Los errores históricos de España

10-abril-2008 · Imprimir este artículo

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En España hubo renacimiento, humanismo y erasmismo. Todo esto llegó a España, vía el dominio italiano de la Corona de Aragón y su unión definitiva con Castilla, y antes el heliocentrismo o el esferismo de la Tierra, sin el cual no hubiese habido viaje de Colón. En España, en la Escuela del Toledo reconquistado ya por el año 1000, se tradujeron los clásicos griegos que luego serían estudiados en toda Europa, en algún caso con aportaciones originales como las de Averroes y Maimónides, entre otros. También están los “Libros” de Alfonso X el Sabio o la obra de Ramon Llull.

Hubo todo esto y sin embargo no hubo revolución científica ni posteriormente política. Hay razones. Empecemos con Boscán, en Barcelona, cuya obra no tiene continuidad. Cómo la había de tener si traduciendo al castellano a Castiglione -el “hombre renacentista”, el ideal del humanismo- y escribiendo en castellano una obra de “nuevo estilo” (del que Garcilaso, en Toledo, tomará buena nota), la Biga derrota a la Busca y no hay cambio alguno en la rígida estructura medieval de Barcelona (hasta hoy mismo). Recordemos que el ejemplo de político renacentista de Maquiavelo era Fernando el Católico. Sigamos con Vives, en Valencia, un autor de primera categoría en filosofía y pedagogía que, sin embargo, una vez marcha de estudios al continente no puede volver porque si no lo matan, como han matado antes a su familia, por judía (el segundo apellido de Vives era March, de la familia del poeta Ausias March). Vives estuvo en París y en Oxford, y en Brujas, donde se quedó. Continuemos en Salamanca. En su Universidad es conocido Copérnico y se realizan teorías económicas proto-modernas, pero su rector, Fernán Pérez de Oliva, quizá el humanista español más destacado junto a Vives, muere muy joven y seguramente ignorado. Libros suyos son la “Oración sobre la dignidad humana”, al modo de Pico della Mirandola, y un estudio proto-científico sobre el imán y la acción magnética a distancia. Pasemos a Sevilla, y a las Indias, es decir, América, en donde Bartolomé de Las Casas ve y apunta. Su derrota en la Controversia de Valladolid en 1555 marca un poco el punto y final de este Renacimiento español humanista, que incluye las avanzadas Leyes de Burgos de 1520, pero que apenas tendrá continuidad en algunos pocos autores como Francisco de Vitoria, el padre Mariana, la escuela de economistas de Salamanca (donde fue profesor, expedientado, Luis de León) y Suárez, ya alejado de sus contemporáneos Descartes, Galileo, Bacon, etc.

Y es que a todo esto hay que sumar la religión. Empezando por la expulsión o conversión obligatoria de los judíos, justo el año de la llegada de Colón a América. A continuación viene, claro está, la Contrarreforma. El primer punto del acuerdo de Trento supone en España sustituir el exitoso erasmismo de principios de siglo por el jesuitismo. España era el país en el que más se traducía a Erasmo, en ediciones en Castilla y Valencia muy populares, pero eso sí, exceptuando precisamente su obra más radical, el “Elogio de la locura”. El erasmismo, entre otras cosas, impregna la recién fundada Universidad de Alcalá de Henares y ya Bataillon estudió su influencia en Cervantes y antes en Valdés, Laguna y Huarte. Sustituir a Erasmo por Loyola es otro paso en falso. Por no hablar del posterior jansenismo, tan despótico como poco ilustrado.

En segundo lugar, la Contrarreforma aplastó sin más los minoritarios focos protestantes de este siglo, en Valladolid y Sevilla sobre todo, y por tanto no hubo conflicto religioso ninguno que pudiera luego dar lugar a una especie de acuerdo de tolerancia mutua mayor o menor como se produjo en otros países (de forma muy relativa, pero efectiva, en Inglaterra, en Holanda, en Francia y en Alemania).

