Santones y misántropos: la pedantocracia liberal y progresista

Son eso, santones, sin apenas ningún mérito en el terreno intelectual, profesores-funcionarios cuyo rasgo común es el odio a la verdad por mor de la razón de Estado. Habermas es un socialdemócrata, tan ramplón como el resto; Foucault un funcionario del aparato universitario que deseaba hacer una carrera profesional exitosa perorando sobre “las barricadas” y Derrida un pérfido que, careciendo de cultura y moralidad, se gana el pan denostando todo lo que es bueno y elevado, la amistad por ejemplo, azuzando la guerra de todos contra todos, imprescindible para el poder constituido. Sus libros son un compendio de atrocidades tediosas, que han logrado imponer porque son funcionarios del Estado, con un poder descomunal. Despojados de ese poder no son nada, meras nulidades intelectuales que en una sociedad con libertad de conciencia causarían sorpresa y risa. Pero su tiempo ya ha pasado. Félix Rodrigo Mora.

Los santones de la pedantocracia aquí son menos que Habermas, Foucault y Derrida. Además uno de esa troika galáctica, por lo menos, se lo leía todo (revistas, gacetillas…) y estos de aquí solo leen El País. Por eso les coge el toro por sorpresa. ¿Qué será de los intelectuales orgánicos cuando ya no lea nadie lo que ellos leen ni lo que ellos escriben?

Buñuel solo quería volver a este mundo para leer el periódico menos cosmopolita todos los días. Solo. Sin esos intelectuales cerca. Póngame cabras, niña, escuela, pan y el Heraldo de Aragón. Era de pueblo (iluso libertario).

Los santones de la pedantocracia son los de la partitocracia. El arte oficial. El País y el chanchullo de la SGAE que les ha dado de comer.

Pero fíjate que PRISA se ha quedado sin tele, la ha tenido que vender a Berlusconi

Las asociaciones libres de Buñuel se representarían hoy en YouTube. Los burgueses de Buñuel son los intelectuales de la última cena de Polanco y Cebrián. Hasta Savater, el héroe vasco, ha desgañitado un Viva la Muerte. No es lo mismo pero la plañidera nacional llora por la muerte de CNN+. No es lo mismo pero son los mismos que aplaudirían (hoy) la muerte (censura) del cine de Buñuel. Por sensacionalista.

Un prestigioso intelectual liberal, el doctor Gregorio Marañón protestó enérgicamente el mismo día del estreno. El Gobierno de la Segunda República censuró la película de Buñuel. En 1937 el filme se estrenó en Francia pero a los pocos días de su proyección, fue retirada de los cines a instancias del gobierno francés y de la prensa. Censurada. Veinte años después ocurrió algo parecido con la película que retrataba los barrios más deprimidos de Ciudad de México, Los olvidados, cuyo estreno en México provocó reacciones violentísimas, y fue solicitada la expulsión de Buñuel por parte de la prensa (y los sindicatos). Permaneció solo cuatro días en cartel sin que faltaran intentos de agresión física contra el cineasta aragonés.

Superrealismo

Foto | wicho

¿Cuándo se fastidiaron las Navidades?

26-diciembre-2010 · Imprimir este artículo

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Me gusta leer los posts que se escriben el día de Navidad. Junto con el tradicional asesinato con el cuchillo de trinchar de la Nochebuena -la excepción que confirma el milagro- pintan el panorama emocional de una fiesta cada vez más triste. Triste porque -sobre todo donde no hay niños- ni siquiera se celebra ya el hecho de celebrar, el «estar juntos». Navidad es un ritual que su protagonista, la familia más o menos extensa, cada vez disfruta menos. Recuerdo un artículo que me llamó la atención:

Quien impulsa la guerra [familiar y social en Navidades] es la derecha radiofónica y su cruzada incansable para polarizar y dividir nuestro país, nuestras cenas navideñas y sacar beneficio de hacerlo. Me lleva a pensar que tal vez, debería regalarle a mi padre un iPod y un surtido CDs de música surf por Navidad. Sería un regalo para los dos.

¿Les suena familiar? Lo curioso es que hablaba de EEUU. Y es que a lo mejor la responsabilidad de que Rubalcaba suplante a Papa Noel, los controladores a los duendes y la crisis al carbón de los -inexistentes- niños malos, no es de «cómo están las cosas», ni siquiera del tarado al que sabe dios qué le vió nuestra hermana. A lo mejor los tiros van por otro lado.

