Sobre la arena que nos llevamos en las chanclas

Los españoles estamos habituados a ver el urbanismo salvaje que devora el territorio como algo normal. Triste y deleznable, sí, pero normal en todo caso. Los que vivimos cerca de las costas, al menos en la región mediterránea, conocemos bien los paisajes en los que chalets, hoteles y grúas son los protagonistas en un paisaje de fondo azul marino. El litoral ha sufrido daños evidentes, y como es natural, mucha gente se ha puesto de acuerdo para coincidir en ello y quejarse de lo mal que vamos por este camino, múltiples grupos ecologistas han emprendido acciones diversas e incluso el gobierno, bien sea por una cuestión de principios, bien para satisfacer las demandas del pueblo llano, ha hecho algunos movimientos, como poner en marcha el Plan de Deslindes. Precisamente, el otro día leía en el diario Última Hora (ejemplar de obsequio) que el 77′54 % del litoral mallorquín ha sido deslindado. Según esa misma fuente, en Formentera el plan ha sido aplicado al 100%, en Ibiza está avanzado en un grado similar al de Mallorca, mientras que en Menorca apenas se ha ejecutado. Esto último se justificaba con que esta última isla está bastante protegida, y la aplicación del plan en ella no es de carácter urgente. Viendo estas cosas, no pude evitar acordarme de un interesante artículo publicado en el Boletín de la Sociedad de Historia Natural de las Baleares, en el que se hablaba de la degradación de las playas causada no por la maquinaria de construcción, sino por otros elementos algo más discretos: nuestros cuerpos.

Desde que existe, la costa ha estado sometida a la constante acción del oleaje y de las corrientes marinas, que tienen una acción morfogenética de transporte, deposición y erosión de materiales, dependiendo de las características de la playa y de las propias olas y corrientes. También juegan su papel otras fuerzas de la naturaleza, como los vientos o los ríos. Pero actualmente podemos hablar de una potente acción antrópica (es decir, ejercida por el ser humano), en la que se puede contar desde la construcción de las ya mencionadas urbanizaciones, pasando por la de puertos y espigones (que no necesariamente protegen la playa), hasta la acción de los inocentes niños que, en verano, construyen hotelitos y urbanizacioncitas de arena con sus humildes cubos y palas de plástico, eso sí, sin ningún ánimo de lucro.

Acerca de este último elemento erosivo publicó en el 2006 un estudio Francesc X. Roig-Munar, del Departamento de Ciencias de la Tierra de la Universidad de las Islas Baleares. Fueron escogidas doce playas menorquinas, y entre los meses de julio y agosto del 2003, en la salida de cada una de las playas se tomaba la arena adherida a los cuerpos de 50 usuarios al azar (piernas, calzado y pies, aunque todos sabemos que con frecuencia la sacamos pegada a otros sitios), imagino que con el permiso de ellos. En total 600 individuos entre todas las playas. Entre julio y agosto del 2005 se repitió el procedimiento, esta vez escogiendo sólo 25 usuarios, también al azar. No obstante, en esta ocasión el verdadero objetivo eran las toallas. Las muestras de arena se secaron y se pesaron. Así era posible saber cuanta arena sacaron las primeras 600 personas pegada a su cuerpo y las otras 300 en sus toallas. Con este elevado número de medidas es suficiente para calcular una media de la cantidad de arena que cada persona se lleva de la playa. Si suponemos que este promedio es válido para todas las personas que visitan la playa, y no sólo para las que participaron del estudio, (es decir, en general todos nos llevamos más o menos lo mismo), lo cual es una suposición bastante razonable, podríamos hacer una estimación aproximada de cuanta arena ha sido sacada por el total de los veraneantes si supiéramos el número de estos. Afortunadamente, el Consell Insular de Menorca posee datos sobre la frecuentación de las playas, así que con algunos cálculos es posible saber la magnitud de la erosión debida a este factor.

El resultado es que, en promedio, cada usuario se llevaba, en sus extremidades inferiores, zapatillas y toalla, 33′64 gramos al volver a casa (o al hotel, restaurante o donde quisiera que fuera). Esto puede parecer poca cosa… después de todo en las playas hay mucha arena. Pero cuando miramos cuanta arena se sustrae cada año de este modo de las doce playas, ¡nos encontramos con la cifra de 55′05 toneladas!. De nuevo hablando en cifras promedio, entre las doce playas juntas recibieron 9.753 visitas por temporada (150 días, tres meses), lo cual no parece mucho para tantas playas y tanto tiempo. ¿Cuánta arena se sustraerá anualmente de playas más masificadas?. ¿Cuánta arena desde que España empezó a explotar sus soleadas costas como reclamo turístico?.

Evidentemente, toda esta erosión degrada el litoral y repercute de forma negativa sobre diversos ecosistemas, como los sistemas dunares que dependen totalmente de la disponibilidad de arena. Además según se puede leer en el artículo Roig-Munar, el transporte de sedimento genera cierto gasto económico debido a la suciedad acumulada en las calles, que los ayuntamientos deben limpiar, y a la saturación de colectores e instalaciones. Supongo (y sospecho no ser el único) que, asumiendo todo esto, se puede considerar un acto de civismo quitarnos los incómodos granos de arena de encima antes de abandonar la playa y retornar a nuestro estresante hábitat natural.

Bibliografía

Roig-Munar, F.X. 2006. Quantificació de les pèrdues de sediment produïdes pels usuaris de les platges de Menorca (Illes Balears) com a factor erosiu. Boll. Soc. Hist. Nat. Balears, 49: 115-122. ISSN 0212-260X. Palma de Mallorca.

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