Miguel Herberg: “Los rusos me entregaron las listas de todos los agentes de la CIA”

Aventurero y anarquista, el cineasta Miguel Herberg es posiblemente el único español que sigue viviendo como en el exilio. Corría el año 56, cuando con sólo trece años decidió cruzar Europa para llegar al Cabo Norte, a sólo quinientos kilómetros del círculo polar ártico. Con quince años tenía ya el carnet de la clandestina CNT, cuyas ideas no ha abandonado. Con 17, llegaría a Hollywood, donde aprendió a hacer películas que pondrá al servicio de sus ideas libertarias… Y desde allí a las barricadas en París, de donde lo echó De Gaulle para irse a Italia. Allí le esperaban nuevas aventuras de cine y espionaje. Pero la gran proeza por la que es conocida Miguel llegaría el año 73 en Chile, donde consiguió con una sola cámara salvar cientos de vidas de los campos de concentración de Pinochet, infiltrado entre los golpistas… lo que le ha valido el sobrenombre del Schindler español.

Miguel acaba de sacar el libro La Guerra de España y la Resistencia española sobre la figura de Julio Álvarez del Vayo, dirigente del FRAP, en la editorial Amargord. Miguel pasa unos días en Madrid, camino de Roma y camino de China, donde dirige una factoría de dibujantes para películas de animación. Conversamos sobre su vida y proyectos.

Miguel… ¿Qué tenías en la cabeza a los trece años para decidir escaparte al Polo Norte?

Alguien en el cole había dicho que eso era imposible. Yo me preguntaba por qué sería imposible si bastaba irse… No entendía mi entorno, todo les parecía imposible salvo lo que les mandaban en casa o en misa. Me fui un verano del 56 y tras atravesar Francia, Alemania, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Noruega, llegué al Cabo Norte en unos 40 días, en autostop, caminando con la mochila a cuestas. En Laponia no había noche y los mosquitos no dormían. Me acuerdo que mis manos descubiertas se cubrían de mosquitos y parecían guantes negros. Desesperado, los mataba cortándolos con un “puko”, el clásico cuchillo lapón, mezclando sangre con mosquitos muertos. Fue una experiencia única: solo en la tundra, caminando, esperando algún camión que me llevara. Alguien me dio un bote de quinina para la malaria que acabe masticando entero. El sol nunca se ponía y las manadas de renos y alces me acompañaban. Me acuerdo que grababa mi nombre en algunos árboles a lo largo de la carretera.

A esa primera aventura siguió la segunda. ¿Cómo era el Hollywood al que llegaste siendo un chaval?

Lo primero que me impresionó fue el olor, tengo una memoria olfativa muy desarrollada. Yo vivía en Beverly Hills, a tres casas de Natalie Wood, con la que hice buenas migas. Conocí además a Paul Newman, su mujer Joanne Woodwoard, Anthony Quinn, Jane Fonda, Tony Curtis, Marlon Brando, todos los de la época… Corría el año 1963. Luego vino a Hollywood Virna Lisi para rodar una peli con Jack Lemmon y yo era ayudante del ayudante del ayudante de dirección, pero la Virna me quería mucho. Como toda diva, se trajo su Maserati de Italia y, puesto que no le hacía falta en Hollywood, yo paseaba a mis novias. Ligaba mucho; como siempre me veían en los locales con algún famoso que me había adoptado, las niñas que querían ser descubiertas, se me acercaban como moscas.

¿Había en Hollywood “rojos” o Panteras Negras?