En «Navidad concreta» Diego, quién pasó un año como cooperante en Bolivia, arrancaba el día 26 hablándonos de cine:

La película “La última estación” desmitifica el icono redentor de Tolstoi resaltando cómo su universalismo no sólo serviría de semilla para la dogmatización del anarquismo cristiano, sino que sería el factor determinante en la degeneración de un punto fundamental de su vida: la relación con su esposa. El mito del amor universal antepuesto al amor real, a lo concreto.

Recogía una reflexión ya abierta por Bianka para acabar confesándonos que

Hace un año la cena de Nochebuena venía cargada de culpa. Mi experiencia en Bolivia y el conflicto universalista me impedían transmitir a mi familia sentimientos positivos. Qué injusto es flagelarse por una ideología medieval como el antimercatismo.

La comunidad y el entorno real de una persona es producto de la interacción y de la libre elección: a tu pareja la elegiste tú, si tienes hijos elegiste tenerlos tú, tus relaciones con tus padres y tu familia las construiste tú… son relaciones reales -más o menos existosas- que nacen de la libertad y la interacción.

Pero una persona no elige la nación, el «género» ni la clase social que le encasquetan culturalmente y desde el poder. No se puede modificar ni interactuar con una abstracción, viene dada y siempre, a lo largo de toda nuestra vida, va a venirnos dada.

Los universales son las categorías en las que el estado entiende su accionar y nacieron, como nos cuenta Foucault cuando el estado absolutista empezó a pretender «gobernar» la economía y por tanto los comportamientos agregados de millones de personas en extensos territorios. Dejar que categorías universales nos definan en términos de pertenencia y guíen nuestra vida es dejar de ser libres para optimizarnos a nosotros mismos como palancas y extensores activos de ese poder ajeno.

Y además, la fórmula más eficaz de destrozar unas Navidades.

Foto | Dr. Pat

Filopsique (terapia de choque)

Me han dicho que soy totalmente libre (de escribir) arrabalescos del burgo, estos chicos parecen verdaderos surrealistas y todos los filoblogueros son argentinos, ¡listos!

yo*

Como un filósofo superior “pediría la indulgencia de ustedes y quizá también su maldad” sobre esta atípica crónica de blogs (nombre de la seccioncita) y el título que la encabeza. También sobre el fracaso inmoral de un sentimiento de culpa que la acompaña al escribir alegremente desde una revista que deriva en “cosa y casa de locos” pero en la que se anuncian Orange, Vodafone y Caja Madrid (lo de DYC, lo entiendo mejor, mucho mejor). Bueno que me voy. La mini crónica de blogs:

El artefacto blog como antroposmoderno de la Filosofía y Freud, ese psico, que “volvió más toscos los pensamientos de Nietzsche”. Con dos cojones.

El artefacto blog y la tentación de “tragarse el personaje” (Psique y Eros):

El bloguero, como publicador de verdades, o, al menos en su pretensión, se instala en el lugar del Maestro. Alguien que se instala en el lugar del Maestro y “se tragó el personaje” se convierte automáticamente en iconólatra –feliz expresión de Ludovicus- de sí mismo. El Maestro iconólatra, o, lo que es lo mismo, que “se tragó el personaje”, es el peor instrumento de tortura, avasallamiento y subyugación que pueda concebirse para el discípulo: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y, cuando llega a serlo, le hacéis hijo de condenación el doble que vosotros!

Don Marcos Santos Gómez, bloguero y profesor, nos advierte sobre Foucault, protaedito, “interpretando” a Habermas.

Todo esto que estamos describiendo, siguiendo a Habermas, es lo propio del pensamiento antropocéntrico iniciado por Kant que con sus utopías de liberación acaba viéndose atrapado en la esclavización. Es precisamente este pathos lo expuesto por Foucault en su análisis de la ciencias humanas. Las ciencias humanas se relacionan con prácticas de dominio. Incluso, según él, también las ciencias de la naturaleza, aunque es verdad que éstas han escapado del contexto de dominio de los interrogatorios judiciales de que surgieron. Pero se centra en la ciencias humanas porque en ellas sí es connatural un movimiento de autocosificación y desdoblamiento del sujeto que reposa en una voluntad de poder, siendo éste un movimiento específicamente moderno. Lo que este planteamiento evoca es, naturalmente, en lo que a la voluntad de poder se refiere, al último Nietzsche. En efecto, en algún lugar leí que alguien (¿Muguerza?) caracterizaba a Foucault como de un extraño marxismo nietzscheano.

