La supervivencia

Tal vez mis lectores recuerden el caso de la austriaca Natascha Kampusch. Por si no fuera así, les refrescaré la memoria.

Natascha fue secuestrada, en su camino de casa al colegio, el 2 de marzo de 1988, a los diez años, por una especie de maníaco o sociopata, de nombre Wolfgang Priklopil. Este invíduo previamente había excavado en el subsuelo de su vivienda un zulo, cuyo acceso sólo era posible a través de un túnel subterráneo, oculto tras varias barreras puertas y hasta una caja fuerte ante la que se abandonó varios objetos a modo de trastero.

Natascha permaneció a merced de su raptor hasta el momento de su “autoliberación”, como ella misma la denomina en su libro, el 23 de agosto de 2006, tras más de ocho años.

En ese momento los periodistas, escritores y opinadores de medio mundo redactaron sus impresiones al respecto, la joven concedió alguna entrevista y, ahora, relata en primera persona, en el libro del que nos ocupamos, su complejo periplo.

En los días de su liberación Fernando Arrabal escribió en el diario El Mundo: “El psiquiatra carcelero y manipulador ha conseguido que el primer arco iris de Natacha fuera del «zulo» haya sido en blanco y negro”.

En verdad, las fuerzas de seguridad no salen demasiado bien paradas en el libro. Aunque, en su momento, algunas voces afirmaron que la policía registró la furgoneta en la que fue raptada Natascha, ella nos cuenta que, en los primeros días de su secuestro, la policía visitó al raptor, que éste se brindó a mostrarles el vehículo, lo que los agentes cortésmente por considerarlo innecesario.

Tras la autoliberación de Natascha el secuestrador se suicidó lanzándose al paso de un tren.

Con todos estos datos los cazadores de morbo podrían frotarse las manos ante un plato jugoso. Pero Natascha en su libro evita esa trampa. Ella reconoce que ha silenciado algunos detalles para preservar siquiera algo de intimidad sobre su vida durante los años del secuestro.

La autora escapa de la autocompasión, así como del mero relato testimonial. En las primeras páginas nos describe cómo era su vida antes del secuestro. Y ya en esas líneas sabemos que el secuestrador no pudo elegir peor víctima para cumplir sus ensoñaciones de grandeza.

Natascha se revela, a nuestro juicio, como una niña con un riquísimo mundo interior en potencia, desarrollado por el confinamiento, reflexiva y de una sensibilidad poco común.

Por otra parte, la autora demuestra haberse tomado muy en serio el proceso de redacción del libro con el fin, como ella misma afirma, de pasar esa página de su vida. Natascha ofrece cifras y datos de los casos de secuestro y asesinato de niñas inmediatamente anteriores a su caso en Austria y alrededores. Además, a lo largo del libro, se descubre como una joven inteligente, con una abrumadora fuerza de voluntad y una aguda capacidad de análisis. Todo esto lo decimos sin el propósito de idealizar a la autora. En todo caso suponemos que los citados aspectos de su personalidad pudieron hacerle más dolorosas algunas partes de su vida con el raptor, puesto que, si ella hubiera sido una niña más sumisa se hubiera plegado tal vez con más naturalidad a los caprichos egomaníacos del raptor. Pero ¡entonces habría sobrevivido tanto tiempo? ¿Hubiera tenido la entereza de aprovechar un descuido de su secuestrador para huir?

Los títulos de los capítulos son sumamente reveladores, así como los datos sobre el progresivo secuestro interior al que la somete su raptor con el único fin de anularla como ser individual.

Mientras uno avanzaba en la lectura recuerda los testimonios de personas que sobrevivieron a los campos de exterminio nazis, tanto por la objetividad con la que se nos relatan hechos terribles, como por el terror psíquico que el verdugo imprime en su víctima. Y, en efecto, varias páginas después Natascha nos descubre que su raptor “valoraba de forma especial” el libro Mi lucha de Adolf Hilter.

Pero el mayor acierto de la autora reside en que en ningún caso 3.096 días se corresponde con el libro que la sociedad esperaría de una víctima.

