Más cadaver y más exquisito

8-octubre-2008 · Imprimir este artículo

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Su párpado temblaba rítmicamente, contrastando de manera ostensible con la quietud de su cuerpo. Su delgadez recordaba a los viejos esqueletos de las clases de anatomía, lo perseguía un denso olor a tabaco negro.

Las tres monedas estaban allí, en su bolsillo, de modo que no podía seguir aplazando la decisión: conocer el futuro o asegurar el presente. Si salían las tres caras, la mataba; si eran una caras y dos cruces, se casaba. Las otras combinaciones significaban decisiones no tan radicales, pero no menos terribles.

Lanzó la primera moneda y salió cara, repitió por segunda vez y resultó lo contrario. Decidido a resignarse a la probabilidad, probó suerte una vez más. La moneda brincó pronunciando varias sílabas metálicas. El resultado: ¡de nuevo, cara! ¿Por qué el azar le hablaba en un lenguaje tan oscuro? Su oráculo era tan incomprensible como el acento escocés. Casaría a su primera víctima, luego la mataría, pero ¿se mataría después a sí mismo? Lo decidiría mientras invertía esas tres monedas en un tentempié, un whisky, o una noche con una ramera. Casi todo se podía comprar; casi todo, salvo el propio destino.

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