Mis amigos arriba mencionados eran todos “rojos americanos”, sin exclusión. Eran contrarios a la guerra de Corea y, posteriormente, a la invasión del Vietnam. Apoyaban económicamente los movimientos más radicales de la época. Recurrí a todos para la causa de los Black Panthers y nadie se negó, nadie. Jane Fonda fue la que más se mojó; años más tarde habría de cambiar radicalmente, pero yo hablo de los años 63-64. Fui introducido en la lucha de los negros de una forma muy curiosa. Mi amigo Tom, un anciano fotógrafo de color, me invitó a escuchar unos gospels en una especie de barraca. Después de la función, me llevó a una habitación donde había unos seis negros: “Miguel -me dijo Tom- estos son mis compañeros y yo a ti te tengo calado, tú eres de los nuestros”. Qué honor, yo estaba consternado, me abrazaron como a un hermano, hombres maduros, a mí, todavía un crío. Y supe cómo ayudar: robaba película en los estudios y con una cámara Bolex 16 rodábamos sus problemas en los slums de Los Ángeles… Estas peliculillas de cinco o diez minutos, fueron verdaderas armas explosivas.

Tu etapa posterior en París te abre al mundo de las artes, con Arroyo, Arrabal, Paco Ibañez…

¡Hambre y ganas de trabajar! Pero sobre todo cultura, libros que nunca habíamos soñado! De Nietzsche a Hamsun, de Bakunin, Kropotkin, Nestor Mackno a Kierkegaard, y el santo día metido en la filmoteca. Estudiaba entonces en la facultad de filosofía y en el IDHEC, donde no tenía nada que aprender sobre cine tras mis experiencias americanas. En París rodé mi primera peli, In vino Veritas, interpretación surrealista del manifiesto comunista de Marx. Fue con Julián Pacheco, el gran pintor de la protesta o de la realidad, que habría de ser mi hermano para toda la vida y que había llenado los muros del Pere Lachaise con sus grafitis para los escenarios de la película. Fue además él quien hubo de interpretar el papel del protagonista, ¡un mendigo que desafiaba la divinidad! Nos lo pasamos muy bien aunque fuera invierno y el frío calara. Otros amigos comunes, desde Paco Ibáñez y su hermano Rogelio hasta Fernando Arrabal y tantos otros exiliados, nos animaban. Asimismo, los vinos de la Coupole o del Select y las ansias revolucionarias para cambiar España.

El 68. Por supuesto, te lanzas a las barricadas y los parapetos.

Claro. Por primera vez en la historia moderna hubo unión entre el mundo estudiantil, el intelectual y la clase obrera, aunque esta se apuntara más tarde a la lucha. No fueron las barricadas del barrio latino contra los CRS-SS del establishment lo más importante. El país se quedó sin gasolina, sin comida, sin azúcar, sin transportes… es esto lo que no hay que olvidar. Yo llevaba la ocupación del teatro Odeón, donde nos habíamos establecido los cineastas para documentar lo acaecido con nuestras cámaras. Otros pintaban, hacían carteles, cantaban la revolución en la que creíamos; en fin, hubo un ambiente muy promiscuo y creador. Y De Gaulle nos la metió otra vez por el culo.

De Gaulle os quería entregar al mismísimo Franco, pero tú ya eras prófugo y condenado a 40 años, así que paraste en Roma…

Me fui a Roma con el dinero de la cámara de cine que vendí a un director francés. Allí, empecé a trabajar en la revista Flash Art, a crearla con Giancarlo Politi, amigo de Pacheco. Enseguida enlacé con el arte italiano y una cosa trae la otra, hasta una mujer, la actriz Antonia Forlani. Luego fueron partes como actor, ayudante de dirección, hasta que me encargaban las películas a mí. Era la época de los espaguetti western, pero también la de Fellini, Antonioni, Rossellini y tantos otros. Fue sobre todo Roberto Rossellini quien nos ayudó mucho para que los jóvenes nos desarrolláramos. Salió un gran trabajo cinematográfico y político-social de esta cantera. Renzo, hijo mayor de Roberto, otros y yo desarrollamos lo que se llamaba el cine político y nuestras películas influyeron mucho en esa generación.

