Monarquía y nacionalidades

28-octubre-2007 · Imprimir este artículo

Por generacion.net

Por Jesús Neira

La legislatura agoniza como ha vivido, bajo presión constante de los partidos nacionalistas sobre el Gobierno que se apoya en ellos. La debilidad del Ejecutivo es extraordinaria ante nacionalistas que no engañan sobre sus intenciones. Ejercen el método del “consenso” de Gramsci consistente en “sustituir una palabra por otra que dé menos miedo”. Juego de apariencias para una sociedad infantil. Se sustituye “autodeterminación” por “derecho a decidir”. La finalidad permanece y las tácticas se adaptan ante un gobierno en el alambre.

Restan cinco meses hasta los idus de marzo, si se mantiene el empate entre PSOE y PP quien gane se verá sometido al “aro” de los partidos nacionalistas para repetir una historia de presiones y chantajes con precio al alza. La legislatura moribunda ilustra la trayectoria de un Gobierno que ha exhibido y mantiene las grandes estrellas de su acción política. La primera, a lomos del falso “derecho a decidir” en el Estatuto de Autonomía de Cataluña. La segunda ha sido el mal llamado “proceso de paz”, sobre otras cuestiones de menor calado.

Con “derecho a decidir” en el Estatuto de Cataluña quedó patente la voluntad de quebrar la Constitución. Los nacionalistas son tan conscientes de su inconstitucionalidad que han pedido al PP que retire su recurso ante el TC. La directriz es inequívoca: “Cataluña es una nación”, cosa que no se atrevieron a introducir en el texto de la propia Constitución en la que participaron los nacionalistas sin convocar al poder constituyente. Han usado la peor técnica de reforma de una constitución, la mutación constitucional en materia tan grave como la forma de Estado. Desde una ley orgánica cambiar una norma de rango superior. La finalidad la han señalado Maragall al decir que “Cataluña será una nación reconocida en la Constitución de su Estado”, y Pujol al afirmar que “la Constitución ha de adaptarse a Cataluña y respetarla”. Queda patente la formidable barbaridad. Parece ser que Cataluña es la nación y el Estado, los demás tienen que plegarse a su antojo.

Los nacionalistas no solo han ejercido el “chantaje” con los recursos financieros del Estado y las Comunidades Autónomas, también apuntan al Poder Judicial, al blindaje de competencias y otras importantes cuestiones. No les importa que el Estatuto surge de la Constitución, que el “derecho a decidir” es propio del poder soberano y que éste es el pueblo español en su conjunto, no una parte insignificante (10%), como es el cómputo nacionalista global. La parte –y minúscula- no decide por la Nación. Guste o no.
El Gobierno es dócil instrumento de intereses y objetivos nacionalistas, con saldo en fracaso absoluto: el Estatuto de Cataluña en el Tribunal Constitucional, al que ha puesto en trance. El llamado “proceso de paz” con la T-4, los atentados, extorsiones, amenazas etc. Basta una imagen de la legislatura de ZP –léase el Zote del Proceso- con de Juana Chaos paseando con escolta de dos policías. Resultado, un presidente del gobierno en lo peor que se puede decir de un gobernante, en la alta traición a su pueblo. Negociando en secreto y sin enseñar lo que negoció con ETA a la espera de retomar el proceso si pasa los Idus de marzo.

En quiebra flagrante de la legalidad se queman fotografías del Rey. Acto simbólico, sí, pero violencia simbólica de quienes rechazan a España. El Rey ha tenido un aviso de su desnudez política. Zapatero no fue al Congreso a presentar la respuesta del Gobierno por esos actos vandálicos, como hubiese ocurrido en una monarquía parlamentaria como la inglesa. Recuérdese que Major tuvo que defender a la Corona en los Comunes, igual que tuvo que hacer Blair. Aquí, copiadores malos de una pésima forma de gobierno, el presidente del Gobierno sólo terció con unas palabras desde su estancia en la ONU (fuera del territorio nacional) y algunas palabras en el Senado. Ha recibido el Rey una lección de lo que puede esperar.

Nacionalidades y monarquía son dos pactos de la Transición. Cuando la forma de Estado se intenta cambiar sin el concurso del poder constituyente se le da una advertencia al Rey. Es una secuencia cómica porque quienes pretenden atacar al Rey quieren mantener la misma forma de gobierno que les ha permitido atentar contra la forma de Estado. Ya lo advirtieron los nacionalistas vascos en el Senado a comienzos de los años noventa cuando defendían una confederación de Estados, unidos por el hilo inane y suprimible de la Corona.
Es evidente que el régimen de la transición, del consenso, nos ha deparado este rumbo de las nacionalidades. Es hora de decir que la solución proviene del cambio de la forma de gobierno para pasar o bien a una monarquía donde se elija directamente al jefe de gobierno que represente al pueblo español por mayoría directa de sufragios e impida toda pretensión nacionalista de ejercer el chantaje o bien a una república presidencialista. El Rey en su papel constitucional “moderador” no ha moderado ni la corrupción, ni el crimen, ni el asalto al Estado por parte de los nacionalistas. Por tanto lo que hay que superar es un gobierno débil en su diseño constitucional que impida estos espectáculos. No se trata de quemar, sino de razonar y dar la solución superadora, con monarquía o sin ella, a un gobierno sólido, firme, fuerte y garantista de la independencia frente a los tortuosos y torticeros nacionalismos.

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