Miguel Ángel en Londres. Tras las huellas de un amor neoplatónico.

El sueño (Detalle)

¿Qué significa el amor platónico en nuestros días cuando millares y millones de personas practican sexo antes de preguntarse el nombre? ¿Tiene el concepto aún vigencia en una sociedad a la gresca entre puritanismos y promiscuidades? Lejos de estas vulgaridades y discusiones contemporáneas Miguel Ángel sólo atendía a su arte… y a su amor por Tommaso Cavalieri. Un amor sin consumación física, o al menos eso afirman la mayoría de los biógrafos e historiadores entendidos en la materia. Cuando el genial hombre del Renacimiento era ya un maduro famoso por su trabajo se encontró con un adolescente que encendió su corazón. Y toda aquella fealdad y amargura del genio se volvió solicitud y entrega para el bello y aristócrata muchacho que lo enamoró tanto por su belleza física como por su formación.
Miguel Ángel, quien se consideraba sobre todo escultor, no tuvo ningún reparo en dibujar para su pupilo una serie de maravillas consideradas como los primeros dibujos con valor artístico como fin en sí mismos y no como medios o estudios, bocetos para obras al óleo o temple; para frescos o esculturas. Se comenta que con ellos buscaba formar a Tommaso en el dibujo y también en la ética o incluso en la teología.
The Courtauld Gallery, en la Somerset House (bellísimo y enorme edificio que merece la pena ver de noche, con el patio encendido y el agua de su fuente central lanzando chorros de agua bajo el chispeo londinense, lo cual quiere decir casi incesante) ha reunido una serie de dibujos al carboncillo y la sanguina, que fueron ideados y ejecutados, según parece, por Miguel Ángel para su amor.
No se trata de una exposición de grandes tamaños, en ningún sentido: ni las dimensiones de las obras ni la única sala que las contiene la convierte en el destino de las masas para fortuna del visitante. Eso permite que uno se acerque a los pequeños y sabios detalles que dejó la mano perfeccionista de este autor de la terribilitá que engancha con cada trazo. Es incluso posible conseguir percibir esa característica de su obra, tan relacionada con la escultura, en estos dibujos, por ejemplo en una de las imágenes de Cristo Resucitado. Tanto es así que llegué incluso a sentir la capacidad, ¡oh divino atrevimiento!, para definirla (aunque sólo sea para mí mismo). Esa tan traída y llevada terribilitá no es sino un exceso de volumen que otorga virtualmente una fuerza desmedida, descomunal, una presencia que atemoriza por su potencial pero que sin embargo está contenida por el equilibrio final. Y por supuesto esta calidad tridimensional exagerada impacta como un gran iceberg o un bloque de pirámide. Pero también puede hacerlo aunque el tamaño de la obra sea pequeño, pues la desproporción o el exceso sigue siendo el mismo. Prodigios de la ciencia, del dominio de la perspectiva y los juegos de luces y sombras que simulan las formas ante los ingenuos ojos, ávidos de fe.

Ni qué decir tiene que la exposición se trata de un sueño, de un rescate del pasado, de una prueba de que el amor traspasa fronteras y tiempo. Porque el amor permanece, como ya afirmaba la Sagrada Escritura, y las fronteras van y vienen, y del tiempo no hay quien dé prueba segura sobre su existencia. ¿Quién es el artista sin el amado que lo inspira, musa o numen que llena su conocimiento técnico de un sentido, de un alma? ¿Qué es una obra perfecta en la que no hay sentimiento? Un mero metro bien aplicado y una paleta de color manejada con destreza. Por eso es posible quedarse frío ante tantas obras que sí, son correctas, pero no, no son capaces de transmitir la belleza del alma. Y la belleza superior es el amor (“Y Misericordia es el más bello de vuestros nombres”, según la Sagrada Escritura). En este sentido Miguel Ángel, según leo aquí y allá, entendía que el humano debía ser espejo del de Dios, y por este motivo, puro, casto, generoso en sí, desprendido, incapaz de esperar nada a cambio. ¿Quiere esto decir que era frío y estaba inmunizado a las corrientes del deseo carnal? Parece ser, a tenor de los sonetos, las cartas, y los propios dibujos, que no. Amaba la perfección de aquel cuerpo cálido de Tommaso.
“Read the heart and not the letter, since affection exceeds the compass of the pen”, traducen en la exposición una de la frases de una epístola de Miguel Ángel a Tommaso. La mejor de las sorpresas, de hecho, el dulce final de esta ocasión única de ver los presentes dibujos, es poder hacerlo conjuntamente con cartas originales y poemas escritos por el pintor y arquitecto de aquella Italia cruel y exquisita. Su labor como poeta fue y es mucho menos conocida que otras. Sin embargo algunos de sus versos son sobrecogedores:

La violenta pasión hacia la enorme belleza
no es por fuerza amargo error mortal,
si entonces capaz es de derretir los pechos,
y así la sagrada flecha la traspasa fácilmente.

[...] el amor despierta, levanta y plumas da a las alas
como primer paso, de forma que el alma se remonta
y eleva hasta su creador, ya que el resto es vacío [...]

Versos que dedicaría también al destinatario de estos dibujos. Muy a propósito uno de ellos representa el rapto de Ganímedes por un águila que lo sujeta por las piernas, con la gran fuerza de sus garras, desde atrás, desplegando sus alas poderosas, llenas de plumas por amor o pasión hacia la enorme belleza. Un Zeus que se deja despertar, y levantar la violenta pasión por la enorme belleza. ¿Soy sólo yo quien ve el símil con el propio pintor y su amado? Digamos que el proverbial mal genio de Miguel Ángel sería la correspondencia con el destructor rayo del dios griego.

Con todo, el más comentado de todos los dibujos presentes es “El sueño”, una composición protagonizada por un hombre que descansa sobre una mesa llena de máscaras varias, y que se apoya sobre un globo, también éste sobre la mesa. Tras ese personaje central se encuentran una serie de alegorías difuminadas de los siete vicios, con especial acento en el de la lujuria. Sobre todo ello un ángel desnudo toca la trompeta supuestamente para despertar al pobre humano de su “sueño de materialidad” y llevarlo al estado de vigilia de la verdad. Toda una lección ética en la que el ángel podría ser el propio Miguel Ángel, mientras que el desconocido desnudo encarnaría sobre el papel a Tommaso.
Ignoro hasta qué punto llegó la amistad o la relación de estos dos hombres, o cuales fueron sus términos exactos. A pesar de haberse casado (¿podría esperarse otra cosa de un aristócrata en el Renacimiento?) Cavalieri tendría en las suyas la mano del maestro en el momento de la muerte de este último. Hasta nosotros han llegado estas pruebas de amor, este despliegue de arte, sabiduría técnica y afán por formar… y quizá por autoconvencerse también de la conveniencia de guardar todo en los castos límites del Neo-Platonismo. El esplendor de los cuerpos del techo de la Sixtina había dado paso al tenebrismo temático del Juicio Final, pero entre medias Miguel Ángel había amado a un joven. Las huellas de esa experiencia única, vivida por el genio, se exponen para nosotros cientos de años después. Y el sentimiento sigue siendo el mismo: el sufrimiento y la entrega por lo que se desea y se ama; la generosidad intrínseca del amor.

http://www.courtauld.ac.uk/gallery/exhibitions/2010/michelangelo/index.shtml

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