Pequeña teoría de la gran política

Como, cuando el verano llega del Sur, las capas de nieve se disuelven y la faz de la tierra se pone verde, así el espíritu progresivo creará sus ornamentos en su camino y llevará consigo la belleza que visita y encanto que la encanta; chupará los rostros hermosos, y los ardientes corazones, y los doctos discursos, y los actos heroicos, hasta que ya no se perciba el mal. (…) Todo espíritu se construye una morada; y además de su morada, un mundo; y además de su mundo, un cielo. Sabed, pues, que el mundo existe para vosotros. Ralph Waldo Emerson

A poco más de cien años de la muerte de Federico Nietzsche, la obra del filósofo alemán sigue despertando el interés intelectual tanto entre aquellos que se dedican a la actividad filosófica como entre los más comprometidos en la acción política. Nietzsche no fue ni un visionario ni un profeta, a pesar de que él a veces se quiso así, pero desde luego muchos de los problemas por él planteados, tanto culturales como sociopolíticos, siguen abiertos a discusión. Considerado falazmente por algunos como el teórico proto-nazi del III Reich, Nietzsche fue en realidad un pensador de la Europa unida en sus múltiples movimientos democráticos. Cuando menos lo esperamos, y quizá más lo necesitamos, Nietzsche se nos aparece como un pensador del progreso sin mitologías desarrollistas. No como un pensador de la divinización del éxito, a la manera hegeliana, sino como un filósofo de la inmanencia creadora del éxodo.

Tal vez ni a Nietzsche mismo le interesase mucho esta cuestión, pero qué duda cabe de que no ha ocurrido lo mismo con lo que podríamos denominar nietzscheanismo.

En 1989, un joven profesor de bachillerato francés, Michel Onfray, publica el libro Georges Palante, un nietzschéen de gauche (Grasset). Se trata de una obra dedicada a un oscuro profesor de filosofía de provincias de principios de siglo XX, llamado Georges Palante. Se le consideró un nietzscheano de primera hora escorado a la izquierda política. Tanto es así que en seguida fue traducido y presentado en Italia como un socialista anarquizante, de la clase de anarquismo que ha sido vinculada a menudo a Nietzsche. Camus lo cita en El hombre rebelde al hablar de su “individualismo altruista”. Hasta el libro de Onfray, poco más se sabía de él.

La genealogía de este posible nietzscheanismo debe rastrearse sobre todo en Francia y en Alemania, dejando aparte ahora al socialismo fabiano inglés de Bernard Shaw y H. G. Wells. Es lo que nos cuenta Onfray a través de la figura mítica de Palante.

Ya en 1898, dos años antes del adiós definitivo de Nietzsche, en las páginas de la revista “Socialismo y libertad”, Jaurès, uno de los fundadores del partido socialista francés, afirma: “El socialismo es la afirmación suprema del derecho individual. Nada está por encima del individuo (…) El socialismo quiere romper todos los lazos. Quiere desagregar todos los sistemas sociales que obstaculizan el desarrollo individual (…) En el socialismo, el individuo se proclama el centro y la finalidad”. Es una interpretación ya nietzscheana, aunque discutiblemente emancipadora, al menos para los teóricos actuales del “lazo social”(pienso en Fernández Buey y Jorge Riechmann, por ejemplo, o en conservadores de otra estirpe). En cualquier caso, esta misma dialéctica recorre también la Alemania de Gystrow o Ziegler, autor de un libro titulado La cuestión social es una cuestión moral. A este socialismo individualista se van añadiendo en adelante el ruso Eugenio de Roberty (que prefire el término “socialidad” al de individualismo), el traductor danés de Nietzsche Georg Brandes, el francés Charles Andler (profesor universitario que se autoproclama “socialista nietzscheano”) y otros. También hubo dosis de nietzscheanismo en el socialismo inicial de Unamuno y en el posterior liberalismo de Ortega y Zambrano.

Palante forma parte de esta hornada de nietzscheanos de primera generación. Su obra más importante data de 1903 y supone un ataque al positivismo durkheimiano entonces reinante en la Academia, tan socialdemócrata, por otra parte. Se titula Précis de sociologie (PS). Palante es un profesor de filosofía de bachillerato que porfía por entrar en la universidad parisina. Cuando la lectura de su trabajo doctoral (Les antinomies entre l´individu et la société) es rechazada afirma: “La Sorbona me ha expedido un certificado de independencia intelectual”. Onfray lo define como un “ateo social y un pesimista visceral” que desconfía de las masas, los grupos, la mayoría, las colectividades. Es un espíritu libre sensu nietzcheano, en cuya lápida escondida en un pequeño cementerio bretón está escrito: “El individuo es la fuente viviente de la energía y la medida del ideal”.

Ahora bien, ¿es cierta la antinomia entre el individuo y la sociedad? ¿O más bien lo que conduce a la antinomia es la divinización de ambos términos, la sociedad-dios y el individuo-sustancia? ¿No consiste la transvaloración nietzscheana precisamente en pensar la construcción social como la más alta forma de la libertad individual y viceversa? ¿Será ésta la idea motora de una posible política nietzscheana, de izquierdas o no, más allá de Nietzsche, siempre democrática? Pero entonces, ¿qué valores se desprenden de semejante punto de vista, de este afán de la Gran Política?