El protaedito, ya perdonarán por el palabro, pero insisto que esta parece revista libre de mentes y la choqueterapia me hace delirar y soñar con un segundo, definitivo y bendito navajazo.

La blogosfera filosófica necesita un psicoanálisis. Cancerolazo.

*Una vez que dejé el marxismo no quería ningún “ismo” más en mi vida, no quería ser “ista”… (quería ser yo) Agnes Heller, página 12.

La foto viene de aquí (también).

La psicología y la filosofía se lían (y la lían)

22-septiembre-2010 · Imprimir este artículo

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Primero fue Marx. Luego Nietzsche. A continuación Freud. La “escuela de la sospecha”, como la llamó Paul Ricoeur, nos puso en permanente estado de alerta ante cualquier manifestación social, cultural o mental. Con ellos se acabó para siempre la edad de la inocencia. Y comenzó la edad del cinismo y la paranoia. Además del imperio de las comillas (“”). Olvídese de la realidad o de la verdad. Olvídese de usted mismo, estimado lector, que se cree un sujeto con nombre y apellidos. A partir de este momento los espíritus autodenominados “sofisticados” (yo también sé poner comillas) colocarán cualquier objeto o proceso bajo la etiqueta de lo “obvio” o lo “evidente” o lo “trivial”. Junto a la “realidad”, la “verdad” o el “sujeto”. Otra palabra favorita para ser encarcelada entre las comillas será “normal”.

Para la psicología contemporánea ya nadie es “normal”. Por un lado, las empresas farmacéuticas han “comprado” (pongo las comillas por si acaso…) a generaciones de médicos psiquiatras -que son regalados tanto con viajes a Congresos en los lugares más exóticos y lujosos como con ordenadores portátiles- a cambio de una medicalización de la vida mental, para lo que los psiquiatras han aumentado el tipo de síndromes y la reducción de los requisitos para padecerlos. Tendencia que se intensificará en 2013 con la publicación de la “Biblia” (interprete las comillas como mejor le parezca) de los psiquiatras, el nuevo DSM, versión 5.

Pero a esta medicalización de la vida mental no sólo contribuye la torticera relación entre médicos psiquiatras e industria farmacéutica. Otra vertiente tiene que ver con la especialización reduccionista de la profesión médica. Lo malo no es la especialización, claro, sino el reduccionismo: la idea simplificadora y simplona de que el método científico de corte fisicista es el único legítimo, eficaz y eficiente a la hora de tratar con la vida mental humana.

El desprecio hacia la visión humanista a fuer de artística del ser humano viene dado por un doble frente: el cientificismo mencionado que cosifica al ser humano como un mero objeto físico y, por otro lado, el nihilismo de la filosofía continental, sobre todo de raíz francesa, que se embarco en una cruzada antihumanista uno de cuyos principales cruzados fue Michel Foucault que en una entrevista con Alain Badiou muestra los rasgos negativos que derivarían en pocos años al descrédito en los ámbitos filosóficos de lo que había sido hasta hace poco la importante e influyente división francesa del pensamiento. Con esa mezcla de jerga oscurantista, abstracción vacía, desprecio hacia los datos y los hechos (en treinta minutos de entrevista no se escucha jamás un “por ejemplo…”), Foucault realiza el asesinato del “sujeto”, una entidad que considera -con inconsciencia, irresponsabilidad, y superficialidad- la versión ilustrada del Dios medieval. Y, sobre todo, esa hipocresía interesada. Porque el “sujeto” Foucault firma como si fuese un auténtico y real Michel Foucault (sin comillas). O el Anti-Sujeto que cobra como si fuese un Sujeto una conferencia…

El inconsciente freudiano era como un nuevo juguete que reclama toda la atención del niño grande, caprichoso, desvaído filósofo o psicólogo. Un parvenu como un nuevo rico del subconsciente. Foucault y Baidou se lanzan con aparatosidad y “ostentoreidad” a presumir de pulsiones y pasiones, del lado oscuro del consciente, del reverso tenebroso de la psique. De esta manera la mente te revela como fundalmente inconsciente, como un objeto lingüístico cerrado, autosuficiente y absoluto, en el que el subconsciente impone el advenimiento de un orden que rompe con el estado de cosas, la afirmación de un ámbito que obedece sus propias leyes y su propia lógica… De esta manera llegaron a la conclusión de que sólo hay una verdad: que la verdad no existe o que es inaccesible para siempre jamás.

