El control del déficit público

14-enero-2012 · Imprimir este artículo

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Tras mucho tiempo donde se exhibía la defensa del gasto público para reactivar la economía, hemos llegado a una situación en la que se impone el control del gasto público. Ahora estamos ante una realidad donde se observa el efecto distorsionador y peligroso de los déficits sostenidos.

La relación de apasionados defensores del gasto publico sería muy extensa. Si Dorothy Pickles afirmaba que “nada triunfa tanto como el éxito”, también se podría decir que nada atrae más apoyos y simpatías que realizar el gasto público. Al gasto público no le han faltado nunca verdaderos entusiastas. Y no era sólo patrimonio de una posición política. Sería una reducción injusta relacionar el afán por el gasto sólo con una posición política o ideológica.

El problema del gasto público recuerda algo que contaba Anatole France con sentido del humor, lo que le ocurrió a la bella Analise de los Goncourt, que fue a inscribir su matrimonio en el registro civil y el funcionario que la atendía le preguntó el nombre del novio. La bella Analise respondió con ingenuidad, «¡Ah!, ¿pero eso no lo pone la municipalidad?»

Los excesos y descontrol del gasto nos han traído a una situación en la que es imposible mantenerlo. Como decía David Hume, “La causa más simple y mas obvia que puede asignarse a un fenómeno es probablemente la verdadera”. Resulta llamativo que muchos que han exhibido su pasión de gasto público con proyectos faraónicos e innecesarios, ante la realidad adversa, crítica y peligrosa que vivimos no tienen el coraje de decir “sí yo también impulsé tanto despropósito”. Los errores en la política nunca parecen tener paternidad conocida.

Los que antes eran firmes defensores del gasto público guardan un discreto silencio. Lo que demuestra que es más práctico y realista juzgar las posiciones políticas por sus hechos. Y la cuestión de la proclividad al gasto público es una nota reveladora de las verdaderas pasiones políticas que se mueven. Platón y Aristóteles ya advertían de los peligros de los demagogos. El gasto y su defensa es un factor distorsionador de las posiciones políticas, ya que permite encubrir bajo su manto la realidad efectiva de la posición política. [Seguir leyendo...]

La res pública

Hace algo más de un siglo el poeta portugués Antero de Quental, patriota y socialista desencantado con su propia vida, con la situación de su país y con el rumbo que tomaba el mundo de su tiempo, se descerrajó en la sien en el jardín de un convento sobre cuyos muros podía leerse la palabra “Esperanza”. A fecha de hoy, esta Esperanza ha dejado de ser una trágica emoción para transfigurarse en una peripatética desfacedora de los entuertos matritenses, que pisa cabezas al mismo tiempo que insulta a propios y extraños con los calificativos más crudos.

Nadie la culpa, en medio de un piélago de escándalos hay que salvar la cabeza y se impone la ley del más fuerte. Porque, por lo visto, un nuevo fantasma estremece a Europa: el fantasma de la crisis, y de ella quieren sacar provecho en santa jauría todos los politicastros del viejo continente y de la oxidada USA neocon.

Mientras, los banqueros y economistas especuladores más ideologizados, los mismos que fueron los primeros en abandonar el barco para refugiarse en las Caimán, ahora regresan para dar consejos paternalistas. Al fin y al cabo -nos recuerdan-, ellos no son taumaturgos ni adivinos, tan solo meros analistas de la realidad económica pasada y presente. Pero el FMI advierte: “España tendrá que bajar los salarios”, de tal manera que aumente el ahorro, baje el consumo, las industrias autóctonas se vayan al traste y tengamos que pedirle un préstamo -¿por qué no?- al FMI. Y si después todo falla, siempre podemos culpar a la inmigración de todos nuestros males.

Se dice ahora que cuando veas las barbas de los helenos cortar, pongas las ibéricas a remojar. Forma parte de pertenecer al selecto club de lo que los anglosajones llaman países “pigs”, club compuesto por naciones enteras que parecen revolcarse en la zahúrda de un sistema económico que en su tiempo aceptamos con regocijo, pero que está destinado a padecer crisis cíclicas agravadas por nuestra típica tendencia endógena al latrocinio. Aunque hay soluciones para todo: algunos prebostes germanos proponían que Grecia vendiera islas, quizá para adquirirlas ellos mismos y sentirse al mando de su propia ínsula de Barataria. De la misma manera los italianos podrían vender parte de su patrimonio artístico y los españoles casas, que nos sobran; y jamones a granel, por aquello de ser parte puntera de la latina tribu de los chanchitos. Acaso los británicos aprovechen así las próximas canículas para hozar ufanos en el estiércol hispano.