Con habilidad y prudencia pone la autora el dedo en la yaga cuando refiere que tras una persona respetable y pacífica en su vida diaria puede ocultar a un ser con los problemas psiquiátricos y personales de un Wolfgang Priklopil.

Ella misma lo expresa a la perfección: “Esta sociedad necesita criminales como Wolfgang Priklopil para ponerle rostro a la maldad que habita en ella y apartarla de sí. Necesita las imágenes de zulos escondidos en sótanos para no tener que mirar en las muchas casas y jardines en los que la violencia muestra su cara más burguesa. Utiliza a las víctimas de los casos más espectaculares, como yo, para librarse de la responsabilidad de las numerosas víctimas sin nombre, a las que no se ayuda… aunque ellas pidan ayuda.

Delitos como el que se cometió contra mí forman la estructura en blanco y negro de las categorías del bien y del mal en que se sustenta la sociedad. El secuestrador tiene que ser una bestia para que uno mismo pueda estar en el lado bueno. Hay que adornar su delito con fantasías sadomasoquistas y orgías salvajes hasta que no tenga nada que ver con la vida propia.

Y la víctima tiene que estar rota y seguir así para que funcione la externalización de la maldad. Una víctima que no asume este papel personifica la contradicción en la sociedad. No se quiere ver eso. Habría que ocuparse de uno mismo.

Por eso provoco sin querer reacciones negativas en algunas personas

Como ya he señalado más arriba Natascha no asume el papel simplista de víctima, sino que se adentra en las complejidades de su circunstancia.

Este libro posee el valor de la alta literatura. La autora recuerda que pasaba el tiempo en el zulo (cuando el raptor se lo permitía) viendo películas, series en vídeo, leyendo o, incluso, escribiendo sus propias novelas. Es evidente, que la joven autora posee una capacidad de elaboración narrativa propia de un autor experimentado.

Por otra parte, la lectura de su libro puede ayudar, e incluso despertar del confinamiento invisible, a personas que padecen agresiones psicológicas, así como a víctimas de abusos físicos de cualquier tipo.

Reconocemos que la personalidad de Natascha nos ha impactado y, en gran medida, transformado, eso que sólo consigue la literatura de profundo aliento.

3.096 días es un libro del todo recomendable y, me atrevería incluso a decir de lectura obligatoria, porque no sólo narra el terrible secuestro (en todos los sentidos) de Natascha Kampusch, sino que muestra una parte de nuestra sociedad occidental y “civilizada” que, por incómoda, se intenta ocultar.

Natascha Kampusch ha escrito, con su experiencia personal como hilo conductor, un alegato a favor de la libertad en todo su esplendor.

3.096 días
Natascha Kampusch
Editorial Aguilar, Madrid

Los juegos de Dania

“Ella es así, no tienes por qué enfadarte. No tiene la costumbre de escribir, para ella algo así es demasiado complicado. Adora a su familia, pero a veces pasa mucho tiempo fuera de casa y ni siquiera manda una línea. Tienes que acostumbrarte a las rarezas del alma humana”. (Página 16).

“Yo me parecía a una persona que se acicala largamente para un baile, afeitándose con inusitado esmero, atusándose cada cabello y cada arruga del traje y hasta pintándose, como nunca, las uñas con esmalte. Y, al llegar al lugar de la cita, se da cuanta de que las luces están apagadas, los salones vacíos y el baile ha sido suspendido”. (Página 24).

“Ocultamos la verdad. La escamoteamos, escogemos interpretaciones agradables, hacemos preguntas, pero procuramos dar la ocasión de que no nos contesten del todo”. (Página 74).

“Cualquier cosa adquiere importancia: no es preciso mirar el mar. El banco en el que permanezco inmóvil en medio de este paisaje. Algunas ramas que piso y que, si tuviera paciencia, recogería del suelo, porque, de vuelta a mi país, ellas tendrían significado debido al sitio prodigioso del que las he cogido. La valla de hierro que rodea el jardín. Los sicomoros desmochados. Y cada persona”. (Página 139).

