Se recuerda el perfume que se odia

Podría decirse que había acumulado pequeños éxitos: publicaciones, premios, algún que otro estreno… el último ayer. Hoy estaba arrodillada frente a un retrete. Muchas veces antes había tomado esa postura para vomitar en el baño de algún bar: había chicos a los que no les importaba besarle luego, pese al aliento a vómito. Aquella postura, similar a la de la oración, solía preceder aquellos sueños que se confunden bruscamente con la resaca y de los que se despierta con una cicatriz en la ceja. Estaba limpiando el retrete, intoxicada por el olor a ambientador e hipnotizada por el fuliginoso azul del producto de limpieza, pensando en lo que hasta entonces le había deparado la vida, negando que la historia fuera un vector, cagándose en el marxismo dialéctico. Todo aquello era un engorro. Cada sábado y cada domingo comenzaba su día en el restaurante limpiando los retretes. Nadie le obligaba, era amiga de la encargada y de todos los inmigrantes que se dejaban el culo por seis euros la hora, ellos se ofrecían a turnarla, pero prefería vaciar las papelera de los restos de la noche anterior, de las compresas y expósitos donde todavía correteaban las ladillas, rebañar las excrecencias de váter, que atender a la primera clientela, compuesta de self-made-man burgueses, que tomaban el café y leían el periódico en la terraza aunque estuviera granizando; los detestaba, los detestaba más cuanto mayor era su educación, su sonrisa y su propina. Era fácil sonreír desde el otro lado de la barra: se recuerda el perfume del que se odia. Apenas tenía faltas de ortografía cuando se trataba de textos académicos (su especialidad eran las esdrújulas) y, sin embargo, siempre se equivocaba copiando el menú del día. Se incorporó del retrete y se sacó de la nariz el terrible olor de naftalina, se sacudió la ropa con orgullo de clase. En ese momento le invadía el sentimiento de que ese trabajo, sucio hasta la ignominia, era el principio de la perfección moral. Sólo las tareas manuales matan el ego: lo sabía por los monjes y los jardines zen, por su padre (que había trabajado desde los catorce para cobrar la pensión mínima) y por Bukowski. Pero lo cierto es que tenía el ego lleno de tiritas, como la barba de un vejestorio.

Ilustración: Aarón Lobato

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