Por el contrario, un programa ilustrado y humanista, es decir revolucionario, pasa por varios frentes: romper con el reduccionismo cientificista, alegar la comprensión psicológica de los mitos marxistas y psicoanalíticos -ese magma ideológico que los hizo retrotraerse al nivel de brujas y curanderos-, protegerse de los cantos de las sirenas industriales, y por el lado positivo, recuperar la dimensión cultural y simbólica, artística, de la comprensión de los fenómenos mentales: en definitiva, que no haya ningún psiquiatra o psicólogo que no conozca en profundidad la obra de Dickens, Tolstoi, Shakespeare o Galdós, Borges o Faulkner.

Luchar por una institucionalización holística de la enfermedad mental que conciba la recuperación como un proceso general del cuerpo y la mente en relación a las condiciones sociales. Por ejemplo -¡por ejemplo!- que las unidades psiquiátricas cuenten con jardines por los que pasear y charlar, bibliotecas en las que leer y cultivarse, gimnasios en los que ejercitarse. Mens sana in corpore sano para implementar las dos máximas sobre las que se basa la concepción mental occidental: el Conócete a ti mismo socrático-que subraya la dimensión cognoscitiva- y el pindárico Llega a ser el que eres -que apunta a la construcción de la identidad personal-.

Otra psicología y otra filosofía son posibles.

La nave de los locos

1-febrero-2010 · Imprimir este artículo

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Un loco tocado de la maldición del cielo
canta humillado en una esquina.
Sus canciones hablan de ángeles y cosas
que cuestan la vida al ojo humano.
La vida se pudre a sus pies como una rosa
y ya cerca de la tumba, pasa junto a él
una princesa.
(Leopoldo María Panero)

La nave de los locos es el navío donde se transportaba en la antigüedad a posesos y desequilibrados rumbo al exilio. Como Foucault explica en su Historia de la locura en la época clásica, no todos los locos eran expulsados, sólo aquellos particularmente extraños, particularmente molestos. Entregados al mar, “esa gran incertidumbre exterior de todo”, se convertían en “prisioneros en medio de la más libre y abierta de las rutas”.

También en el arte existe un barco ebrio, siempre naufragado, que dejó los umbrales de la razón y permanece ajeno al sistema, los museos y las academias, la crítica y el mercado. Sus tripulantes, cada uno con su mitología individual, han saltado por encima de la ratio de su tiempo, por eso se les llama locos (“nunca hay locura más que por referencia a una razón”, dice Foucault). Se trata de insensatos que, para escándalo de los cartesianos, se imaginan “ser muletas o tener un cuerpo de vidrio” e insultan a la comunidad artística con obras imposibles como “círculos cuadrados”. Con el tiempo, en algunos casos, Historia o Vanguardias los absuelven y mudan su camisa de fuerza por la toga deslucida del genio maldito, si bien serán siempre objeto de censura por haber aplastado a su paso las flores inocentes de la razón.

En la historia de la locura el encierro desplaza al embargo. Cerraduras, candados, barras de hierro… Todo es inútil para contener al genio. El artista enajenado sigue creando desde el aislamiento, la habitación sin vistas del hospital psiquiátrico. Para muchos de ellos el acto artístico tiene el rango de una evacuación corporal, una eyaculación necesaria; si no hubiesen sido artistas, serían asesinos.

Antonin Artaud es el ejemplo perfecto. Gérard Durzoi cuenta que cuando el doctor Toulouse lo vio por primera vez intuyó que se trataba de un ser excepcional, de esa raza que produce a los Baudelaire, los Nerval o los Nietzsche… “Este hombre está en la cuerda floja, a punto de desplomarse pese a su genio. ¿Se podrá evitar?”

