Las Consecuencias de Enrique Bunbury

15-marzo-2010 · Imprimir este artículo

Por Ignacio Reyo

Es fácil odiar lo que representa. La voz impostada, el carácter maldito, las poses excesivas, los fans como talibanes, las declaraciones epidérmicas… A veces, Bunbury es su mayor enemigo. Pero si nos abstraemos de todos los lugares comunes que se adhieren a su figura, si atendemos a sus canciones, cuando la canción es un fin en sí mismo, no un medio para lucir la voz, Bunbury se erige en un autor comprometido, real, sin necesidad de hacer de lo honesto obscenidad.

En 1999 editó Pequeño, viraje completo a su cosmogonía sonora, abandonando los dejes más superfluos de su anterior etapa, y recitando, por primera vez, textos sin necesidad de alardes simbolistas, sin arcanos indescifrables por palabras. Era su segundo álbum en solitario. Radical Sonora mantenía las estructuras de Héroes del Silencio, aún bañado por aguas electrónicas, así que Pequeño puede considerarse su debut. Incluso las caras b de la época, como aquella ominosa, taciturna Luna, se mostraban superlativas.

Recuerdo la gira correspondiente como una de las más emotivas que he visto, un mestizo cabaret donde el cantante se reencontró con el público, y atrajo personas jamás interesadas en su música. Era un año cero esperanzador, y que, una década después, vuelve a dar un fruto a la altura de las circunstancias. En este decenio se han ido sucediendo varios discos, una gira de reunión con Héroes, y algún que otro desplante, más propio del urgente ritmo que de los caprichos de una prima donna. Algunas buenas canciones quedaron por el camino, enterradas en discos de excelsa concepción, pero mediocres resultados.

“La fama es el opio del triunfador”. Pocas frases tan certeras para describir los vaivenes de una vida inusual, trabajada, o regalada. Todo depende del sujeto al que nos refiramos. Un inerme producto en manos de las discográficas, o el artista hipersensible. En ocasiones, los cantantes entran en ambas categorías. No es el caso de Bunbury, cuyos errores artísticos se deben a sí mismo.

Sorprende que en su décimo trabajo para Emi (sin contar discos de colaboración o directos), pueda entregar algo tan desnudo como Las consecuencias. Es la libertad que ha ganado con el éxito comercial, e incluso con los traspiés. Omar Rodríguez-López, cerebro de The Mars Volta, lo explica mejor: “Yo hago mis discos y los entrego, y en ocasiones se sorprenden porque no encuentran nada que vender. Lo mío es crear discos y entregárselos, y el suyo venderlos. (…) El sello no entra a mi casa, no entra a mi corazón, no entra en mi alma”.

Las consecuencias quema como alcohol restregado por una herida sin cerrar, duele como un atardecer en el estertor del estio. Es reflexivo, cruel, sincero; una especie de “The Boatman’s Call” mediterráneo. Teniendo en cuenta que es un disco que, por las vicisitudes del mercado discográfico, sólo he podido escuchar en streaming enviado por su discográfica, esas sensaciones se acrecentarán escuchado en la hora azul, en penumbra quejumbrosa. No es algo agradable, un exorcismo por los demonios interiores extrapolado a quien lo escuche. Ahí radica su grandeza. Es difícil ser conmiserativo depredador de uno mismo, y facturar brutal belleza. El mundo está lleno de cuadernos lastimeros, sensibles, y no hay ni una gota de hipocresía en esas confesiones, las consecuencias derivan en cómo se dice, y por qué. Normalmente, en la mayoría de ocasiones, sirven para desnudarse entre tinieblas, con un candado que los extrae de toda consideración ajena. El problema llega cuando se quiere hacer partícipe al resto del universo conocido de tus penurias. Debes perpararte para las críticas despiadadas, el insulto gratuito y el necesario, porque no todos somos Nick Drake, ni falta que hace.

Las consecuencias pasa el examen, con sobresaliente nota. Seguramente las letras, tomadas en sí mismas, no tengan tanto impacto, pero es que esto son canciones, un binomio indisociable de texto y música.

“La fe es un grave sufrimiento, es como amar a un extraño en vano, que no se presenta por mucho que uno llame desesperado. Porque siempre conviene alegrar a la gente, también de vez en cuando está bien asustar un poco. Las consecuencias son inevitables…”. Se podrá decir mejor, pero no con mejor sonido.

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