Extramuros europeos, a los estadounidenses el mundo no les va, se les va en decenas de falúas que navegan a la deriva cargadas de amenazas. El hecho de fundar un sistema económico que tropieza cada pequeña sucesión de décadas crea monstruos, y la “Pax americana” del McDonalds en la Plaza Roja y el Burger King en Afganistán se tambalea. “La bala va alocada, sólo la bayoneta mata”, decía Kutuzov, y en un siglo XXI preñado de criminales adelantos militares, los milicianos de las regiones más depauperadas del mundo vuelven a este aforismo decimonónico, como si David resucitara cada madrugada para enfrentarse contra un Goliat menos omnímodo a cada momento.

Y es que el fin de la Historia que preconizaba -con ciertas pinceladas de ironía- Fukuyama, fue mal digerido por los grandes halcones que, ebrios de éxito con la caída soviética y las tormentas del desierto, fueron incapaces de prever la amenaza de que nuevos kaijus (China, Rusia, India), estaban despertando, al tiempo que se desempolvaban inmemoriales rencillas de tintes religiosos. Grandes naciones pseudocontinentales que funden lo peor del capitalismo con nuevas formas de nacionalismo extremo, hordas de fanáticos monoteístas que amenazan a ambos lados del territorio estadounidense y la aparición de sectores críticos internos, incapaces de comprender cómo se le puede vender la democracia a un preso al que se está torturando en cárceles inmundas y masificadas, son las nuevas menudencias que amenazan la estabilidad imperial.

Democracia, mercado, globalización, capital, Estados Unidos, Europa, Asia, Latinoamérica o incluso África son conceptos o emplazamientos que pasan ante nuestros ojos en ráfagas de contenidos informativos cuidadosamente seleccionados y masticados para que, a nosotros, simples náufragos de un mundo tan complejo, no nos atragante la comida un exceso de entropía. Parece que nada más podamos hacer ante este contexto que aplaudir con el espectáculo o contemplarlo horrorizados y en silencio. Los países son entidades geoestratégicas de usar y tirar para las empresas, la res pública es un animal exprimido y escuálido, las masas son quistes de carnada con necrosis y los arranques de romántica desesperación como el del poeta Quental son hoy patologías individualistas dignas de frenopático.

Pero si te tomas un momento y miras a tu alrededor, seguro que el ambiente apocalíptico que te vendo en algunos cientos de palabras ya casi se te ha olvidado porque, al fin y al cabo, la realidad no es tan fiera como algunos la creemos. Quizá porque tampoco somos la excepción de un mundo sin discernimiento, quizá porque más allá de los muros de un convento mantenemos cierta esperanza.

Y es que ya hace tiempo describió Pío Baroja con inigualable claridad este sentir tan humano que, en ocasiones, a algunos nos ronda: “El cómico, el de la funeraria, el prestamista, el general, el cura; todos me parecían sin conciencia y, además de éstos, el abogado que engaña, el comerciante que roba, el industrial que falsifica, el periodista que se vende… Y, sin embargo, pensé después, toda esa tropa que roba, que explota, que engaña y que prostituye, tiene sus rasgos buenos, sus momentos de abnegación y sus arranques caritativos. La verdad es que semiángel o semibestia, el hombre es un animal extraño”.

Ilustración de Miguel Brieva, profeta mordaz de la crisis.

España, crisis de un modelo

La España de los últimos 200 años es la historia de sucesivas oportunidades perdidas que hubieran hecho posible otro país. Empezando por la Constitución de 1812 y llegando a casi cuatro décadas de dictadura franquista.

Existen entre la derecha democrática española quienes quisieran exhibir sin pudor su condición de franquistas y necesitan blanquear aquel período histórico. Se agarran ahora al argumento de que las dos últimas décadas de la dictadura, a partir del Plan de Estabilización de 1959, sentaron las bases del desarrollo español. La dictadura de Franco fue entonces un mal necesario que logró el despegue económico y creó una amplia clase media, imprescindibles cimientos ambos de una democracia sólida.

