Ser tú mismo es lo único importante

1-febrero-2010 · Imprimir este artículo

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Es un 24 de Marzo, estamos en Roma, y el año es 1622…

El colegio cardenalicio va de culo. Por un lado, tiene medio mundo lleno de negros e indios a los que hay que explicar que, hace un porrón de años, un tipo sin oficio conocido salió por su propio pie de su tumba y, por otro, están todos esos alemanes y suecos y holandeses que no hacen más que imprimir libelos contra la autoridad del Papa Gregorio. Pero aquél sería un día grande. Las oficinas estaban listas, los tinteros llenos, los jóvenes legos de lo más predispuestos y los dominicos en plena forma. Aquel día, el Vaticano inauguraba un nuevo departamento: La congregatio propaganda fide (La congregación para la propagación de la fe).

Había nacido un robusto invento. Se trataba de transmitir las verdades del Concilio de Trento a través de los nuevos medios de comunicación. La imagen, la edición y la visita tribu a tribu. Un sistema popular y sencillo amparado en el tremendismo barroco.

La propaganda

La propaganda transmite siempre la verdad. Una verdad. No incide en las posibilidades de elección, destaca una sola. La propaganda no ayuda a escoger, obliga a creer. A diferencia del anuncio público o la noticia, la propaganda no espera respuesta. Sólo admite adhesión y reacción.

El estudio de éstas características y una mirada rápida al mundo que ha quedado después de que se rompiesen los pactos entre clases, que fundaron el siglo XX, nos lleva a una primera y dura impresión: se ha creado un régimen de comunicación general basado en la propaganda. Un sistema de códigos que no afecta ya a la consigna política o la elección consumista. Un código que se encarna en aquello que el calvo Foucault llamó biopoder y que ahora es medio de producción: nuestro cuerpo. Ya somos propaganda.

No se mueve, no se nota

Durante la era fordista, la del hombre masa, el código comunicativo propio era el de la publicidad. Stalin, Disney, Goebbels o Warhol sabían que el hombre masa debía escoger entre los múltiples productos completos, el socialismo real, el darwinismo o el vegetarianismo. Siempre podías escoger: O la raza aria o la invasión bolchevique. O el hombre nuevo o el corrupto burgués. Había una verdad y una mentira. Aunque se considere que aquellos genios comunicadores del siglo pasado eran unos propagandistas, lo cierto es que eran charlatanes ciegos que sólo distinguían el grueso trazo de la raza, la lealtad y la obediencia.

En aquellos años, el hombre masa, el proletario, era siempre intercambiable. Un trabajador sustituye a otro trabajador de la misma manera que un huelguista abatido era reemplazado por otro compañero. Hoy, el sistema de control se ha refinado. La mancha de las verdades y las libertades ha pringado hasta los terrenos de la mentira y la tiranía dejándolo todo de un mismo color gris marengo. Del régimen del proletariado hemos pasado a un régimen de esclavitud que, en contra de lo que se cree, es una forma mucho más sutil y avanzada de bio-dominio.

Hoy, a cada uno de nosotros se nos ha otorgado una personalidad propia. Somos únicos, insustituibles.
Y como en la Antigua Roma, el amo ha pagado por un esclavo en concreto, le ha mirado los dientes, la estatura y los huevos y se lleva a ése y no a otro del mercado.

Así, conscientes de que la división del trabajo crea valor y de que el individuo es hoy herramienta y trabajo en el mismo cuerpo, el esfuerzo está en crear hombres diferentes. Un mismo modelo de vida que genera, como los pinzones de las Galápagos, mil versiones diferentes. Cada versión necesita pues un mensaje diferente para entenderse a sí mismo, para saber vivir, para gustarse. Algunos construirán su identidad a partir de la pregunta: ¿Te gusta conducir? La personalización de todo tipo de banalidades imprescindibles en nuestra vida como la ropa customizada, el reloj exclusivo o la variedad específica de fibra para cagar, hacen que la propaganda se meta hasta nuestro mismísimo colon. No importa la elección de un producto por otro (la concentración empresarial y financiera ya se encarga de que todos los productos devengan en una misma cosa: el crédito primigenio).

Es propaganda porque todos los mensajes son uno: debes ser distinto. Tu oficio real es el cambio. El mayor bien social es la mutación porque recuerda: La diferencia crea valor. La renovación movimiento y el movimiento siempre genera plusvalía.

Porque tú eres un demócrata: Aceptas la diferencia y la promueves. Puedes cambiar tu voto y tus ideas cada cierto tiempo (recuerda: la diferencia crea valor). Un nuevo gobierno renueva las expectativas, integra a los cesantes y genera fe en la direccionalidad de la historia, el mito fundacional de la modernidad.

Definitivamente te gusta conducir: Nada se interpone pues en la realización plena de tu vida. Te damos la autopista, los semáforos, el coche y el airbag pero ponemos curvas para que creas que las decisiones las tomas tú. Todas las vidas conducen al mismo sitio. Es la sorpresa que nos espera tras la última curva.

Sé tú mismo: Frase llena de tildes para remarcar la importancia. El mensaje de la diferencia es el opio del pueblo. Cada esclavo tenía un valor personal y concreto. Cada músculo de más o poema que supiera aumentaba su valor. La diferencia entre ellos era la fuente de valor.

Ya no trabajamos con sus herramientas. Somos sus herramientas. Nuestro cuerpo es su escaparate. Nuestras pérdidas de flujo su corriente estética. Cada cosa que improvisaremos será aprovechada. Cada rebeldía empaquetada. Cada gemido convertido en politono.

No. Ya no hay nadie ahí arriba. Nosotros somos quienes hacemos el trabajo. Nosotros nos vendemos, movemos y creamos y en cada cambio generamos valor añadido.

Nuestra vida, reducida a la dictadura de la diferencia nos ha convertido en propaganda con patas.

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