Las tardes siempre son peores

Mientras observaba la dudosa sexualidad de las paredes, modelé un cuerpo con el sudor que bajaba por mis muslos sin darme cuenta de que, una vez configurado el perfecto compañero líquido, apto para el charco sensacional, no había una pareja con la que enfrentarlo. Así, pues, me dupliqué en otro alarde de sudor y, ya convertidos en dos esparcidos amantes, originamos una piscina de placer, un río de lubridad incolora que, al poco, desapareció en vapor, despegándose de la amplitud del suelo hacia el cielo. Nada quedo de nuestro chorreo, una nada que no observaba las paredes, una nada orgullosa de su nada de nada como un diente de león desvestido.

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