“Sexus” o el despertar sexual

Aquella noche, mi madre llegó a casa con una bolsa de basura llena de libros, literatura contemporánea. Una amiga suya había decidido deshacerse de ellos, porque estaban físicamente muy viejos; es cierto, tenían las páginas amarillas; algunos, incluso, verde moho; olor a ropavejería. Mi progenitora nunca sabrá lo que ese día puso en mis manos. Entre aquellos volúmenes se hallaba “Sexus”, de Henry Miller (¡gracias mamá!).

Entonces yo no era una mujer, pero tampoco era una niña ni un avión. A través de sus páginas tomé conciencia de mi cuerpo como un juguete infinito, un tren eléctrico gigante. “Sexus” hizo mucho más por mí que las clases de sexología que un fraile viejo me impartía en el colegio monjil; más, que los besos robados de la primera adolescencia, que los besos lúbricos de las películas de Hollywood. ¡Sean bienvenidos a los pliegues de la sexualidad humana!
Años después leí algo sobre el autor (poco a poco lo había ido conociendo) que me pareció muy lúcido, muy verdadero para venir de un prologuista: Miller “como un apóstol de la religión del amor, agita el látigo de la obscenidad para expulsar a los rufianes y mercenarios del templo”. Huelga decir que muchas veces la pluma de Miller fue acusada de obscena y coactada por la censura. En “La obscenidad y la ley de reflexión”, el escritor alegaba que “los únicos protegidos por la censura son los censores mismos”. Con un argumento similar se defendía el cineasta Nagisa Oshima de una acusación de obscenidad por el guión ilustrado de El imperio de los sentidos. Su admirable película era toda una puesta en escena de la hermosa frase de D. H. Lawrence: “Apriétate para que yo exista más”.

Teniendo que apresurar una conclusión para esta columna, que alargaría por los siglos de los siglos, diré que no se conoce mejor despertar sexual para el niño (y niños somos todos) que la literatura para adultos.

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