida pierde quien lo vio y no muere”.

Después de este cúmulo de bellezas literarias a uno le queda un sabor agridulce de lo que se fue y no vuelve. Y el consuelo de saber que a la vuelta de la esquina siguen estando escondidos muchos clásicos por descubrir con el sabor delicioso de lo que No Pasa.

Los enunciados protocolarios de Álvaro Pombo


“Y la melancolía es una hoguera de piñas secas que explotan asustando a los gatos con su imprevista mala voluntad”.

“He sido fiel a tus censuras, he aceptado tu juicio porque te amo ¿Confesarás ahora que me amas? No lo confesarás porque te amo Y esto me debilita eternamente”.

“Palomas ¿son palomas las aladas sombras que sobrevuelan los toldos de este patio mozárabe a imagen y semejanza de almas que no tienen?”.

“Todos los esfuerzos sumados se deshicieron en el jardín de pronto como la caricia en la piel de un niño de muy corta edad que balbucea y olvida su muñeco en cualquier parte”.

“Ten piedad de los niños que se adentran adentro y no sabrán salir. ¿Y quién sabe salir?”

Que la poesía es un ejercicio de apertura de corazón para los extraños se hace patente con este nuevo volumen de Álvaro Pombo. Pero también es cierto que la intimidad se disfraza, se guarda bajo pequeños laberintos de palabras para los que hay que encontrar la clave. El poeta da pistas en forma de versos, y el lector, a veces, consigue encontrar esas pistas y comprenderlas encajándolas en el puzzle del poema y en el cuadro más amplio de la obra, Los enunciados protocolarios, en este caso.

El conjunto destila una bella tristeza, una nostalgia de lo que fue, de la infancia santanderina, de la juventud callejeante en Londres, del adolescente y el adulto que viaja a través de la llanura castellana y en cuyos viajes -por viejas carreteras y vías de tren- se contempla un paisaje muchas veces simbólico, y lo que se deja atrás, y lo que se perfila más adelante… Un hombre que recuerda el amor, los hombros salinos, las rodillas como las tobas… los cuerpos de otro/s a los que amó o admiró. Alrededor todo el conocimiento, que es amor, de flores y plantas que enmarcan casi cada poema: prunus, cardos borriqueros, laurel, margaritas, begonias, rosales asilvestrados, jazmines italianos, jacarandás, frondosas acacias, tulipanes, jacintos, mimosas, “la gigantomaquia desarbolada de los eucaliptos”, las “frondosas retamas amarillas con su dulce olor a miel”… Y esos aromas, esos colores, se estampan en los poemas de una forma aparentemente sutil, como si fueran de acuarela, algo tenue que se filtra por los versos hasta arraigarse fuertemente y dar como resultado un carmen final de gran variedad y riqueza. Un detalle casi en cada poema, que al final forman, en su totalidad, un jardín de plantas en el papel.

Hay también una presencia de fríos, temporales, lluvias… y unos interiores cálidos pero también solitarios desde donde escribe el autor. Y esta descripción, repetida, aunque no con tanta insistencia como la aparición de flores o plantas, también parece reveladora, casi con la fuerza de una confesión.

Desde estos versos uno se da cuenta de hasta qué punto hay recuerdos que se clavan en la memoria como anclas en corales fosilizados: ya no es posible librarse de ellos sin destrozar una parte de nosotros mismos. Nos marcaron, estarán ahí permanentemente. Y esos recuerdos forjan la carne de los poemas: el tiempo los caracteriza, los vuelve sepias, los agudiza, los cambia… pero ellos permanecen dando vida a la inspiración, el motivo que impulsa al escritor, al autor, poeta más que nunca, a vomitar, a darles hechura de pequeña obra rítmica, sea rimada o no. En este caso no hay una presencia destacable de la rima, salvo en uno de los poemas, con una asonancia muy leve. Álvaro Pombo no se revela preocupado por las consonancias o las formas estróficas en Los enunciados protocolarios. Bien por el contrario se muestra proclive a la metáfora original “con la ansiosa caligrafía erótica de los nublados”, a la revelación hermosa “nos abrazamos deprisa en Green Park debajo de un magnolio”, a la verdad pura, a su recuerdo versiculado, a la sinceridad confesional.

Se encuentran también en la obra valientes reflexiones sobre la muerte. El autor se llega a preguntar si la muerte tendrá miedo de aburrirle, como si la muerte fuera un ser humano sujeto a temores y deseos… aunque el pensamiento da un giro hacia una realidad cruda: quizá sea él quién le tenga miedo, como cualquier hijo de vecino:

“Ya no recuerdo nada y me acuerdo de ti en la hora sombría

antes de Dios y después!”

“Ahí envejecidos regresaremos

cuando el fértil sol como una tenaza ahogue el mundo

con una única explicación deslumbrante”

Y, al tiempo, encontramos, de tarde en tarde, referencias muy prosaicas a empresas con nombre propio, a presidentes de los Estados Unidos, o incluso improperios… que nos golpean de alguna forma por su disonancia, por su carácter mundano, y nos hacen pensar sobre la esencia del resto del poema o del resto de los poemas: lo que estamos leyendo es luz, es biografía, es pedazo de vida que late en cada página de este libro capaz de despertar un hondo apego y un sentimiento de otoño.

Álvaro Pombo
Vandalia, 2009

José Hierro: “La poesía no es un remedio, pero tiene la fuerza suficiente para consolar”

11-febrero-2010 · Imprimir este artículo

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En febrero de 2001 entrevistamos a José Hierro. Unos meses después su cuerpo descansaba. Morirán los que nunca jamás sorprendieron. Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría no podrá morir nunca.