Como ya he comentado algunas veces la editorial El Nadir ha tenido el buen sentido comercial -y literario- de traer las letras rumanas a nuestro país, para descubrirnos grandes autores cuya existencia ha pasado de puntillas para los nacionales de esta piel de toro. En este caso rescata a un joven autor de entreguerras, una de esas épocas convulsas en las que la Literatura quedó relegada muchas veces por el vertiginoso sucederse de la política prebélica. Su mensaje, a pesar de los setenta años transcurridos, sigue fresco en esencia, sin embargo.

El libro es en realidad una reflexión del protagonista, cuyo único punto de vista conoceremos a lo largo de la obra, ya que las palabras de los demás serán siempre pronunciadas en base a su recuerdo. La objetividad brilla por su ausencia en esta obra. De hecho la “novela” cuenta una historia sentimental de forma poco cronológica pues son los recuerdos los que van y vienen caprichosos a la mente y el corazón les otorga valores diferentes en función de su propio latir (como ya decía Tenessee Williams en The glass menagerie).

Por lo tanto deben abstenerse de esta obra los buscadores de acción trepidante, suspense sin límites y agotadora sucesión de acontecimientos. Por el contrario, disfrutarán mucho de este volumen quienes gustan de las obras psicológicas, que permiten asomarse al corazón humano por dentro, y observar la extraña química que lo gobierna y desgobierna. El protagonista, que se siente ignorado y humillado por su amada, Dania, nos detalla los más mínimos pensamientos que lo acongojan cuando la mujer que ama no le responde a las cartas o no aparece a una cita por cualquier motivo que se le antoja superfluo. De hecho la dibuja continuamente con el adjetivo superficial, y aunque por sus palabras se extraiga que no está exento de cierta razón, no deja de observarse que la inseguridad pesa en él como una losa que lo ocupa todo: se siente mayor y pobre frente a una joven, guapa y rica joven que, rodeada de pretendientes, juega el juego de sentirse fascinada por un escritor.

El mero hecho de ser escritor lo convierte ya en sospechoso de ser víctima, en cierta medida, de una neurosis, de una inseguridad constante. La sensibilidad del personaje, que parece identificarse en cierta medida con el propio Antón Holban, queda clara en mil detalles como su magnífica relación con las flores: “Pero, ¿quién puede resistirse al encanto de un enorme ramo de lirios blancos?”. (Página 98). O también en el minucioso detalle con que todo lo observa y analiza, desmenuzándolo como si de un pintor de miniaturas se tratase. Cada comportamiento es susceptible de levantarle ampollas, de infligirle humillaciones. Lo cual casa perfectamente con su pasión con una muchacha que juega los juegos de la seducción dentro de una historia que sería mal vista por los miembros de su familia (siempre en un segundo plano, borroso, como si realmente apenas existiesen, salvo en el caso de su hermano Raúl o su prima Mady). Por eso, a veces esconde al escritor e intenta llevarlo por calles donde no la conozcan, aunque también lo reciba en su casa, como a otras visitas, o lo cubra con ciertas palabras de pasión de cuando en cuando… hasta que una llamada, la entrada de la criada con un servicio de té, otra visita, o el requerimiento de su hermano retienen su atención, marcándole a fuego al enamorado, la escasa importancia que él tiene, su imposibilidad para abstraerla del mundo salvo en contadas ocasiones.

Es una historia sin reciprocidad, donde la separación de los mundos es tan amplia como dolorosa… incluso puede que para ambas partes, por más que el protagonista, en su visión neurótica, imprima tal carácter superficial a Dania, que esta parezca incapaz de sentir dolor durante más de diez segundos consecutivos.

Desde el comienzo la relación está herida de muerte e implica el final sin comprensión por ninguna de ambas partes. Aunque será el escritor quien siga esperando una respuesta de la antigua amada que lo reafirme, que lo convierta, de una forma material o real, en su novio a la vista de todos.

Los juegos de Dania
Antón Holban

Editorial El Nadir

La literatura y los Borgia (II)

Y como (los Borgia y la Literatura) envenenan, y además generan adicción, enfermo y preso del “mono” hasta las trancas acabé haciendo lo que más temía: escribir ficción sobre ellos.