Está por demostrar que el desarrollo y una democracia estable sólo hubiera sido posible con el paso intermedio de una dictadura. Pero sobre todo olvidan o quieren olvidar los defensores de la figura de Franco como precursor necesario de la democracia esas otras dos décadas de la dictadura, las de las fracasada autarquía económica y el aislamiento internacional (1939-1959).

España se quedó descolgada justo cuando a partir de 1945 disfrutó Occidente de un período de prosperidad sin precedentes, los tiempos en que Francia vivió sus “Treinta Gloriosos” años o Alemania disfrutó de su “Milagro Económico”. Aquellos veinte años son los que separaron a España del resto de Europa en la segunda mitad del siglo XX. Pensábamos que por fin se recortaba la distancia cuando llegó la Crisis.

Las explicaciones sobre las causas de la Crisis en España varían en dar peso a la coyuntura internacional, la actuación de determinado gobierno o al desenfreno hipotecario de la atolondrada clase trabajadora en función de a quien se quiera culpar y exonerar. Pero sólo la perspectiva del tiempo nos permitirá ver que a lo que asistimos es a una crisis profunda del modelo productivo español que fue incapaz de dar el salto a una economía globalizada y postindustrial.

España se incorporó a la entonces llamada Comunidad Económica Europa el 1 de enero de 1986 como un país mediterráneo que disfrutaba de las ventajas comparativas de una mano de obra barata y abundantes horas de sol. Las fábricas españolas convertían al país en el quinto productor de automóviles mundial y el país era el segundo receptor de turistas en todo el mundo.

Tres años más tarde del ingreso en la CEE cayó el Muro de Berlín. El mismo año en que Tim Berners-Lee redactó una propuesta en el laboratorio de partículas CERN para un sistema de hipertexto en Internet. En agosto de 1991 puso en marcha el primer servidor de páginas web. Antes del fin de aquel año se disolvió la Unión Soviética.

Abierto casi todo el planeta ahora al capitalismo y con las comunicaciones cada vez más accesibles, España, como cualquier otro país desarrollado, hubo de enfrentarse a una economía globalizada donde cualquier cosa factible de ser extraída de la tierra, cultivada, fabricada o ensamblada lo será siempre de forma más barata en otra parte del planeta. En una economía postindustrial los países avanzados no sólo generan valor en el sector servicios (servicios financieros, software, publicidad, etc.), sino mediante la incorporación de tecnologías y conocimiento en todos los sectores productivos.

La agricultura española encontró competencia en países con una mano de obra aún más barata. Si antes fueron los camiones cargados de tomates españoles los que eran volcados en las carreteras francesas ahora resultaron ser españoles los que volcaban camiones con tomates marroquíes.

Con los productos agrícolas transformados en una “commodity” sólo una minoría afrontó la competencia de los países subdesarrollados haciendo la agricultura más intensiva en conocimiento y capital. Hubo quienes implantaron un modelo de agricultura más respetuoso con el medio ambiente o la salud del consumidor, buscaron el valor añadido de la denominación de origen o buscaron acortar la distancia con el cliente final mediante la comercialización directa en Internet. Pero la reacción generalizada fue sostener un sector no competitivo mediante subvenciones y enfrentar la competencia de países con salarios de miseria implantando en España también salarios de miseria y condiciones infames de explotación. Hoy España exporta temporeros locales a la vendimia francesa e importa temporeros extranjeros con la excusa de que nadie quiere trabajar en el campo.

El sector industrial español dejó de disfrutar la ventaja de la mano de obra barata tan pronto los antiguos países comunistas quedaron conectados a la economía europea. El cierre de factorías para su reubicación en la Europa del Este o en otros países extracomunitarios fue sólo retrasado temporalmente mediante las subvenciones públicas. En el caso de la factoría de repuestos Delphi de Puerto Real (Cádiz), sumaron 62 millones de euros desde 1986 hasta el anuncio de su cierre en 2007.

Sectores puntuales como la industria aeronáutica o naval sobrevivieron gracias a su naturaleza de empresas públicas y al mercado cautivo de las fuerzas armadas. Los contratos militares han mantenido con vida a empresas de capital público como Santana Motor, cuyos productos no resisten el más mínimo control de calidad y que pierde decenas de millones de euros al año.

