La verdad sobre el manzano de Newton

Por todos es conocida esa leyenda que cuenta como fue una manzana, al caer de un árbol (sobre su cabeza, según algunas versiones), la que desencadenó en Sir Isaac Newton la inspiración que le llevaría a formular las leyes de la gravitación. Lo que nunca se ha dicho es que, en realidad, esto ocurrió en la isla de Mallorca. Las razones de que esta información jamás fuera revelada son obvias: los hijos de la Gran Bretaña no podían permitir que se supiera que tan transcendental acontecimiento ocurrió en un país que fue rival en aquella época. Pero la verdad es que, como cada año otros tantos millones de turistas, de los cuales un notable tanto por ciento son ingleses, Sir Isaac estaba veraneando en aquel entonces en la isla. Ese día estaba probablemente disfrutando de un plácido paseo por el campo, en una época en la que el uso del asfalto no estaba tan extendido como en nuestro tiempo. Era, como los son todos los veranos en estas tierras, un día caluroso y, como yo digo, el sol está para tomar la sombra así que Sir Isaac, que no era tonto y por tanto sabía lo que es bueno, no como la mayoría de sus compatriotas, se echó bajo el primer árbol acogedor que encontró para descansar un poco y disfrutar del canto de los pajarillos. Lo que ocurrió a partir de ahí ya os lo podéis imaginar.

Supongo que os preguntaréis cómo es que yo tengo conocimiento de estos hechos, cuando parece que han sido borrados por completo de las páginas de la historia. Os cuento: Sir Isaac, previendo lo que ocurriría, se encargó de redactar un manuscrito que firmó y selló, para enterrarlo envuelto en el mejor cuero dentro de un cofre lleno de sal, a varios metros bajo las raíces del manzano. Estoy seguro de que hubiera sido todo un espectáculo ver a tan distinguida eminencia cavando y cavando. Siglos después, cuando se fundó la Universidad de las Islas Baleares, en la misma finca donde mucho antes había tenido lugar tan singular historia, se halló el documento allí donde había permanecido durante tanto tiempo, al lado de un árbol anciano y casi muerto. Así fue como se construyó la facultad de ciencias de la UIB, alrededor del aquel testigo de celulosa y lignina, que quedó situado en un lugar tal que parecía dar la bienvenida a todos los estudiantes de primer curso de física.

El manuscrito fue oculto en lugar seguro dentro del propio edificio, pero no lo bastante para mis curiosos ojos. Un día, buscando un despacho que no acertaba a encontrar, hallé perdida en una compleja red de pasillos una biblioteca con una entrada casi invisible donde, redactada con bella caligrafía en el mejor papel, estaba la vieja escritura, protegida por un vidrio blindado y un marco de titanio. Pude verla sobre una mesa, al lado de un ordenador en el cual alguien se había encargado de transcribir la mayor parte, traduciéndola en el proceso y haciéndomela legible. También había unos archivos con el nombre de top secret que copié sin demora en un disco que llevaba en la mochila, junto al histórico texto de Sir Isaac, antes de que llegara la persona que posiblemente había salido para volver al poco tiempo, tal vez con un café en la mano. En esos archivos es donde pude averiguar el resto de la historia, que cuento a continuación.

A lo largo de los años y a espaldas de la administración se excavaron kilómetros de galerías que conectan decenas de plantas subterráneas llenas de laboratorios prohibidos donde se llevan a cabo investigaciones secretas, en los que se estudian restos de ovnis accidentados y se contacta a través de portales dimensionales con lejanas civilizaciones extraterrestres; todo bajo los pies de los universitarios, ajenos a ese complejo mundo al cual sólo algunos elegidos de entre todos ellos accederán algún día. Materiales peligrosos bullen en las cazuelas de esas cocinas ocultas, substancias tóxicas, infecciosas o radiactivas confinadas bajo toneladas de blindaje. No obstante, nada es perfecto, y los fallos existen. No sé bien la fecha, pero fue hace ya mucho tiempo, cuando una tremenda fuga de gases de nombre impronunciable sumió la facultad en el completo caos. Quien investigue sobre ello, paseándose por las hemerotecas más completas, podrá deducir que cualquier información relacionada con aquel episodio de la historia de la universidad ha sido borrada, y sólo algún anciano profesor recuerda el hedor de aquellos vapores irrespirables que le dotaron de superpoderes. Algún profesor y el viejo manzano de Newton, si poseyera memoria. Y si algún día os acercáis por allí y visitáis a tan honorable habitante de la isla, casi podréis sentir que os cuenta toda la historia, a través de sus verdes hojas perennes y sus frutos mutados por los efectos del desastre, con forma y color, incluso sabor, diría yo, de limón.

Comentarios

2 comentarios en el artículo “La verdad sobre el manzano de Newton”

  1. Gerardo Costea en 23-junio-2008 4:39 pm

    Por si alguien ha leído anteriormente esta historia, debo indicar que en el pasado estuvo publicada durante un tiempo en mi primer blog, ahora ya desaparecido. Éste es material desclasificado y levemente editado.

  2. panfilo filomeno gordiflon sabrosito en 9-noviembre-2010 12:51 am

    no se por ke estoy escribiendp soy amlo buajajajaja

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