Finalmente, la segunda etapa de Felipe II echa el cierre definitivo a la puerta que podría haber conducido a España a la revolución científica y a los primeros puestos de salida de la modernidad, que en propiedad se inicia en 1600. Este candado tiene dos claras manifestaciones: la imposibilidad de estudiar allende las fronteras españolas si no es en centros católicos, y el cierre de la Academia de Matemáticas de Herrera, arquitecto de El Escorial. Cuando sobre 1660 se fundan la “Royal Society” de Londres y poco después la Academia de Ciencias de París, modernizando aquellos círculos científicos italianos de Roma, Padua, etc., de finales del siglo XVI, ¿qué suelo quedaba en España para fundar sobre el mismo una academia científica? Ninguno. Apenas algunos autores, imagino que medio aterrados, hasta el valenciano Juan de Cabriada y los llamados despectivamente “novatores” de Sevilla, ya a finales del siglo XVII y principios del XVIII, incomparables con un Newton. Pero es que incluso cuando en Berlín y en Estocolmo se fundan en los inicios del siglo XVIII sendas academias de ciencias, la española, cuyo proyecto es encargado al alicantino Jorge Juan sobre mediados de 1700, no llega a fundarse, a diferencia de lo que ocurre con las aun hoy demasiado veneradas academias de la Lengua (con antecedentes en Nebrija, Covarrubias y las academias de buenas letras) y de la Historia (con antecedentes en los cronistas medievales y en la “historia crítica” de Nicolás Antonio). No será hasta 1840 cuando España tenga su academia científica. Y lo que hubo en el siglo XVIII fueron escritores ilustrados como Feijoo (“teatro crítico universal”) y Mayans (“elocuencia”), o los de la segunda mitad del siglo, Aranda, Jovellanos y compañía, contemporáneos de las Sociedades Económicas de Amigos del País -éstas, casi antecedentes de las Juntas políticas de 1808-1812- y de Carlos III, en este caso. Pero ciencia, innovación tecnológica, desarrollo económico, más bien poco. España había destacado en la mística o en autores de un refinamiento sin igual, los del siglo de Oro, justo en el momento del callejón sin salida, la gran literatura de la villa y corte de Madrid que marca un antecedente en la definición del estilo cultural europeo, en la novela inglesa y en el teatro francés, sobre todo. Un poco en el ensayismo (Gracián). Pero nada más.

Las consecuencias de aquel cierre felipino se muestran muy a las claras en este hecho: cuando en 1500 el fantasma de la “dignidad humana” recorre Europa, también recorre España y ahí está el libro de Pérez de Oliva, alguna ley y más de un debate. Pero cuando a partir de un siglo y medio después, a partir de 1650, el fantasma de la “tolerancia”, de la “libertad de conciencia” y por lo demás de la “libertad política” moderna recorre Europa (tras las obras de Spinoza, Locke y Montesquieu), y por cierto, a partir de 1700, América, especialmente la británica (Franklin funda sobre 1750 la primera Sociedad Americana de Filosofía en Filadelfia), no recorre España sino para ser rechazado o admitido con muchos recelos o precauciones. La pedagogía autóctona más libre del siglo de la Ilustración española viene de Portugal, y los libros más radicales son una “Philosophia libera” de Cardoso (en 1673), un “Escudo atomístico” de un tal Guzmán, una “Disertación sobre la libertad de escribir” de Foronda, y la obra del físico Piquer, autor de una “Lógica moderna”, dedicado no obstante más bien a la medicina desde un punto de vista aun “orgánico” (que no distingue claramente ciencia y cristianismo) en Valencia. Están Clavijo y Cavanilles. Y está la obra de Luzán, residente en la embajada de París, su poética ilustrada, pero no precisamente su “Perspectiva política”, perdida desde entonces.

Así que solo la obra de Foronda trata explícitamente de la “libertad de”, en este caso, de escribir. Por supuesto, ninguno de estos libros, amén de la “Oración” de Pérez de Oliva y la obra filosófica de Vives, son fáciles de encontrar hoy, si es que son encontrables.
No es que, entonces, no hubiera apenas ciencia en España, y desarrollo tecnológico y económico-social, es que tampoco había a inicios del siglo XIX apenas audacia política verdadera, esto es, democrática (quien más lejos va a finales de 1700 en la comprensión de la democracia es un tal Ibáñez de Rentería, pero mirándola como de lejos), suavizada por el toma y daca de muchos años, una tradición moderada de desarrollo civil, etc. Significativo de esto es el hecho de que pudiendo haber sido el primer reino en reconocer la institución de los EEUU de América (a quienes se ayudó mediante la intervención del comerciante alicantino Miralles, que muriera en una residencia militar de Washington junto al que sería después el primer presidente de los EEUU), Carlos III esperó por miedo a ver lo que hacía Francia, que en seguida reconoció a los EEUU, y entonces hubo tal reconocimiento del nuevo país, pero luego Carlos III cerró paradójicamente toda vía a Francia tras su revolución de 1789, echando por tierra buena parte del trabajo de sus ministros ilustrados. Si a todo esto añadimos el hecho de que Castilla, que era la que desde 1700 detentaba el poder centralizado absoluto de la monarquía española, lo hacía en Madrid bajo una forma imperial desde que en 1520 perdiera sus Cortes originarias en favor del dominio de Carlos V, nos encontramos a inicios del siglo XIX con un panorama más bien desequilibrado, pese a la apertura comercial del reino en el Norte y en el Mediterráneo hacia América y la expansión territorial de la monarquía en aquel continente. El resultado es que en 1812, en las Cortes de Cádiz presididas por Jovellanos, esto es, en tiempos de la primera Constitución más o menos democrática, había demasiada intransigencia “persa” y demasiada intransigencia “revolucionaria”. A finales del siglo XIX, tras la pérdida de las colonias en América y a pesar de algunos avances notables como la misma academia de ciencias, una codificación legal moderna, un cierto desarrollo técnico, social y científico, etc., España en tanto potencia entra en barrena cuando Europa se dispone a una guerra fraticida por el dominio mundial y EEUU emerge como nueva potencia. Así, de los grandes países occidentales, España (y con ella Suramérica) ha sido el país que menos años ha vivido en un régimen democrático durante el siglo XX, con una severa guerra civil de por medio.