España, al contrario del resto de países de Europa Occidental, carece de grandes empresas tecnológicas como Alcatel, Thales, BAe Systems, Siemens, Nokia, Philips, Ericsson, etc. Hablar de grandes empresas globales es hacerlo a la antigua Telefónica y Repsol YPF, de la que hay que recordar su condición de antiguas empresas estatales con una posición dominante en el mercado.

Por último, en la España globalizada y postindustrial hablar del sector servicios es hablar del turismo de “soy y playa” que se benefició durante los años noventa de la escasa competencia mediterránea por culpa de las guerras yugoslavas, los atentados contra turistas en Egipto y la guerra civil argelina. Cuando se hizo evidente que el modelo de “sol y playa”, en realidad “discoteca, cerveza, vomitona y playa” combinado con un modelo urbanístico depredador del litoral, dejaba ganancias magras no se trató de aumentar la calidad del servicio al cliente, mejorar los estándares arquitectónicos y reducir el impacto medioambiental Se buscó desesperadamente el “turismo de calidad” mediante la construcción de campos de golf, allí incluso donde los agricultores luchaban por la escasez de agua.

La salida al mercado laboral de la generación del “baby boom”, el turismo y la llegada de mano de obra inmigrante generó la burbuja inmobiliaria que convirtió a la construcción en la locomotora de la economía. Un sector conectado inevitablemente a las redes clientelares de poder de las administraciones públicas locales y que se convirtió en el símbolo del modelo de negocios español: El “pelotazo”, un concepto que dudosamente tenga equivalente en el resto de idiomas de Europa Occidental. A España en cambio se le puede aplicar un concepto repetido por la prensa económica durante la crisis asiática de 1997: “Crony capitalism”, traducido aquí como “capitalismo de amiguetes”.

Justificado como parte de la idiosincrasia latina y mediterránea, España es un país donde importan los contactos familiares y las afinidades políticas en tupidas redes clientelares que son consentidas y disculpadas porque permean todas las clases sociales. Los grandes pelotazos de alcaldes, concejales y sus parientes son disculpados cuando firman jornadas de trabajo imaginarias para cobrar prestaciones por desempleo y tramitan subvenciones para proyectos con los presupuestos inflados que benefician desde el profesor de cursos de informática al vendedor de suministros para la construcción. Son ellos los que luego jalean a los políticos que esposados salen del furgón de la Guardia Civil y entran en el juzgado.

Podríamos pensar que el mismo país donde la generación que vivió la Transición se encontró todo un país por reinventar y se convirtió en una élite que forma un tapón las siguientes generaciones estuvieran tentadas de romper las reglas de juego. Podría esperarse que una nueva generación, “la mejor formada de la historia de España”, se lanzara a la aventura de emprender, crear conocimiento y crear riqueza abriendo nuevos espacios y nuevos caminos. Pero conocer la universidad española permite comprender su incapacidad para haber formado a los profesionales necesarios y capaces de pilotar el salto de España al mundo global y a la sociedad postindustrial.

La universidad en España es un lugar donde resulta anatema hablar de la conexión con el mercado laboral, so pena de ser acusado de querer poner la educación superior al servicio del “capitalismo neoliberal” y de las “empresa privada”. Como si no existieran alternativas como el autoempleo o la unión de trabajadores en cooperativas. Curiosamente la resistencia a mejorar la empleabilidad de los estudiantes es defendida e inculcada en el alumnado muchas veces por profesores que gozan de la condición de funcionario. Otros aspectos de la universidad española, como su profundo antiintelectualismo y su endogamia, son tan de sobra conocidos que no merecen la pena detenerse en ellas.

En un país donde cuenta más de quién se es hijo y a quién se conoce escasean los ejemplos de éxito económico y social por debajo de la barrera de los treinta años si olvidamos artistas y deportistas que nunca pasaron por la universidad. Linus Torvalds hubiera sido en España un becario asqueado de su programa de doctorado. Pero quizás para ello primero tendría España que dar al mundo un Linus Torvalds, que nació en un país con unos estándares educativos a años luz de España y cuna del gigante global Nokia..