Desde 1947, año en el que publicó su primer libro “Tierra sin nosotros” y ganó el Premio Adonáis con “Alegría”, hasta su última obra, “Cuaderno de Nueva York” (1998), José Hierro llena más de medio siglo de excelente poesía con su verso pleno de ritmo y profundidad conceptual, de dolor y canto a la vida; de expresión poética deliberadamente sencilla, apenas imágenes, caracterizada por la dolorosa conciencia de la transitoriedad.


En su libro “Música” publicado al concederle el Premio Cervantes, en 1998, antología de poemas suyos con referencias temáticas a ese otro arte tan ligado a la poesía; usted dice en el prólogo que “la poesía aspira a ser todas las artes en una, en ella”.

La poesía no es ni mejor ni peor que las demás artes es, simplemente, lo que puede ser, aunque el artista siempre ansía el arte total; en él convive la necesidad de integración, la búsqueda de una entidad suprema. Lo que sí es cierto, es que la poesía toma de la música el ritmo, la musicalidad de las palabras; el color de la pintura; de la arquitectura, la estructura; de la escultura, el volumen. Es la gran vampira que se alimenta de sangre ajena.

Usted ha sido miembro del jurado del último Premio Cervantes concedido a Francisco Umbral. Se ha hablado de corrupción, del triunfo del amiguismo… ¿Qué opinión le merece esta polémica?

Corrupción, ¡qué coño!, ¿quién iba a corromper?, ¿quién iba a presionar para que se le concediese el premio a un escritor u otro?, ¿quién iba a ganar con ello? Se han querido colocar dos grupos de presión, por un lado “El País” y por otro “EL Mundo”, cada uno con sus respectivos aliados. Y ha debido ganar el último, ya que Umbral es colaborador de ese diario; quien, además, ha alimentado la polémica queriendo ver en el premio el triunfo de lo moderno frente a lo añejo; pero ya se sabe que a Umbral le gusta mucho provocar.

Yo he votado honestamente, no por amistad, ni por presión alguna, sino simplemente porque considero la obra de un autor más merecedora de un premio que otra. La gente se inventa lo que le da la gana, como cuando en época de Franco todo era debido a la conjura judeo-masónica. Ahora también se quiere atribuir cualquier hecho a una especie de conjura mediática pero, ¿por parte de quién?: ¿de un grupo de presión?, ¿de un grupo económico?, ¿del propio Gobierno? Yo no lo sé y sólo puedo afirmar que toda esta polémica me parece una mamonada y que a mí nadie me ha mandado un jamón para comprarme el voto.

¿Ser poeta es una profesión?

Ser poeta es, como mucho, un oficio con el que no se gana dinero suficiente o, al menos, no para vivir dignamente. El ser novelista sí es una profesión. En cambio, no hay poeta que pueda vivir sólo de la poesía, ni Neruda pudo hacerlo. Esto es lo que te permite, precisamente, ser honesto, porque no contraes ningún tipo de compromiso ni con las editoriales ni con el público. No tienes que precipitarte, es un trabajo lento, íntimo, particular. El ser poeta no es rentable; pero es una vocación. Uno escribe para ser axiomático, porque la poesía te permite decir lo que no se podría comunicar de otra manera. Yo no sé qué es poesía, ¡esa cosa tan extraña!, ¡tan compleja!, pero sí sé que sirve; de lo contrario habría sentimientos e ideas inexpresables.

Consuela al hombre del dolor y del inexorable paso del tiempo…

Sobre todo, acompaña. La poesía no es un remedio, pero tiene la fuerza suficiente para consolar. La poesía comunica aquello que no se puede decir de forma lógica; por eso llega directamente. Ahí está la razón de su existencia y, también por eso, el verso es más difícil de crear que la prosa.

¿Teme a la muerte?

La muerte es sólo el final. Temo más a la agonía, a morirme lentamente.

¿Sigue pensando que el único valor perdurable de su poesía es su significado documental?

Sí, mi poesía es, básicamente, testimonio. Aunque la poesía sea, en verdad, una ficción del lenguaje cotidiano. El artificio existe y parte siempre de una convicción. La poesía debe poseer más, necesita de una elaboración. A pesar de que cuenta una experiencia cotidiana, un sentimiento común, el verso posee sonido y ritmo. En la poesía es fundamental el cómo, porque el qué ya está contado mil veces. A no ser que ahora los jóvenes poetas escriban sobre el genoma o internet, por poner dos ejemplos.

Hablando de jóvenes, existe una tendencia en las nuevas generaciones de poetas por recuperar las formas clásicas, la rima.

El verso rimado y el verso blanco siempre han convivido con el libre. Los novísimos, que supusieron una ruptura con el realismo, fueron más vanguardistas pero existieron paralelamente con otras generaciones que continuaron elaborando las formas clásicas. Siempre han convivido las dos formas de hacer poesía: la tradicional y la libre, en un cincuenta por ciento.

¿Cómo se debería enseñar la poesía?

Lo peor que se puede hacer en las aulas es explicarla sin haberla leído. Eso me hace recordar a dos personajes de “La Codorniz”, que protagonizaban una tira cómica; uno contaba un chiste, y el otro se lo explicaba. Hay que leer la poesía o, mejor dicho, hay que oírla, eso es lo principal. Las explicaciones sobre las características del verso o la vida del autor son secundarias. Además, ¿qué quiere decir, por ejemplo: Verde, que te quiero, verde? A uno le gusta, le llega, pero, en verdad, no se alcanza a comprender su significado.

Lleva tres años sin publicar, ¿por qué?

Estoy cansado. También puede ser que no se me ocurra nada… Ni siquiera he sido capaz de terminar mi discurso de ingreso en la Academia. No es problema de inspiración, porque la inspiración es sólo el principio, es como el hambre que te lleva a buscar algo para comer, luego comienza la comida, el trabajo, de él sale el verso.