Dice Santayana que quien conoce su pasado puede evitar la repetición de sus errores. Sea así en este siglo XXI.

Comentarios

5 comentarios en el artículo “Los errores históricos de España”

  1. maite en 30-abril-2008 7:24 pm

    Y dice bien Santayana, muy buen artículo, un excelente resumen histórico. España ha cometido muchos errores históricos, desde la expulsión de los judíos en 1492, la entronización de los tribunales de la inquisición, represión feroz durante siglos…luego las cabezas liberales, a la gente inteligente les cuesta siempre ser escuchada. Mi abuelo es de una zona bien intrincada de Asturias de Somiedo, montañosa y ganadera, en épocas romanas por allí pasaba el camino de la Mesa, una vía de comercio que unía Gijón con Cadiz, las comunicaciones en España no se desarrollaron como en Francia que hubo una voluntad fluvial de construir canales para comunicar todo el territorio. La Pola de Somiedo dio un gran liberal y economista que tuvo que pasàrsela, huyendo y en exilios en Londres, Alvaro Florez-Estrada, no conozco sus escritos económicos, pero he leído que fue un talante liberal en el màs amplio sentido, proclamando la libertad de prensa, las libertades civiles y comerciales necesarias para que la sociedad pudiera desarrollarse. Muchas gracias por su artículo, hay que recordar sí, para poder avanzar…
    Saludos,
    Maite

  2. ximo brotons en 3-mayo-2008 11:14 am

    gracias.

    hay un pequeño error: Francisco de Vitoria, en Salamanca, es anterior a 1555, forma parte del éxito de la primera mitad del siglo XVI (un éxito que lleva en sí su fracaso, con la expulsión de judíos, la inquisición, y la eliminación de las cortes castellanas en favor de una corte imperial).

    es curioso que muchos ilustrados de Cádiz, muchos liberales, sean de origen asturiano, como Florez-Estrada, o como Argüelles, nuestro Jefferson, autor del preámbulo o discurso preliminar de la Constitución de Cádiz. Es posible que sea debido a la influencia de Feijoo, gallego afincado en Oviedo, y por supuesto de Jovellanos, que era de Gijón. Feijoo habia recibido la obra de Locke, Montesquieu, Gassendi o Newton. Más tarde, Jovellanos se planteó conjugar el liberalismo moderno con la tradición española, al estilo de Mayans (Valencia). Pero Kant, por ejemplo, tardó un siglo (todo el siglo XIX) en ser traducido. Una vía difícil. En eso estamos.

  3. jesús en 15-mayo-2008 11:22 pm

    Totalmente de acuerdo, pero quiero señalar que la redacción del primer párrafo da la impresión de que el descubrimiento de América se debió al “heliocentrismo” en alguna medida (cuando Copérnico es bastante posterior), o que el “heliocentrismo” sea sinónimo de la “esfericidad de la tierra” (lo cual es simplemente falso; además, la esfericidad era conocida desde los griegos).

  4. ximo brotons en 24-mayo-2008 9:23 pm

    la esfericidad y el heliocentrismo eran conocidos, ambos, desde los Griegos. pero es cierto que pude confundir esfericidad con heliocentrismo o dar a entender que éste fue la causa del descubrimiento de América, siendo, en efecto, Copérnico posterior a Colón, en todo caso.

    sin embargo, mantengo esta ambigüedad, pues de algún modo teorías heliocéntricas o tendentes al heliocentrismo y en general teorías de la tierra como un planeta esférico que gira en torno al sol debían de darse ya durante el siglo XV, del mismo modo que ya había entonces teorías sobre el movimiento físico -inercia, “ímpetu”- que solo quedaron formuladas de forma explícita y moderna a partir de Galileo.

    gracias por la corrección.

  5. Vasco_español en 30-diciembre 2:19 pm

    Los errores historicos de españa comienzan tras la guerra de sucesión.
    La victoria borbonica nos trajo la alianza con francia, el centralismo y el desarrollo lento de la economia. Consecuencia: La llegada de los movimientos nacionalista y los problemas sociales.
    La victoria de los austria nos hubiera traido la alianza con Inglaterra, la descentralizacion manteniendo los fueros y el desarrollo rapido de la economia. Consecuencia: La inexistencia de los movimientos nacionalistas y convertirse en una potencia aliada.

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