Artaud nació el 4 de septiembre de 1896, en Marsella. Sufrió crisis nerviosas desde la infancia que fueron in crescendo. Se sabe que hizo uso del opio y el laúdano a fin de calmar su dolor. Escritor y dibujante, actor y guionista ocasional para el cine, fue ante todo un hombre de teatro. Pasó por largos periplos de internamiento y fue víctima directa de un conjunto de atrocidades en nombre de la ciencia, tales como el electro-choque. A intervalos, se relacionó con el grupo surrealista; como ellos, deseaba una “desvalorización general de los valores, la depreciación del espíritu, la desmineralización de la evidencia, una confusión absoluta y renovada de las lenguas, la desnivelación del pensamiento…” (G. Durzoi). No obstante, Artaud se reconoció a sí mismo “demasiado surrealista” para embarcarse en la “nave surrealista”; claro, la suya era la nave de los locos (en palabras de André Breton, Artaud se había pasado “al otro lado”).

“De lo que se me acusa, y por lo que llevo ocho años internado (…), es de haber intentado encontrar la materia fundamental del alma y devolverla en fluidos sustanciales (…) y no admito que un poeta como yo haya estado encerrado en un asilo de alienados por haber querido realizar en la vida su poesía” (Antonin Artaud)

Desde una demencia que se define “revolucionaria a perpetuidad”, Artaud protesta, rostro gesticulante, contra la razón castradora, el juicio de Dios, la práctica psiquiátrica (“porque hace del individuo otro del que debería ser”) y la elaboración intelectual y/o lingüística que no tiene su raíz en el dolor, que no tiene su raíz en el cuerpo. Su causa conlleva pervertir el lenguaje o secretar, supurar, uno nuevo que retorne al grito. Toma así el relevo de Lautréamont, otro tripulante en la nave de los locos, que da lugar a la primera crisis importante del verbo. En relación a esto, Roy Porter, en su Breve historia de la locura, relata la anécdota de un interno que en un asilo de lunáticos detuvo a los inspectores que hacían la visita de oficio y se quejó de que le habían quitado su lenguaje. Artaud, por su parte, se niega a pensar con la lengua que otros han pensado antes (para él); “todo lenguaje verdadero –llega a decir- es incomprensible”. Las papillas silábicas de sus últimos poemas son, como los garabatos de Strindberg (muchos le conocen como literato, pero no como antecesor del arte abstracto), la caligrafía del “razonamiento que la razón proscribe”. No obstante, el proceso de heroificación por el que, a veces, el poeta terminal se hace con el título nobiliario de “príncipe de las tormentas”, no ha dejado de lado al desgraciado de Artaud, sino todo lo contrario. Foucault confirma que esta figura ha pasado a “pertenecer al suelo de nuestra lengua y no a su quebrantamiento”; su correlato en el mundo pictórico es Van Gogh. Cuando Artaud conoció su obra, en 1947, se solidarizó; sintió, afirma Durzoi, que “el pintor había vivido una aventura y una lucha exactamente análogas”. En un texto brillante, Van Gogh, le suicidé de la societé, describió sus pinturas como una “especie de música de órgano”, de “fuegos de artificio”, “una sempiterna e intempestiva transmutación”.

Se puede hablar de la buena salud mental de Van Gogh que, durante toda su vida, sólo se ha cocido una mano y no ha hecho otra cosa, por lo demás, que cortarse una vez la oreja izquierda”. (Antonin Artaud)

Después de lo de la oreja, el loco del pelo rojo fue internado en el manicomio de Sain-Rémy, donde se le permitió pintar. Su arte nunca revistió las características consideradas como propias del “art brut”, apelativo de Dubuffet para el arte “a salvo de la cultura” (algunos psiquiatras señalaron la distorsión, la repetición, el absurdo, la obscenidad y el simbolismo cualidades inherentes a las pinturas de los locos… Claro que, por esta norma, expresionistas, surrealistas y todo el pelotón de artistas de vanguardia sufrirían males neurológicos). Mucho antes de su internamiento, Van Gogh, consciente de su situación, se confesaba por carta…

“Me consideran un hombre excéntrico y desagradable y, sin embargo, hay en mí una especie de música serena y pura”
(Van Gogh)

El artista puso fin a su vida con un tiro en el pecho, como es sabido de todos, sin haber vendido nunca ni un solo cuadro. Según Artaud, él no se mató, la sociedad lo hizo: se lo comió, para saciar su decoro.