La incorporación de conocimiento e información en todos los sectores productivos tiende a polarizar los mercados laborales en las sociedades postindustriales. Por un lado se requieren de ingenieros, desarrolladores, diseñadores, consultores y ejecutivos. Por otro, la automatización e informatización del puesto de trabajo tiende a reducir aún más la cualificación de los trabajos peores pagados, como auxiliar administrativos o telefonista de call-centers.

Careciendo España de un sector dinámico, competitivo y globalizado en su economía el destino de los licenciados universitarios en España es un trabajo mcdonalizado mientras esperan que surja “algo de lo mío”. La precariedad y el “mileurismo” ha llegado hasta para carreras como arquitectura e ingeniería de telecomunicaciones. El resultado es una generación que no vivirá mejor que sus padres, trabajadores y obreros de la España de la dictadura y del subdesarrollo.

La Crisis y el sentido del humor


Se ha demostrado cientificamente que el sentido del humor nos ayuda a asimilar mejor los procesos vitales inquietantes, a los que nos vemos sometidos diariamente, reduciendo el estrés y la ansiedad que nos causan las situaciones dolorosos, o conflictivas .

A través del sentido del humor, somos capaces  de tomar distancia psíquica con las situaciones que nos generan inquietud, procurándonos  un espacio de calma vital y alivio de la tensión a la que estamos sometidos, reduciendo de esta manera el estrés acumulado.

Tal vez por eso desde que se declaró la crisis económica a nivel mundial, surgieron numerosas explicaciones que hacían especial hincapié en el poder del sentido del humor para explicarnos lo inexplicable y hacernos reír, con cosas que normalmente nos harían llorar, demostrando una vez más que la risa es el mejor paraguas para la adversidad.

A mi juicio uno de los mejores vídeos que han circulado de manera insistente por la red y que se produjeron como resultado de esta coyuntura, es el que en su día realizaron los actores John Bird y John Fortune, dos cómicos ingleses especializados en parodias políticas.

A  través de su magistral interpretación en el programa “The last laugh” John Bird y John Fortune logran presentarnos de manera divertida  una radiografía de la sociedad, el mercado y los sistemas financieros. Dándonos  una visión global de como se produjeron los hechos que finalmente desencadenaron en la crisis económica mundial y el proceso de recesión en el que lamentablemente estamos sumergidos desde hace un año

Dicen que lo positivo y lo negativo es algo relativo, que toda crisis surge porque algo no se esta haciendo bien, viendo este vídeo resultan evidentes muchas de las cosas que hemos hecho mal, pero lo que en principio podemos valorar como catastrófico , es en realidad una oportunidad para el cambio. Tal vez el sentido del humor nos ayude a tomar conciencia de nuestras posiciones erráticas y a corregirlas. Tal vez, gracias a vídeos como este, tomemos la distancia psicológica necesaria para dejar de centrarnos en la adversidad y empezar a concentrarnos en las soluciones.

El capitalismo tiene sus cositas

15-febrero-2010 · Imprimir este artículo

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Un tópico de los ideólogos del capitalismo afirma que un panadero espoleado por la codicia se ocupará de ganar dinero pero indirectamente nutrirá de pan a la comunidad.

Ahora mismo no recuerdo, ni me apetece buscarlo porque hallar la cita entre mis libros sería casi milagroso, la procedencia, pero me he tropezado con este ejemplo en diversos ensayos defensores del orden capitalista más “radical”, por extensión menos justo.

Los que cantaron esa loa de sirena olvidaron los desordenes que pueden acompañar al deseo pecuniario del panadero. No sería extraño que la codicia impulsara al horneador a buscar procedimientos para aumentar sus ganancias. En una sociedad sin otros valores que el mercado y el enriquecimiento, el comerciante podría optar por métodos tan dudosos como introducir virutas de madera, o de otra sustancia igual de barata y sana, en el pan, para incrementar su porcentaje de ganancias por barra. Y, entonces, el acicate de la “justicia” capitalismo se transforma en detonante de un problema de salud. No me digan que nunca oyeran una historia semejante.