Pero expliquemos los últimos acontecimientos y lo sucedido con la Literatura (oh, la tentación) antes de hablar del pecado en sí. Cayó en mis manos una joya borgiana tan única como valiosa; tan inusual como precisa. Una especie de pequeño folleto turístico patrocinado por la Diputación de Navarra en 1968, como parte del programa de la Dirección de Turismo, Publicaciones y Cultura Popular, concretamente el número veintiséis de una serie que empezaba con San Francisco Javier para ahondar en temas como San Fermín y sus fiestas, Gayarre o los castillos navarros, me hacía conocer a D. Francisco Javier Ortiz Felipe, nacido en el singular año de 1939. Era él quien firmaba el texto del escaso libro de inusitadas dimensiones.

En él podían leerse, entre otras perlas:

“Pasión del hombre y de las cosas. La portada y la lápida elevan al cielo el sordo murmullo del dolor, el misterio nunca resuelto de la historia y la vida humana, el brazo truncado y la terrible paradoja del protagonista del más brillante escenario de Europa asaltado de noche por una muerte arrebatada y aplastado aún más por miles de días de infinita ignominia”.

“Pero el Destino vela; en cada ocasión ha dejado un cabo suelto, un hilo pequeño, débil y casi inasible que misteriosamente enlaza con el siguiente hasta el día de marzo en que por vez primera pisa César nuestro suelo -el día aniversario de su elección como Obispo de Pamplona, ésta es la señal cifrada- y salta el resorte de la trampa, uniendo al héroe y al reino en el único abrazo que no puede romperse: el de la muerte”.

Dejando de lado la excelente documentación, el magnífico trabajo del autor, que exige del lector un mínimo conocimiento y una implicación en el texto para disfrutar en la totalidad del mismo, ¿no estamos ante Literatura en estado puro? ¿No son estas frases, ejercicio de virtuosismo poético y filosófico? Ah, sólo un Borgia podía inspirar tanto. Este licenciado en Derecho que, de vivir hoy, tendrá setenta y dos años, transmitía una pasión que le delataba. No se trataba de un trabajo bien hecho para el que se han buscado lecturas y puntos de vista diferentes, que generen realidad con una imagen tridimensional que solo nace del conocimiento auténtico. No era solo el resultado profesional de un trabajo minucioso, sin importar la extensión del mismo (punto a tener en cuenta en mis Borgianos). Se trataba de utilizar las palabras para embrujo de lectores, transmitir la fuerza del personaje sin escatimar en recursos literarios, en vocablos o en giros. Los juristas también somos literatos cuando el numen es un pariente de Alejandro VI. Toda su estirpe acaba subyugando por una fuerza que toma diversas formas desde Alfonso de Borja (nacido en 1378) hasta San Francisco de Borja (fallecido en 1572). Casi doscientos años de pasión y espiritualidad, de acción y fuerza, saga de hombres (y mujeres en la medida en que se lo permitió la época) excepcionales por la entrega sin descanso a aquello en lo que creían, por su manejo sabio y frío del poder, por la capacidad para generar leyenda.

Pero he aquí que, además, esta familia copa todas las formas de Literatura, posibles e inspira a todo tipo de artistas, plásticos, gráficos y literarios: he descubierto una serie de comics (4 volúmenes completan la saga aunque el cuarto todavía no ha llegado) escritos por Jodorowsky e ilustrados por Manara, una de esas extrañas parejas cuya cópula extraordinaria da frutos terribles. Aquí la historia es bastante libre, las licencias son continuas, pero, ¿acaso importa? ¿Quién espera de un cómic un ensayo histórico? Quizá solo un idiota. Sin embargo la crueldad, las vísceras, el sexo, el semen y la lucha por el poder responden a la época de una forma a la vez contemporánea y atemporal. Se siguen algunas leyendas que ya casi tienen fuerza de verdad: la cantarella, los anillos con veneno, la Lucrecia amante de su padre (aunque aquí los disfrazan y enmascaran para que no se reconozcan y su pecado quede atenuado), la supuesta homosexualidad de Giuliano de la Rovere (Julio II), la sanguinaria y cruel fidelidad de Michelotto… Pero también hay historias nuevas, pura invención de los autores que se dejan llevar por una orgía de Renacimiento peculiar aunque muy bien documentado.

