Martín Marcos: el Merlín de la poesía

10-Noviembre-2009 · Imprimir este artículo

Por Raúl Herrero

El esforzado catedrático y poeta y dramaturgo, especialista en la obra de Fernando Arrabal, Paco Torres me invitó a Murcia a participar en unas actividades poéticas. Entre los presentes se encontraba mi amigo, miembro de la “liga de poetas”, además de  brillante editor, Juan Carlos Valera. De su boca escuché, por vez primera, el nombre del que más tarde sería mi amigo, dentro de una duda incuestionable: “¿Cómo? ¿Pero no conoces a Martín Marcos?” La “Liga de poetas”, recién llegada de uno de sus viajes con Fernando Arrabal, en un periplo por EE.UU. y, en concreto, por Chicago, se encontraba en uno de sus puntos álgidos. Varela me comentó: “ Es increíble. Vive en un pueblecito cercano a Burgos y  tiene un mucho talento”.

No recuerdo el momento, ni el lugar, ni el año  de mi primer encuentro con Martín Marcos, pero mi memoria mantiene viva la  extrañeza, que no rechazo, que me produjo. Me resultaba una persona enigmática, al tiempo  que  cercana. Sí recuerdo que entonces, como en tantos encuentros posteriores, le acompañaba José Rivela, “el trotaparnasos”. Mi curiosidad aumentó cuando en un momento de la confabulación gastronómica,  probablemente junto a uno de esos grandes del mundo académico o de los “grandes  xenios de España”, tan diminutos en espíritu al lado de mi nuevo amigo, Martín Marcos elevó su voz, a petición del propio Arrabal, para recitar dos de sus sonetos. Esta escena la vería repetida en diversos momentos y en los lugares más inverosímiles a lo largo de los siguientes años. Los poemas de Martín Marcos despertaron la admiración de grandes artistas, legos y nobles del mundo entero.

Siempre que tuve ocasión, desde ese instante, me procuré la compañía y conversación de mi nuevo amigo. Supe que contactó con Arrabal por correo electrónico, que les unía, además de la amistad, el arte y la literatura, pero, sobre todo, el profundo amor que ambos sentían por el ajedrez. En más de una ocasión participé, cual convidado de piedra, en conversaciones entre ambos donde surgían, como flotadores tras un naufragio, los nombres de ajedrecistas de los que no había oído hablar en mi vida (lo que en mi caso no es extraño, puesto que soy un neófito en tales asuntos). Con el tiempo Martín me instruyó en tales menesteres y llegué, incluso, a seguir con atención las peregrinaciones de ambos amigos por los mundos del tablero.

Jamás hablé a Martín de un autor que él no conociera. En cambió él sí me descubrió a mí algunos. Cuando me inicié en  la lectura de Ernst Jünger, él lo había hecho hacía mucho tiempo. Le comenté a Martín mi deseo de encontrar un libro del autor alemán donde describía sus experiencias con el LSD y su creador Albert Hofmann: Acercamientos: drogas y ebriedad. En nuestro siguiente encuentro me regaló su ejemplar de la obra. No quería  aceptarlo porque se trata de un libro de difícil localización, pero Martín me replicó que él lo había leído hacía tiempo y que, en vistas de mi interés, no le importaba desprenderse de él. Acepté la propuesta, pero le pedí  que me lo dedicara. Así lo hizo. Además incluyó en la primera página del libro uno de sus sonetos de propina. Desde entonces tuve cuidado de no revelarle si tenía tal o cual libro, porque si se encontraba en su poder se empeñaba en regalármelo. Poseía por tanto la más elevada cualidad del sabio: la generosidad.

Martín Marcos encontró el modelo de la  patafísica (ciencia que estudia las excepciones fundada por Alfred Jarry) en su pueblo Vilviestre del Pinar y, en concreto, en el llamado pino-roble. No estoy seguro si era el roble el que contenía al pino, o el pino el que contenía al roble, pero, en cualquier caso, ambos troncos convivían en un mismo espacio como el canguro y su cría. Ese descubrimiento le llenaba de orgullo.  Invitaba a presenciar ese descubrimiento patafísico a todo el que se encontraba en su camino. Nos llevó a muchos. Entre ellos al escritor Michel Houellebecq.

En cierta ocasión, me contó el propio Martín que abandonó la universidad en segundo de Historia porque una cierta necesidad vital le llevó a volver a su pueblo, trabajar en las ocupaciones que pudiera encontrar y dedicar el resto del tiempo a la lectura, el estudio de partidas de ajedrez y, en fin,  al amplio mundo de las artes y la cultura que tanto le fascinaban y que cultivaba a conciencia. El  mundo universitario le ahogaba.

Desde entonces vivió en una casa que heredó de sus padres rodeado de miles de libros (no es una hipérbole), de películas y de su gato. Durante uno de sus periodos de paro laboral  se acercó a un pueblo próximo porque, a cierta hora, los señores se asomaban a la plaza para elegir a los peones que trabajarían ese día para ellos (sí, esto sucede en pleno siglo XXI en España). Una vez en el pueblo  se sentó junto a una fuente para leer un libro mientras daba tiempo al tiempo. Llegada la hora de presentarse a la exhibición de podencos para el trabajo se dio cuenta que le quedaban unas monedas para tomar un café y prefirió pasar el día sumergido en la lectura. No se lleve el lector por esta anécdota  una impresión equivocada. Martín Marcos era un infatigable trabajador, me describió algunos de sus duros trabajos y doy testimonio de ello, pero poseía ese don de la libertad que en nuestro mundo civilizado se va perdiendo en nombre de la producción, ahora de la crisis, eso si no se apela a estancias más altas como la responsabilidad, la madurez y otra serie de tópicos que nada significan para los mismos que los pronuncian para evitar la palabra “esclavo”.

Martín Marcos ahorraba de sus escasos ingresos para acompañar a su amigo Fernando Arrabal en sus viajes. Si no tenía dinero para pagarse una pensión era capaz de dormir al raso en cualquier ciudad, pueblo o lugar del mundo. Y lo hacía sin resignación ni amargura, sino como algo natural. Así vivió Martín Marcos, con naturalidad y elegancia, como un dandy silvestre (ambos términos en el sentido más  positivo). Escribió poemas que se merecen reconocimiento y difusión. Fernando Arrabal en el recuerdo le dedicó en el diario  “El país” hace dos semanas  escribió “será reconocido como el gran poeta de su generación”.

Martín Marcos perdió la vida hace dos semanas con 47 años en un accidente de trabajo. Un quebranto lamentable para el mundo, para la cultura, para la literatura y para los pocos representantes de la dignidad humana que en el mundo quedan. Él me enseñó mucho tanto de la literatura como de la propia vida. Sin duda, sus amigos lo mantendremos en el aire por el que deambulan los dioses. Ahora es urgente recopilar todo lo que escribió para que no desaparezca y se esfume como el humo de una hoguera magnífica. No porque el mundo se merezca sus poemas, sino porque sus poemas y su figura ayudarán a otros  a soportar el mundo.

Hasta que nos veamos de nuevo, amigo.

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