Sobre la creación

24-enero-2010 · Imprimir este artículo

Por Emilia Lanzas


De la inspiración

La búsqueda de lo bello se concibe como una necesidad muy por encima de cualquier otra “baja” actividad humana. De ahí la distinción del artista como un genio que levita sobre el resto de los mortales. Oh, Ellos que satisfacen ese deseo, interno y humano, de armonía, entendimiento y perfección.

El artista no es considerado como un ser común; una fuerza superior le dicta y marca la naturaleza de su obra: La inspiración. El arte nos refleja esa otra realidad que tiene conexión directa con la cotidianidad pero que la transforma y sublima, hasta hacernos la vida, básica y primigenia, más merecedora de respeto. Su poder, el de los artistas y el del arte, como pretendieron monarcas absolutos, proviene directamente de una entidad suprema que, no obstante, podría encontrarse en algún lugar recóndito del propio interior, aunque el propio ejecutante no sepa expresar fehacientemente ni el qué ni el porqué profundo y último de lo que produce. Él ve y enseña. Un hombre en apariencia semejante a los demás, pero que lleva dentro una fuerza visionaria y misteriosa.

(Otros, sin embargo, aseguran que sólo la constancia y la propia voluntad, la diaria laboriosidad, acabará dando su fruto. Y que todos esos epígrafes de seductora connotación, ese denominado fuego emocional, está ubicado por la neurociencia dentro del sistema límbico del cerebro. Un músculo).

Platón, proclamó que únicamente el poeta inspirado puede crear excelente poesía. Esa Musa que Homero clamaba. Ese Apolo que con su serenidad armoniosa debería invadir el interior hasta colmarlo. El arte, con su poder de gnosis y su escondida conducta moral.

Aristóteles -y quién iba a discutírselo- dijo que “el arte poética es cosa del hombre bien dotado o del loco”. Shelley, puntualizó que: “la mente en el ejercicio de la función creadora es como un carbón que va apagándose…”. Y la conciencia no puede predecir cuándo se acerca ni se aleja esa influencia.

Pero Freud, cada uno con su tema, proclamó que la inspiración brota del inconsciente; siendo así que la obra de arte constituye una especie de sondeo de la psique humana. El artista, de esta manera, expresaría de forma intuitiva lo que el psicoanálisis puede traducir en términos científicos; es decir, vuelta al inconsciente. Existía, pues, para Freud, una relación directa entre la obra artística y la biografía, o mejor, la patología del autor.

Será por eso que los surrealistas trataron de crear fuera de todo control.

Y Picasso manifestó: “Yo no busco, encuentro”.

De la belleza

El concepto de mímesis aristotélica, según el cual, el arte debería imitar fielmente el propio modelo de la creación del mundo, es decir, la naturaleza -hecho del que se derivaban determinadas relaciones entre belleza y verdad-, fue admitido durante tanto tiempo y de forma tan categórica que, aun hoy en día todavía está presente en un gran número de personas que consideran que todo lo que no esté dentro de esa idea no es arte, sino otra cosa. Así, determinadas manifestaciones, como es el caso del movimiento abstracto, son despreciadas de un plumazo ante la deliberación del espectador por buscar en la obra alguna semejanza con la realidad visual. (Tàpies manifiesta que lo abstracto hizo comprender que el arte puede hallarse en la expresividad de los puros colores y formas).

A esta mimetización griega, elaborada a partir de la idea de una estrecha relación entre los dioses y el hombre, se une el concepto de armonía que el Renacimiento aplicó y que también traerá bastante cola. Aquí Alberti tendrá mucho que decir: La proporcionalidad es el origen del placer estético.

Ficino, ése otro renacentista italiano, puntualizó que La belleza del arte participa de la belleza universal en tanto que en ella resplandece la idea.

Kandinsky nos habla de la espiritualidad en el arte, imprescindible para que la obra encierre alguna potencia de futuro; porque, aclara, lo que sólo es hijo de su tiempo, representa un arte castrado.

El protagonista de la novela de Balzac, Frenhofer, lleva todavía más lejos la idea de belleza y el concepto de creación. La obra artística, aun cuando técnicamente posea la perfección y esté concebida según todos los principios de la tradición clásica, si no encierra en sí el aliento vital, será una obra muerta. “Habéis logrado la apariencia de la vida -dirá-, pero no habéis sabido expresar su desbordante abundancia, ese no sé qué que es probablemente el alma y que se halla suspendido vaporosamente por encima de la corteza”.

De esta manera, el mito de Frenhofer buscará la expresión suprema que sólo llevará al artista a la impotencia y a la inactividad.

Una propuesta más, representada por otro personaje de ficción, Bartleby, refleja la voluntaria decisión de abandonar la posibilidad del arte. En el no hacer está el principio. Crear, no siempre compensa.

De la locura y la muerte

Se levanta cuando aún Londres dibuja el amanecer de un día que, una vez más, se presiente impávido. Se asoma apenas unos segundos por la ventana. Sylvia Plath decide preparar el desayuno a sus hijos, antes de abrir la llave del gas y meter la cabeza dentro del horno.

Para saludar a las almas de los héroes, a las cabezas sangrantes, Trakl toma una sobredosís de cocaína y se sonríe ante el espejo.

En un hotel de Roma, Pavese piensa que la muerte vendrá y que tendrá sus ojos. Mira los dieciséis envases de somníferos perfectamente alineados sobre la mesilla y descuelga el teléfono.

Van Gogh se levanta más excitado que de costumbre. El torbellino interno habita en las botellas de vino, junto al revólver. Sale de la casa. El cielo de Auvers, esos cirros tumultuosos de un azul-sangre, le hablan de desesperación y pena. “Quisiera morir ahora”, murmura.

Tarkovsky derramó el desgarro del espíritu ausente en su total Sacrificio. Schumann se retuerce sobre su propia partitura plena de alucinaciones y desvaríos…

La creación, ese acto supremo, cobra un cuantioso precio a quienes elige para manifestarse.

Burger-Art

“Para decir tonterías en verso, es mejor escribir en prosa, o no escribir en prosa ni en verso, que es lo que hago yo”.

Sirva esta declaración de Ganivet, otro creador suicida, para enlazar ambos mundos. Porque esa profundización en la realidad que requiere un estado de angustia písquica, de tensión espiritual, ya no parece existir.

Ahora los artistas no deben nada ni a la libertad, ni a Prometeo. Todos cohabitan en glorificada, burguesa plenitud.

Pertenecientes a la clericatura secular, admirados y requeridos para todo tipo de eventos; sonríen ufanos a su propia excelencia.

La mercadotecnia les ha engullido: ella es su madre, ella les amamanta y les salvaguarda de todo mal. El equilibrio les mantiene bajo el régimen de su cordura. El arte está envuelto en bolsa de estraza, listo para ser consumido de forma rápida. Y después eructarlo. Así, su imparable declive.

Tal vez, dicen algunos, porque la belleza dejó hace tiempo de ser la categoría por excelencia. Pero igual ocurrió con los objetos sublimes. Incluso lo terrorífico y patético ya no impresiona. Puede que todo empezara por alcanzar el extremo, cuando Picabia creó el arte “amorfo”, que no sólo no debía representar nada sino que no debía ser nada; apenas un gesto.

El destino trágico y excelso de la creación y del artista, ha llegado a su fin.

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