Por esta reflexión siempre me ha parecido pueril el ejemplo del amador de riqueza tornado en buen samaritano sin saberlo. La actual crisis y las terribles injusticias cometidas en nombre y defensa del capitalismo, en otros tiempos por oposición al sistema socialista-estalinista, nos enseñan que de una sociedad sostenida por la codicia nada bueno puede esperarse. Es evidente que la exaltación de la ganancia, por encima de cualquier valor, puede instigar a muchos a superarse, pero en cinismo y en ausencia de escrúpulos. Me sorprenden e inquietan las voces que se manifiesten escandalizadas por delitos fiscales, por los abusos de multinacionales, por la explotación de los desfavorecidos, las desigualdades sociales, las asesinatos por dos euros, etc, etc. ¿Qué otra puede esperarse de un sistema que exalta la codicia? ¿Alguien puede plantearse seriamente que el bien común brote entre perlas de egoísmo de mercaderes?

No deseo proponer como contrapunto al capitalismo el sistema de las desaparecidas repúblicas soviéticas, aunque tal vez sí podríamos aprender algo del modelo nórdico, que logró extraer de un país con altos niveles de pobreza, como era Suecia a finales del siglo XIX, una de las sociedades menos imperfectas de las conocidas durante el pasado festín sanguinolento que fue el siglo XX. Por desgracia, el modelo sueco se desarma entre maremotos norteamericanos. El norteamericano: ese modelo tan perfecto que carece de sanidad pública y que, entre otras cosas, niega una atención sanitaria digna para aquel que no pueda pagarla.

La presente situación económica se emplea como arma para proponer que el bienestar no es posible. Ahora ya no sirve el uso del látigo para reducir a la esclavitud a ciudadanos acostumbrados no a ser libres, pero sí a creer que lo son y a consumir para mantener la rueda de la fortuna capitalista. Para esa involución se precisaba un desastre como el que nos asiste. Gracias al apocalipsis financiero los propietarios de grandes fortunas y vigías políticos de capitalismo bárbaro lograrán lo siguiente: 1º la comprensión popular a la reducción de sueldos y de ventura, 2º la merma del dinero destinado a la cultura que, al final y cabo, se trata de una cosa peligrosa que tiende a instalar ideas extrañas en las mentes de los ciudadanos ejemplares y 3º el golpe definitivo de la nueva tiranía que tiene el rostro de las necesidades “económicas”.

Es curioso que el capitalismo se haya abierto a la idea del sacrificio en beneficio de la mayoría, es decir, del estado. Esta idea que procede de los países autoritarios y “socialistas” bolqueviques sí la ha adoptado el capitalismo. Esta voluntad de sacrificio ante las necesidades económicas  por una parte cultivaron unas hermosas granjas donde se hacinaba a los trabajadores en el paraíso socialista de Stalin , por otra, en el reich de Hitler,  justificaron la necesidad de eliminar a todas las personas que no fueran “productivas” para el estado. De este modo  los nazis comenzaron a “asesinar” a todos los pacientes de manicomios, sanatorios y a muchos enfermos, nacidos con defectos físicos o con limitaciones. Bajp este programa de eutanasia, al que se denominó T4, se elimaron a unas 70. 000 personas. El desarrollo posterior del sistema desencadenó el holocausto, ya que, según las teorías raciales de los nazis,  ciertos grupos sólo podían considerarse parásitos y su presencia degradaba a la raza aria, por tanto el estado, para no “invertir” dinero en balde y evitar el “contagio”, los elimaba. Tras varios años de publicidad de las  ”necesidades de estado” hubo millones de personas a las que le pareció razonable el planteamiento y aunque supieron, o sospecharon, lo que ocurría  miraban al horror con absoluta aquiescencia.

A fecha de hoy en nombre de la economía, o, mejor dicho, de un modelo económico, se procede a la reducción del bienestar y se cede en asuntos que años antes hubieran despertado las iras de los que supuestamente velan por una justicia social. ¿Cuál será el siguiente paso? ¿Qué sacrificios se pedirá a nuestras sociedades a mayor gloria de  la economía?

