Los monstruos

En la literatura, el cinematógrafo, la radio y la televisión, en las admirables películas de los estudios Universal y Hammer; desde lugares comunes o novedosos, los monstruos y lo monstruoso han comido en la mente del público. De esas historias y de las resonancias sociales de los terrores diversos del cine, la industria musical o el cómic escribe David J. Skal en Monster Show (Valdemar, Madrid, 2008). En sus páginas el autor analiza los motivos que han arrastrado al público a interesarse por tan desapacibles seres. Para ello prepara la poción con el correspondiente contexto histórico, los miedos colectivos, la situación política y otros mapas. Poseen un especial interés las conexiones que el autor establece entre las guerras mundiales, las crisis económicas, el avance intempestivo de la censura y los pasos de las películas de terror.

Entre la abundancia de fuentes y citas señalamos un artículo del educador Robert K. Musil publicado en 1982. En él se nos describe el clima de confusión que se vivió en octubre de 1962, ante el pánico nuclear desatado por la denominada crisis de los misiles cubanos: “…experimenté una temprana desilusión, e incluso desdén, por la autoridad. En muchos aspectos los estilos y revoluciones de los sesenta nacieron en aquellos oscuros pasillos subterráneos de los institutos, donde decidimos que nuestros mayores no eran, efectivamente, de fiar y quizá incluso estuvieran locos”. A continuación David J. Skal apunta: “Los monstruos (tal y como podría atestiguar el que esto firma) proporcionaban un elemento de seguridad. Eran figuras de resurrección trascendente, seres que no podían morir. Los monstruos tradicionales eran perversamente similares a Jesucristo (la pose más característica de Drácula, con la capa extendida, es flagrantemente cruciforme), ofreciendo una imagen de supervivencia, por muy distorsionada o grotesca que fuera”.

En La novia de Frankenstein ya nos presentaba James Whale al monstruo de Frankenstein atado a un poste, como una evidente referencia visual a la crucifixión, mientras los aldeanos lo rodean con la intención de “martirizarlo”. Es difícil contemplar la escena sin sentirse más próximo al “condenado” que a los vociferantes ajusticiadores. Los críticos de cine afirman que esta interpretación no es fruto de lo casual.

La desconfianza en el mundo adulto, por parte de los adolescentes, incluso la percepción de ese mundo como una amenaza para la propia identidad puede conformarse en un rechazo de esos valores y credenciales, a los que el no iniciado accederá en algún momento. El autor del libro en este punto recuerda los “ritos de paso” que poseen todas las tradiciones y culturas. Esa huida del mundo adulto acerca al niño-joven a todo aquello que le distancia de la realidad circundante.

En esa fuga, desde luego pueden incluirse los monstruos.
En efecto, en aquellos años próximos “a la crisis de los misiles” los clásicos personajes del estudio universal vivieron una nueva época dorada. Hammer rueda su versión de Drácula en 1958 y su primera aproximación a Frankenstein un año antes. En esos días, que preludiaban los movimientos hippies, la psicodelia y todo el posterior movimiento contracultural, los adolescentes no buscaban el clima del miedo, sino la asimilación con el monstruo: se ponen a la venta figuras que representan a los clásicos monstruos de la universal para decorar las habitaciones de los niños, en las revistas se anuncian maquillajes para “transformarse en un monstruo”… Rozando lo impronunciable afirmaremos que esos alevines toman como figura paterna, tal vez decir como ejemplo a seguir suena a excesivo, a “monstruos” de ficción.
¿Acaso no se nos presentan en películas clásicas, así como en la mayoría de las actuales, a estos personajes con un marcado acento de marginalidad? Al fin y al cabo, no siempre los crímenes de Drácula, Frankenstein o El hombre lobo provocan su asechanza, en multitud de películas son perseguidos porque difieren de la normalidad, porque difieren de una mayoría que los aísla y que, en cierto sentido, les obliga a protegerse. Acierta David J. Skal cuando insinúa tales apreciaciones para justificar la fascinación que muchos de nosotros sentimos por estos personajes, además de los mil veces referidos elementos relacionados con el temor, lo sobrenatural, el masoquismo, el regusto por lo tétrico, etc.

¿Qué es entonces lo monstruoso? En 1932 Browning encaró esta pregunta en Freaks. En el momento de su estreno la película se consideró una obra de “mal gusto”, sobre todo por las características físicas de algunos actores reclutados en ferias de la época. En cambio, en el momento de su reestreno, al borde los movimientos de los años 60, fue considerada una obra maestra. El grupo central de actores con diversas peculiaridades que aparecía en pantalla se interpretó como una minoría que precisa “defenderse” de los demás, de aquellos que los consideran “extraños o diferentes”. ¿Cuántos discursos escuchamos en la actualidad sobre la necesidad de proteger a las minorías? Por supuesto, en esta película también se reflexiona sobre la auténtica condición de lo monstruoso. Uno de los personajes, una mujer hermosa que se casa con un enano por su dinero, se desenmascara como un auténtico ser despreciable. En estos mismos trasuntos se movería El hombre elefante de David Lynch en 1980.
Por esa diferenciación, por ese carácter de proscritos, muchos de esos personajes han resultado simpáticos al espectador. Quizá sea “el fantasma de la ópera” quien, en las versiones televisivas y cinematográficas, no tanto en la novela de Gastón Leroux , se nos muestra como una víctima que clama venganza.

En estos tiempos, cuando la mansedumbre y el conformismo parece apropiarse de la generalidad, cuando incluso algunas minorías se revelan como víctimas mientras imponen su ley contra la mayoría, o contra el sentido común, “los monstruos”, tan cercanos a lo marginal, se nos antojan como la esencia de la rebelión. Tan sólo se precisa contemplar en un contexto actual a esas masas enardecidas, con las antorchas por encima de las cabezas, en pose y disposición para aniquilar al monstruo. Fue durante el nazismo cuando el estado alcanzó el más alto refinamiento en este sentido. Si releemos esa parte de la historia de Alemania, también de otros regímenes totalitarios como el estalinismo en Rusia, nos encontramos con los discursos oficiales que “demonizan” a un grupo, a una ideología, a una religión, a un grupo… Y así los furibundos ciudadanos se transforman en delatores del vecino, al que han descubierto transformándose en vampiro, dando a vida a un cuerpo formado por diversos cadáveres cosidos o, quien sabe, incluso leyendo un libro prohibido, manteniendo una conducta que el entorno social considera reprobable…

Los auténticos monstruos, esos vengadores convencidos de “la condena” de los otros, esos sicarios y defensores de supuestos derechos legítimos ahondan en el delirio y la pesadilla por encima de cualquier doctor Frankenstein. Los monstruos, con su oposición y diferencia de la comunidad, en la actualidad se corresponden con el más legítimo grito de lo libertario.

Comentarios

1 comentario en el artículo “Los monstruos”

  1. María José Benedí en 6-Junio-2008 8:41 am

    Me ha encantado tu artículo. Estoy deseando que publiques el siguiente. También leí el anterior y desde entonces esperaba tu nuevo texto. Me he pasado por tu página y también me ha encantado. Después de tu artículo voy a empaparme de todos los monstruos que pueda. Gracias y un saludo. Por cierto este nuevo formato de Generación XXI me parece mucho mejor que el anterior.

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