Según Palante, el individualismo “es lo mismo que lo que llaman la filosofía social libertaria” (PS). O sea, contra la moral de grupo, inmoralismo. Dice Palante: “Nietzsche tiene razón en ver en el querer vivir individual el principio de toda acción, de toda construcción que tenga incluso un carácter impersonal y colectivo” (PS). Ahora bien, Nietzsche se equivoca a juicio de Palante cuando equipara la democracia al espíritu de rebaño: “El Espíritu democrático no tiene precisamente, a nuestro modo de ver, otra razón que ser una afirmación del Individualismo frente a las tiranías gregarias”. Contra el espíritu gregario, pues, democracia.

Al igual que para Camus, los enemigos de Palante fueron “las iglesias, las sectas, los partidos, las corporaciones”. Palante se resistió al más tenaz y más seductor de los mitos optimistas, el del Progreso, verdadera piedra de toque en la crítica del socialismo. Por ello apostó por una filosofía activa, una “disciplina de la autonomía” capaz de enseñorearse de una nueva sentimentalidad: la sensibilidad individualista, el “impresionismo sentimental”. Y curiosamente Palante enlaza esta apuesta psicológica con la entonces y hoy también candente cuestión socio-económica: “La Economía social toca de cerca a la Psicología; se puede incluso decir que es una Psicología en acción. Pues no es otra cosa que una gestión de las necesidades y de los intereses vitales que, en la naturaleza humana, forman la infraestructura de todo el desarrollo psicológico superior” (PS). Palante, en sus términos, afirma el principio nietzscheano de utilidad vital: “El socialismo es una doctrina del despliegue de la vida”. Contra el desprecio secular de los cuerpos humanos, Palante reivindica, según Onfray, una “filosofía de la inmanencia y del realismo trágico”.

El nietzscheanismo se desarrollaría en Francia a través primero del Colegio de Sociología (Caillois, Bataille, Leiris) y luego con los llamados intelectuales específicos (Foucault, Deleuze, Guattari). También se puede percibir en autores como Albert Camus, René Char, Clément Rosset, Henri Lefebvre o Paul Veyne. Onfray formaría parte de la última generación de la saga. En Alemania, los iniciáticos fulgores del socialismo nietzscheano quedaron rápidamente ahogados en el miasma fanático del nazismo ascendente, el cual se quería deudor para más inri de las doctrinas del padre de la criatura. Sólo Sloterdijk, un poco como Derrida, ha querido recientemente aproximarse al nietzscheanismo anudándolo al “heideggerianismo” en aras de una interpretación post-postmoderna, moderada y racional, de ambas corrientes.

La obra de Georges Palante contiene una crítica del valor de la igualdad en cuanto universal-promesa, como diría hoy Paolo Virno. Es por ello antagonista con los dogmas marxistas, en los que no descubre sino un “capitalismo de Estado” bastante antes de que Castoriadis formulase esta misma queja. Palante crea una figura semejante al superhombre, el Arista, “artista de la excelencia” que se asociaría en micro-sociedades electivas y que se opondría tanto al hombre-de-buena-voluntad de Kant como al principio rousseauniano de la voluntad general. Onfray lo compara con el anarca jungeriano, pero creo que así se corre el riesgo de volver a encapsular el anhelo del espíritu libre en un nuevo Dios-Yo, como ya le ocurría a Max Stirner.

En esta tensión se movió Palante durante toda su vida. Onfray nos cuenta que se presentó a unas elecciones municipales, sin éxito, aunque dejando bien claro cuál era su enemigo: “¡Abajo la política secreta!”, gritó durante una asamblea. Promovió un “socialismo municipal” de estirpe proudhoniana, y pese a sus soflamas patriotas en el contexto de la Gran Guerra –nadie es perfecto– fue tachado por sus adversarios de “internacionalista”. Combatió la inmunidad parlamentaria como “la forma legal del gregarismo corporativo parlamentarista”. Vivió intensamente en carne propia el conflicto entre el deseo y la realidad, para decirlo como Cernuda: era deforme y libertino. Propuso una especie de “pesimismo experimental” como factor de sociabilidad que Onfray resume en una sabiduría trágica. López Petit ha hablado entre nosotros del “querer vivir” mientras Saborit lo ha hecho sobre una “política de la alegría”.

Para cualquier ciudadano el legado del gran paseante de Sils-Maria es, pues, incierto y ambivalente. Sin embargo, sigue brillando como un sol de verano, luminoso y ardiente, que calienta y sana. “Ardor, nunca odio”, decía Jünger. El arco iris ha sido durante mucho tiempo el símbolo de la homosexualidad, y últimamente se le vio en banderas en las que estaba escrita la palabra “Paz”. En realidad, siempre fue objeto más bien de la investigación científica y Nietzsche lo coloca como símbolo de la Gran Política, aquella que puede decir no porque lleva en su aliento el gran sí:

“Allí donde el Estado acaba comienza el hombre que no es superfluo; allí comienza la canción del necesario [yo diría, del “real”], la melodía única e insustituible. Allí donde el Estado acaba, ¡mirad allí, hermanos míos! ¿No veis el arco iris y los puentes del superhombre?” (Así habló Zaratustra).

Comentarios

1 comentario en el artículo “Pequeña teoría de la gran política”

  1. davidballota.net » Blog Archive » Sol en 7-Junio-2008 4:59 pm

    [...] luminoso y ardiente [...]

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