Jodorowsky, no obstante, hace un enlace hacia lo filosófico que me sirve de cadena para hablar de otro autor (no menos polémico hoy en día traer su nombre, pero obviaré cualquier otra mención que no sea estrictamente literaria o borgiana): José María Pemán. Este poeta de enorme fama en su día también dedicó algunos minutos a la figura de César Borgia en su Meditación Española lo cual no deja de ser curioso porque César era nacido italiano y su personalidad tenía mucho más que ver con el Renacimiento de aquel país que con el del nuestro. Pero César es solo una excusa para que Pemán hable de la “medicina del tiempo” que todo lo cura. Apenas atendiendo a las luchas del reino de Navarra en las que perdió la vida el Príncipe maquiavélico (no en el sentido de malvado) por antonomasia, como a mi gusto Fernando el Católico fue el Rey maquiavélico perfecto, digo, tomando esas luchas navarras como arranque habla el poeta de cómo el tiempo y la Historia pasan para dejar empequeñecidos enfrentamientos y luchas sangrientas que bien podrían haberse evitado si se hubieran analizado con la frialdad del futuro. Sin embargo, aunque el artículo no parezca demasiado enfocado a los Borgia en alguna de sus frases se descubren quizá pistas sobre ese monumento a César Borgia que se ejecutó en el siglo XX, y la conexión -tenue, rocambolesca, capricho del destino- con la casa de Alba. Otro fleco misterioso por el que inspirarse y escribir quizá algún día.

Y tras todo este plantel de autores y formas traigo mi Borgianos. Epitafios y nanorrelatos (publicado en Internet de forma gratuita y acceso libre) con la intención de “vengar” su memoria intentando desmitificar y limpiar su nombre. Seguramente es un error, pues son todas las calumnias e historias inventadas, la Literatura malintencionada, la que los ha hecho “eternos”, concediéndoles la inmortalidad como si de una nueva constelación de estrellas se tratase, siempre en el cielo para ilustrar sobre la Realpolitik, la fuerza de la palabra y la erótica del poder. Pero yo creo que merecen su memoria no por aquello en lo que los han convertido las malas lenguas, sino por sus propias características, por sus existencias excepcionales. Creo que toda la Italia de la época estaba plagada de talento, de vida nueva, de sabiduría, astucia y arte en la arquitectura, la escultura, la pintura o la literatura tanto como en la propia forma de vivir. No estaba vulgarizada, desde luego, por la inconsistencia de la edad actual, puro punto superfluo que se convierte en agujero negro como la rana de la fábula de Esopo intentando, vanidosamente, ser tan grande como el buey. Cierto que el analfabetismo era la norma y que el pueblo vivía en condiciones sucias y miserables. Pero aquellos que tenían acceso al poder, al dinero, a los placeres, al conocimiento, sabían utilizarlo de forma total, agotar el cáliz que les era ofrecido hasta la última gota, rebañando con la lengua el metal de la copa.

Desde luego no perdían el tiempo con naderías, con programas televisivos sin trascendencia alguna. Por eso no sólo he hablado de los Borgia, ni creo que fueran los más criminales de su tiempo (eran otras normas morales). Creo que han sido y son el símbolo de una época, convirtiéndose en imagen de lo peor y lo mejor de su mundo. Por eso en mi pequeño libro de sesenta y seis nanorrelatos hablo de Savonarola, Miguel Ángel, Carlos VIII de Francia, y de otros personajes de menor poder y fama. Intento recoger una época con rápidos trazos, como si fueran gotas de agua corrosiva que, por un momento, rasgasen el firmamento al caer, y por esa abertura antinatural pudiésemos ver fugazmente el pasado.

Pretencioso, sin duda. Nadie dijo que yo fuera menos pretencioso que la citada rana del cuento.