Van Gogh y Artaud, pero también Rimbaud, Lautréamont, Blake, Baudelaire, Strindberg, Nietzsche y muchos más… Quizá no estuviesen locos. De sí mismo, afirma Leopoldo María Panero: “seré un monstruo, pero no estoy loco”. Monstruos, todos ellos también, por su propia excelencia; porque conocen verdades insoportables que la sociedad no quiere escuchar; porque rechazan el pensamiento medio y se arrojan a lo extremo, o porque una revelación extraordinaria ha resquebrajado su condición humana. Esta revelación, con todos sus “engranajes” de horror, nunca antes se mostró tan vívida como en los textos de Ryunosuke Akutagawa. El escritor japonés había visto morir a su madre loca cuando sólo era un niño. Después de notar las primeras paranoias y los primeros síntomas de esquizofrenia, creyéndose en posesión de una terrible herencia, se suicidó. Su relato Engranajes es la descripción minutada de una lenta agonía bajo la drogaína de la locura, o del pánico a ella: pasillos de hotel que se transforman en pasillos de prisión; uniformes de color; el infierno de Dante; engranajes que simulan seres humanos, seres humanos que simulan engranajes; el Alegato de un loco; retratos con sonrisa sardónica; “la vida es mas infernal que el infierno mismo”; la humillación; esperar la calma “como un anciano que espera la muerte después del largo sufrimiento de una enfermedad”; insomnio; medicación; un cuento interruptus, como un coito; “si las drogas no te curan, puede que lo haga el cristianismo”; whisky; una carta en mil pedazos; “es natural en el hijo de un loco”; Dostoyevsky, sólo una distracción… “¿Sabes de alguna enfermedad de los aviones?”

Ya no tengo fuerzas para seguir escribiendo. Es inexpresablemente doloroso vivir en este estado mental. ¿No hay nadie que venga y me estrangule en silencio mientras duermo?
(Ryunosuke Akutagawa)

Hasta aquí esta travesía con la nave de los locos, hasta aquí este viaje fáustico (Fausto, no consiguiendo saciar su apetito existencial con los saberes fundados, el humanismo, volvió sus ojos al esoterismo, a la magia, a lo irracional). Sí, queda pendiente arrojar por la borda los cadáveres de la razón. No se trata de hacer una apología de la locura, sino de dinamitar el pensamiento ordinario… Un día no muy lejano, no sabremos distinguir bien lo que ha podido ser la locura. A día de hoy, siguiendo la consigna de Lessing, quien no pierda la cabeza es porque no la tiene.

Bibliografía

Akutagawa, R. Vida de un loco. Emece Editores.
Durozoi. G. Artaud, la enajenación y la locura. Guadarrama.
Foucault. M. Historia de la locura en la época clásica (2 volúmenes). Fondo de cultura económica.
Porter. R. Breve historia de la locura. Fondo de cultura económica.

Ser tú mismo es lo único importante

1-febrero-2010 · Imprimir este artículo

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Es un 24 de Marzo, estamos en Roma, y el año es 1622…

El colegio cardenalicio va de culo. Por un lado, tiene medio mundo lleno de negros e indios a los que hay que explicar que, hace un porrón de años, un tipo sin oficio conocido salió por su propio pie de su tumba y, por otro, están todos esos alemanes y suecos y holandeses que no hacen más que imprimir libelos contra la autoridad del Papa Gregorio. Pero aquél sería un día grande. Las oficinas estaban listas, los tinteros llenos, los jóvenes legos de lo más predispuestos y los dominicos en plena forma. Aquel día, el Vaticano inauguraba un nuevo departamento: La congregatio propaganda fide (La congregación para la propagación de la fe).

Había nacido un robusto invento. Se trataba de transmitir las verdades del Concilio de Trento a través de los nuevos medios de comunicación. La imagen, la edición y la visita tribu a tribu. Un sistema popular y sencillo amparado en el tremendismo barroco.

La propaganda

La propaganda transmite siempre la verdad. Una verdad. No incide en las posibilidades de elección, destaca una sola. La propaganda no ayuda a escoger, obliga a creer. A diferencia del anuncio público o la noticia, la propaganda no espera respuesta. Sólo admite adhesión y reacción.

