Mejor sola

Una mujer sola siempre es un bocado apetitoso para un ser hambriento. Una mujer acodada en la barra de un bar, claro, o pagando las fotocopias en la reprografía; una mujer sentada en la fila catorce, al lado de un tipo de camisa a rayas. Y es que una mujer sola, porque ha decidido pasar un tiempecito sola, no tiene por qué ser sinónimo de una pésima experiencia pasada, ni de un amor perdido y descartado. Aunque también.

Sospechosamente, hay mujeres que suelen generalizar y nunca tienen pareja. Por encima del paso del tiempo, y de los novios de otras, salvado el deseo irrefrenable de vencer la envidia, siempre están solas. Y es que, por desgracia, no pueden estar de otra manera. No hay más que mirarlas. Se trata, sin duda, de las más peligrosas, las que fingen no estar pendientes de algo que buscan.

El caso es que no son las únicas. También están las que dejan, y las dejadas, las que se ampararon en una compañía y las que optaron valientemente por arruinarlo todo. Unas siempre serán las capaces, las que lo lograron, y las otras vivirán como las débiles, a su pesar. Ambas desfilan en un mismo mundo agresivo de hombres que inútilmente intentan alcanzarlas, de miradas de mujeres recelosas por cualquier motivo, y de disculpas o excusas que no están obligadas a dar a nadie.

Porque, pensándolo bien, ¿qué tiene de malo? Si, en un momento determinado, se aboga por la conveniente necesidad de pasar una temporadita así, sin hombres, sin problemas, sin explicaciones y sin ataduras, y se piensa que es la mejor rutina porque cuenta con muchas ventajas, y una se pregunta por qué no lo hizo antes, ¿qué puede tener eso de malo?

Evidentemente, si la citada etapa de soledad, aunque voluntaria, viene acompañada por una búsqueda incontrolada del alma gemela, por el convencimiento de que ésta existe, a pesar de todo, la condición no es absolutamente aceptable. El asunto radicará sólo en establecerse en este periodo porque así se ha decidido, y en no plantear otra alternativa. Pero porque ésta no se considere imperiosa.

El único inconveniente, si lo hay, se anquilosa en el “qué pensarán”, que no es lo mismo que el “qué dirán”, algo ya bastante pasado de moda. Qué pensaremos de las mujeres si éstas prefieren las relaciones escuetas y sin compromiso, en las que falte tiempo para dominar el aburrimiento, porque vengan y se marchen enseguida. Qué pensaremos si los meses se hacen años, y los años pasan, y no quedan pretextos para esquivar las soledades. ¿Que aún no se le ha ido a una la congoja? Más bien no.

En el desenfrenado mundo de las mujeres que prefieren estar solas, se anhela la intimidad, la reflexión, la libertad y, por encima de todo, el convencimiento de poder llevar ese tormento de felicidades a cabo. Se logra, algunas veces, un sorbito de tranquilidad, porque hay relaciones que agotan, y se recupera la autoestima o la confianza en una misma; el sabor de los descubrimientos. Aunque también ocurre que pueden aprenderse a considerar de otro modo las relaciones de otros, a ensayar una mirada serena aunque eficaz que tantee el ambiente, a la que no se le escape detalle.

Entonces es el tiempo de las nuevas amistades, del entrar y salir sin interrogaciones y sin respuestas, de sopesar lo que se tiene y lo que se dejó. Porque a veces, desde el refugio de una relación de pareja se siente la paradójica necesidad de estar sola; estar sola como un objetivo. Y no porque el otro haya perdido interés, sino por una razón que cae por su propio peso. El ser humano también disfruta estando solo.

A partir del añorado contexto de la soledad, una mujer puede llegar a sentirse cómoda, a no arrepentirse de nada e, incluso, puede llegar un día en el que prefiera este hábito. Y lo transforme en costumbre.

¿Se la considerará un bicho raro por ese motivo? ¿Podrá vivir tranquila hasta que decida alterar su situación o hasta que insista en conservarla? Dependerá de ella, por supuesto, pero también de nosotros. Porque nosotros, los que la observamos desde uno de esos silencios que estorban, y compartimos con ella la cola de reprografía, y la barra del bar, y el aula de la clase de Derecho, tenemos el papel más importante. Nos ha tocado mover la ficha de la comprensión en este juego de locos en el que cada uno puede estar y puede ser como quiera.

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