La experiencia, aunque está llegando a un público minoritario, está resultando de una riqueza, de un placer enorme: algunos de los lectores empiezan a buscar fuentes que les hablen de estos personajes que habían empezado a caer en el olvido o, lo que es peor, en la vulgarización de películas españolas incapaces de recoger con un mínimo de calidad ni siquiera la leyenda negra. Y el hecho de que quienes me leen, se sientan picados por el veneno de esta familia y su época, el veneno real, que es quedar prendados de ellos y no el arsénico mezclado con orina, es como una semilla, la semilla de unos frutos que sigue produciendo un árbol que va camino de su séptimo centenario.

Para los interesados el libro puede descargarse gratuitamente en formado pdf en la siguiente página web.

La literatura y los Borgia (I)

La literatura y los Borgia

La larga, ya centenaria, y apasionada historia de la familia Borja/Borgia con la Literatura (así, con mayúscula) es la que los ha catapultado a la fama y el recuerdo entre muchos de nosotros, pasados ya más de quinientos años de su poder y tiempo. Creo poder decir, sin temor a equivocarme, que la Literatura es realmente la responsable de que estén “vivos” a día de hoy, aunque sin el poder no habrían llegado a ella, ciertamente.

El “calumnia que algo queda” se ha convertido en la principal baza para que aquellas personas se hayan convertido en personajes casi arquetípicos de nuestra cultura: Lucrecia la envenenadora; Alejandro VI el Papa depravado; César el Príncipe Renacentista y maquiavélico. ¿Qué los ha convertido en carne de tinta para tantos autores? No sólo escribieron sobre ellos en su momento Ludovico Ariosto, Pietro Bembo, Antonio Tebaldeo, Ercole Strozzi… ni sólo en Italia. El siglo XIX los rescató gracias a los grandes, aunque fuera para arrastrarlos por el fango: Apollinaire; Dumas padre, Víctor Hugo, Donizetti… y el XX los trajo a los españoles de nuevo: Vicente Blasco Ibáñez, Manuel Vázquez Montalbán, Carmen Barberá, Luis Racionero quien con ellos ganaría merecidamente el premio Azorín, o Luis Antonio de Villena en la poesía, decadente y hermosa… para acabar de nuevo en Italia: Mario Puzo con un libro perfectamente prescindible desde mi punto de vista… En fin, se podrían dar nombres hasta la saciedad: Hella S. Haasse, Byron (quien robó unos cabellos de Lucrecia durante su estancia en Milán); Barnabe Barnes (del área británica, que los aprovechó para atacar al mundo católico), You Higuri (autora de exquisito cómic).

Y volvemos a empezar: ¿por qué? ¿Qué los vuelve capaces de embaucar y seducir a escritores de todo tiempo y nacionalidad? ¿Por qué, de entre todas las familias escandalosas y amorales desde la perspectiva de nuestro siglo ha caído en ellos el honor de ser carne de mito? Su ascenso y caída fueron rápidos. Fulminantes, podría decirse. Si bien su poder llegó a extenderse cincuenta años, su cúspide no sobrepasó la quincena. Y sin embargo, ¿no son acaso más conocidos que emperadores e imperios que se mantuvieron mucho más? Sin duda hay en ellos un elemento mágico, una cantarella (el famoso veneno de los Borgia cuya existencia nadie ha podido probar aún) que no mata pero que genera adicción.

No poco tendría que ver en ello que fueron, como el Renacimiento, justa medida del hombre, y no sólo por cuanto pueda tener de espiritual y de bestia a un tiempo, como señalaba su contemporáneo Maquiavelo, sino por cuanto en ellos se mezclaba el refinamiento más elevado con la crueldad más despiadada y lo hacían con equilibrio prodigioso, propio de castillos de cristal sostenidos sobre una gota de agua evaporada. También en ellos se reunía el especial hecho de ser extranjeros, “catalanes”, como les llamaron sus enemigos. No peores en sus acciones que sus contemporáneos, encarnaron la bajeza moral de su tiempo, pues en ellos hubo tal concentración de astucia, poder, lujo, estrategia, diplomacia, capacidad, bajeza y grandeza, que se convirtieron el “no va más” de la Roma que se despedía de los últimos flecos de la Edad Media para entrar de nuevo en una nueva era de la mano de pensadores, filósofos, poetas y artistas plásticos que grabaron sus nombres con letras indelebles en la Historia humana.