Un buen día “te retan” para ver si eres capaz de filmar a los deportistas de la RDA…

Fue una mala broma. El director Milo Panaro estaba rodando un programa para la RAI sobre el deporte de elite y durante una cena en casa de la Bruna Malagutti, que era la script de Fellini, Milo dijo que le quedaban las ganas de rodar en la RDA porque de ahí salían los grandes deportistas que dominaban entonces, pero que no se le autorizaba a ningún director… Con mi acostumbrada chulería, me aposté mil dólares a que lo conseguiría. ¡Lo hice y él todavía me debe los mil dólares! Lo que yo pasé por la RAI fue considerado luego por la RDA como un acto heroico pues, por primera vez en la historia, se daba trato a la Alemania del Este como República Democrática Alemana.

Por eso te ofrecen ser colaborador…

Vamos a aclarar las cosas: yo era y sigo siendo anarquista, pero en esos años el partido comunista italiano nos apoyaba a todos los movimientos de izquierda. Así que, una vez en la RDA, el gobierno alemán me propuso trabajar para ellos. Claro que había enormes diferencias entre nosotros, pero me tentaba demasiado disponer de una estructura de la que servirme para fines comunes como la lucha contra el fascismo internacional. Digamos que ellos me necesitaban y yo a ellos. Empezaron a ponerme a prueba, eran muy infantiles, los rusos me entregaron las listas de absolutamente todos los agentes de la CIA esparcidos por el mundo, nombres, teléfonos, cargos, etc. ¿Y qué hice yo? Publicarla como el “Who is who in CIA”. Claro: éxito total. Los americanos tuvieron que cambiar toda su estructura de espías, la CIA quedó al desnudo y en ridículo.

¿Qué trabajos realizaste para la RDA?

Tenía carta blanca: hacía y deshacía a mi antojo, o sea, rodaba dónde y cómo podía con toda la libertad económica. Montaba películas que luego proyectaba en el mundo capitalista. Me desplazaba de Vietnam a África, de Europa a América atacando con mis armas, la cámara y el micrófono.

Hasta que llega lo de Chile: tu infiltración en filas golpistas con la excusa de informar sobre las ventajas del golpe de Estado…

Antes de salir para esas tierras hice un pacto con el gobierno de la RDA: yo explotaría el material en los países capitalistas y ellos en los socialistas. Y me fui a Chile. Sabía que la Alemania Occidental, la democracia cristiana en concreto y los EEUU estaban llenando las arcas del señor Frei. Sabía muchas cosas que me filtraron los rusos y habría de descubrir muchas más. Rossellini me puso en contacto con la que fuera en su día alta exponente de las mujeres del fascio italiano, exiliada en Chile. Ésta me recibió con todo su cariño pues, aunque de extrema derecha, para ella Rossellini era Rossellini. Y esto fue una cadena de nunca acabarse… Fui introducido en la alta sociedad chilena, banqueros, militares de alto rango, en fin, la fauna golpista. Ellos confiaban ante mis cámaras sus intenciones y acciones golpistas.

¿Cuánta gente se salvó con tu película?

Esto es una terrible ironía, porque lo que yo hice en Chile costó alguna vida, pero salvó otras muchas. Pero unos eran verdugos y otros víctimas.. Quería que mi último viaje a Chile fuera el toque final. Nadie me había descubierto, pues no había filtrado hasta entonces un solo metro de película (de las hechas desde el 72 hasta el 74). Pinochet me recibe con mi cámara y, entre palabras y palabras, contesta a mi pregunta sobre los campos de concentración: que estos no existen, que es un invento de los marxistas… Estaba claro que me las tenía que arreglar yo, y lo conseguí. Entré en el campo de Chacabuco con el helicóptero del general Lagos de Antofagasta, con todos los honores. Allí me limité a rodar cuantas caras se me cruzaban y a preguntar a todos por sus nombres; lo mismo en el campo de Pisagua, estas grabaciones, salvaron de muerte segura por lo menos a todos los que yo pude identificar.

Comentarios

1 comentario en el artículo “Miguel Herberg: “Los rusos me entregaron las listas de todos los agentes de la CIA””

  1. Bernardo Caballero en 26-octubre 5:53 pm

    Hola, Miguél, no me fastidies eh?

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