El capitalismo no puede dar más de sí. Los avances que plantea a diario aproximan el modelo político a la tiranía, al tiempo que lo distancian de los términos básicos de la democracia.  La codicia necesita de personas a las que esquilmar y el deseo de superación, la idea de éxito a través del dinero y del reconocimiento social, sólo puede engendrar monstruos, tanto desde el punto de vista humano como desde el laboral y político. Es preciso rehacer y destruir esos ideales ególatras y cretinos desde los cimientos. Es preciso retomar los valores morales legítimos y básicos, la solidaridad, la ayuda y la fraternidad, el reparto equitativo de la riqueza (Sin expropiaciones, sin los abusos del pasado. Y no me refiero a las propiedades modestas de empresarios sino a la riqueza con mayúsculas.), la creación de comercios justos… En definitiva la vuelta a los valores morales “evidentes” que no son propiedad de nunca confesión religiosa ni ideóloga y sí del sentido común. Contra la usura, la explotación (en todos los aspectos del individuo no sólo los más evidentes) y contra el gobierno de un grupo dirigente contaminado por los abusos del dinero, al que aman sobre todas las cosas.

Carlos Berzosa y la actualidad

El rector de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), Carlos Berzosa, ha mostrado su temor a que tras la “gran tormenta” económica, ahora que “llueve menos”, el sector financiero “vuelva a las andadas”.

Berzosa, catedrático de Economía Aplicada, explicó que es “escéptico” a que la salida de la crisis se resuelva con un cambio en el modelo económico internacional, en el que al principio de la crisis parecía haber un “consenso generalizado” entre políticos y banqueros.

El rector de la Complutense se expresó así antes en un encuentro con los medios antes de participar en el Encuentro Inaugural del ‘Aula de Ciudadanía Crítica y Solidaria’, organizado en la Universidad de Cantabria (UC) por la Asociación de Cooperación con el Sur (ACSUR).

HAITÍ

Carlos Berzosa también reclamó que el cambio en la política económica internacional incluya “mecanismos” para reducir la pobreza y las desigualdades, una política “distinta” para evitar lo que está ocurriendo en Haití.

Allí, dijo, se ha “puesto de manifiesto” la “vulnerabilidad” ante las catástrofes naturales y cómo afectan de manera mayor a los países pobres.

En el caso de Haití, la situación es “caótica”, hasta el punto de que hay “disputas” entre los países en una “carrera para ver quien llega antes a ayudar”. “La gente ha dado muchos fondos, pero las ONGs reciben tanto que el problema no es la insuficiencia de recursos, sino su canalización”, explicó.

Y además advirtió de que en estos momentos se puede correr el riesgo de que surjan grupos que “acaparen” la ayuda y se especule con ella.

En cualquier caso, advirtió de que a Haití “hay que ir cuando la crisis haya pasado” y la ayuda que se está prestando en estos primeros días “desaparezca”.

POLÍTICAS DE INMIGRACIÓN

Por otra parte, el rector de la Universidad Complutense de Madrid calificó de “horrible” que se quieran aplicar medidas de “dureza” contra los inmigrantes, de quienes valoró que en los últimos años “han contribuido a la mejora del PIB y la asistencia social” en España.

Además, recalcó que lo que se llama “efecto llamada” en realidad lo provoca la “riqueza”. Así, ahora que hay crisis económica, esta situación va acompañada de un descenso en los flujos migratorios. “No vienen o se marchan”, señaló.

Berzosa considera que en estas políticas hay que ser “permisivos” porque “no se pueden poner puertas al campo”.

El rector de la Complutense abogó por intentar que las personas procedentes de otros países “estén a gusto” en la sociedad y evitar su “marginación” y “discriminación”, intentado que “la gente viva con dignidad” y no se les trate como “mano de obra barata”.

El economista explicó que antes de la crisis se produjo un crecimiento económico “importante” en todo el mundo, que afectó principalmente a las finanzas, pero que no se tradujo en términos de igualdad.

Cuando se produjo el “estallido” de la crisis financiera, se adoptaron medidas desde el sector público, con un incremento del déficit para compensar la “sustancial caída” en las inversiones privadas, que indujeron a pensar en un cambio de modelo.

Pero en la actualidad, el rector de la UCM observa “signos preocupantes” que le hacen creer que en el sector piensan que “una vez pasada la tormenta, a lo mejor escampa y no toma medidas para modificar el sistema”.

Para Berzosa, es “imprescindible” que a la salida de la crisis haya un “cambio de paradigma”, tanto en el plano teórico como en el modelo económico, y se adopten políticas “activas” que fomentan la igualdad de oportunidades y de derechos.