En las páginas de esta revista he reseñado La cárcel del amor, la obra del mencionado Luis Racionero que me ataría hasta el día de hoy (y ya va para siete años) a ellos, cuya lectura recomiendo a todo aquel que esté cerca. Pero también podría señalar La ciudad escarlata como una magnífica obra para aquellos que quieran desentrañar las primeras nieblas del misterio borgiano. No obstante los amantes de las leyendas negras (de las que somos especialistas los españoles, víctimas de nuestra propia indefensión) deberían acercarse a La Roma de los Borgia y, en menor medida a Crímenes Célebres: Los Borgia, de un Dumas padre un tanto panfletario y soso en comparación a Apollinaire. La lista, si no interminable, es desde luego inmensa, larga como la muralla China y capaz de atraparte como una red de oro, ligera y fascinante de la que no se quiere salir una vez que se ha probado. Porque los Borgia son, sobre todo, Literatura, y como tal envenenan el alma al tiempo que la colman de placeres.

Los aforismos del profesor Baltanás

26-diciembre-2010 · Imprimir este artículo

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El poeta, bloguero, escritor y profesor de Literatura Española en la Universidad de Sevilla, Enrique Baltanás, ha publicado una colección de aforismos bajo el título Minoría absoluta (Editorial Comares. Colección La Veleta).

A los aforismos, el profesor Baltanás, los llama volaterías “porque son cosas, pensamientos, imágenes, que están volando por el aire, a tu alrededor, normalmente se te escapan, pero a veces, si estás atento, logras cazarlas con la red, como el cazador de mariposas. Aunque yo más bien lo que cazo son musarañas; y más bien están dentro que fuera”.

Un libro pues que es un juego (la vida). Naipe de volaterías, musarañas en la red, mariposas que están dentro, aforismos, haikus o vaya usted a saber, ¿greguerías, breverías, brevetes, ramonianos, calambres, escarpits? y hasta microrrelatos. El profesor Baltanás se lo pasa en grande con “dos frases” y siempre le sobra una:

No es arte si no consigues enterarte.

Si no consigues enterarte, no siempre es culpa del arte.

El ingenio es una trampa en la que caen los tontos y los que se pasan de listos.

Cuando soplo en el espejo siento cierto alivio: aún logro empañarlo.

La elipsis es la goma de borrar de la Retórica.

Los poetas le ponen letra a la melodía inaudible de nuestra vida.

Para practicar el amor libre hay que comenzar por librarse del amor.

A la mano del pirómano la llama la llama.

Con las metáforas cosemos y zurcimos el traje del mundo.

El egoísmo es como el viento: solo lo percibimos cuando choca con algo.

Las cosas verdaderamente grandes solo las hacen quienes no saben lo que hacen.

Para practicar el amor libre hay, primero, que prescindir del amor.

Evidencia: Moa no es Mao

El tiempo, en el reloj de sol, se detiene cortés un momento para dejar pasar una nube.

El otro lado del espejo nos está diciendo: ná es ná.

Las feministas son unas señoras a las que el sexo se les ha subido a la cabeza.

La O se admira de todo.

Titular: decisión de que algo sea noticia.

No es arte si no consigues enterarte.

La ideología nos ayuda a no enterarnos más que de lo que nos conviene.

El presente de la felicidad está siempre en el pasado.

Ir contra la tradición es una tradición y una contradicción.

La portada del libró es magnífica. En medias palabras del autor (tres las pongo yo). Aforismo, claro: Roja de aire. Soviético y Sánscrito. Unamunesca pajarita, pío, pío.

Baltanás cita a Eugenio d’Ors, “lo que necesita toda afirmación profunda (pío, pío) es una ironía ligera: el aforismo, sin ironía, no es aforismo”.

¿Comprenderán los jóvenes de hoy esta de don Eugenio d’Ors, que fascinó a los jóvenes de antes de ayer?

Foto | Jesús Morón