Pesados como moscas

9-Abril-2008 · Imprimir este artículo

Por Juan Maya

Su vida hace años que había concluido. Por eso o mejor fue su ausencia.

Mi mano, dije en el encuentro fortuito. El respeto común a una vieja amistad les permite el saludo.

La mía dijo Andreas. Este apretón de sus manos ahora cobija desalientos, un mundo, el mejor de todos, y una realidad distinta para ellos, deslizándolos en el espejo hacia un abismal fondo. Un sueño del que no pueden salir, que está escrito en algún lugar o libro maldito. El silencio es el maleficio.

Llámame, dije. Aflojé la presión de sus manos, él también.

Seguro, afirmó. Mañana salgo para El Cairo, de allí a China.

La huida de Andreas fue el respiro que finalizó una pesadilla de triviales encuentros de estos últimos días.

Hoy después de quince años, estaban a unos pasos.

Descilos.

Andreas.

Observé su aspecto, cambiajo, de viejo conocido.

Andreas, ¿tú?, dijo molesto. Poco o nada que contar. La cortesía de viejos conocidos, un abrazo de despedida.

Hasta siempre, Andreas.

Hasta siempre, Descilos. Un hasta siempre de paseo marítimo, un tururú sin nubes, de pájaros y gaviotas, de cielo despejado azul. La brisa dejó en sus rostros una sensación de bienestar, sus miradas tristes. Desconfiado del destino.

Un puerto dentro del siguiente, una vaina dentro de la misma vaina ha acelerado una serie de encuentros. Que suman miles de puertos, miles de vainas. De años que empobrece y achican sus vidas, hasta ignorar si son ellos o es un puerto, o ese cielo de tururú burlándose y eclipsándolos sin cambiar de puerto, ni de encuentro. sin brisa, experimentando una danza de malditos, disfrazados de miradas y saludos… De silencios.

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