El estudio de éstas características y una mirada rápida al mundo que ha quedado después de que se rompiesen los pactos entre clases, que fundaron el siglo XX, nos lleva a una primera y dura impresión: se ha creado un régimen de comunicación general basado en la propaganda. Un sistema de códigos que no afecta ya a la consigna política o la elección consumista. Un código que se encarna en aquello que el calvo Foucault llamó biopoder y que ahora es medio de producción: nuestro cuerpo. Ya somos propaganda.

No se mueve, no se nota

Durante la era fordista, la del hombre masa, el código comunicativo propio era el de la publicidad. Stalin, Disney, Goebbels o Warhol sabían que el hombre masa debía escoger entre los múltiples productos completos, el socialismo real, el darwinismo o el vegetarianismo. Siempre podías escoger: O la raza aria o la invasión bolchevique. O el hombre nuevo o el corrupto burgués. Había una verdad y una mentira. Aunque se considere que aquellos genios comunicadores del siglo pasado eran unos propagandistas, lo cierto es que eran charlatanes ciegos que sólo distinguían el grueso trazo de la raza, la lealtad y la obediencia.

En aquellos años, el hombre masa, el proletario, era siempre intercambiable. Un trabajador sustituye a otro trabajador de la misma manera que un huelguista abatido era reemplazado por otro compañero. Hoy, el sistema de control se ha refinado. La mancha de las verdades y las libertades ha pringado hasta los terrenos de la mentira y la tiranía dejándolo todo de un mismo color gris marengo. Del régimen del proletariado hemos pasado a un régimen de esclavitud que, en contra de lo que se cree, es una forma mucho más sutil y avanzada de bio-dominio.

Hoy, a cada uno de nosotros se nos ha otorgado una personalidad propia. Somos únicos, insustituibles.
Y como en la Antigua Roma, el amo ha pagado por un esclavo en concreto, le ha mirado los dientes, la estatura y los huevos y se lleva a ése y no a otro del mercado.

Así, conscientes de que la división del trabajo crea valor y de que el individuo es hoy herramienta y trabajo en el mismo cuerpo, el esfuerzo está en crear hombres diferentes. Un mismo modelo de vida que genera, como los pinzones de las Galápagos, mil versiones diferentes. Cada versión necesita pues un mensaje diferente para entenderse a sí mismo, para saber vivir, para gustarse. Algunos construirán su identidad a partir de la pregunta: ¿Te gusta conducir? La personalización de todo tipo de banalidades imprescindibles en nuestra vida como la ropa customizada, el reloj exclusivo o la variedad específica de fibra para cagar, hacen que la propaganda se meta hasta nuestro mismísimo colon. No importa la elección de un producto por otro (la concentración empresarial y financiera ya se encarga de que todos los productos devengan en una misma cosa: el crédito primigenio).

Es propaganda porque todos los mensajes son uno: debes ser distinto. Tu oficio real es el cambio. El mayor bien social es la mutación porque recuerda: La diferencia crea valor. La renovación movimiento y el movimiento siempre genera plusvalía.

Porque tú eres un demócrata: Aceptas la diferencia y la promueves. Puedes cambiar tu voto y tus ideas cada cierto tiempo (recuerda: la diferencia crea valor). Un nuevo gobierno renueva las expectativas, integra a los cesantes y genera fe en la direccionalidad de la historia, el mito fundacional de la modernidad.

Definitivamente te gusta conducir: Nada se interpone pues en la realización plena de tu vida. Te damos la autopista, los semáforos, el coche y el airbag pero ponemos curvas para que creas que las decisiones las tomas tú. Todas las vidas conducen al mismo sitio. Es la sorpresa que nos espera tras la última curva.

Sé tú mismo: Frase llena de tildes para remarcar la importancia. El mensaje de la diferencia es el opio del pueblo. Cada esclavo tenía un valor personal y concreto. Cada músculo de más o poema que supiera aumentaba su valor. La diferencia entre ellos era la fuente de valor.

Ya no trabajamos con sus herramientas. Somos sus herramientas. Nuestro cuerpo es su escaparate. Nuestras pérdidas de flujo su corriente estética. Cada cosa que improvisaremos será aprovechada. Cada rebeldía empaquetada. Cada gemido convertido en politono.

No. Ya no hay nadie ahí arriba. Nosotros somos quienes hacemos el trabajo. Nosotros nos vendemos, movemos y creamos y en cada cambio generamos valor añadido.

Nuestra vida, reducida a la dictadura de la diferencia nos ha convertido en propaganda con patas.