La Tercera España olvidada

“En su carácter general la ciudad es pacífica y piadosa. Por sus calles de ordinario se cruzan y saludan el sacerdote y el militar, el seminarista y el colegial con el quinto o agente del gobierno” (1) . Un fraile vasco describía así la estática e inmóvil Vitoria de 1914, una urbe que no pasaba de ser un pueblo grande y mesocrático, capital de una provincia agraria y compuesto por una pequeña aristocracia anclada en arcaicas costumbres y una burguesía apática que completaban, junto a militares y clérigos, el fresco social fielmente dibujado en las primeras líneas.

La ciudad de las cuatro iglesias góticas, las dos catedrales y los tres seminarios tenía un pulso débil, lento, pausado. Allí regresó, acabada la primera gran contienda bélica intercontinental, Pedro Salinas Arregui, un alavés que había partido de su provincia siendo aún muy joven para ganarse la vida junto a su hermano en Canadá y en unos Estados Unidos emergentes. A Vitoria llegó pero en su Galarreta natal, un pequeño núcleo rural enclavado en la Llanada oriental alavesa, fijó su residencia desde el primer momento. Ningún fraile metido a cronista o a relator costumbrista espontáneo nos ha legado descripción alguna de Galarreta pero Salinas sí nos dejo valiosos comentarios escritos sobre la complicada sociabilidad en la conservadora Álava de la época. Se quejaba amargamente de la vida en el pueblo, en el que se aburría “sin tener con quién poder hablar ninguna cosa de algún interés”. Los ritmos vitales estaban descompensados: de la frenética actividad que exigía el mantenimiento de la veta minera explotada en América por Salinas, éste había pasado a vivir en una casa de arquitectura indiana en un pueblo habitado por pequeños propietarios agrícolas acostumbrados a desenvolverse en espacios no superiores a los diez o quince kilómetros. En Galarreta no existía más ocio que el que propiciaba la taberna más cercana (situada a un kilómetro, en un pueblo vecino); las jornadas laborales en el campo sólo tienen horario de inicio, nunca de fin.

Salinas había comprado una porción de tierra transformada en huerta que le distrajera durante el día. Para él, la explotación agrícola era una forma de ocio que, en todo caso, no podía sustituir a las grandes pasiones importadas en sus años americanos, especialmente la caza. Hombre de grandes inquietudes culturales y con gran capacidad para la asimilación de idiomas (hablaba inglés y francés), pronto comenzó a relacionarse con el maestro del pueblo y con aquellos que desempeñaban su labor docente en otros núcleos de población cercanos. Con ellos charlaba sobre aquellas cuestiones que resultaban aburridas a quienes el campo absorbía su intelecto potencial. Su oportunidad política llegó con la proclamación de la República el 14 de abril, convirtiéndose en primer alcalde republicano en su municipio. La República era para el aún joven indiano un ideal de libertad e igualdad más que un sistema político alternativo al monárquico. Y así lo expresó en su primer bando como alcalde; “los pueblos más cultos de la tierra se percatarán de que una cosa es el robusto y sano pueblo español que conserva incólumes las magníficas virtudes de la raza, amante del Derecho como el que más, y otra cosa era el régimen caduco, reminiscencia de los siglos tétricos, que España padecía como un dogal impuesto al cuello. ¡Ciudadanos! ¡Viva la República Española! ¡Viva España!”.

Era la primera vez que alguien se dirigía a los habitantes del municipio como ciudadanos y no como contribuyentes o vecinos. No era un recurso semántico de sustitución, sino toda una declaración de intenciones. Sin embargo, España ni era Canadá ni se asemejaba a Estados Unidos y republicanos, monárquicos, accidentalistas, curas trabucaires y militares llevaron a España una guerra fratricida en la que el adversario político, antiespañol para unos, fascista para otros, no debería ser vencido ni por el poder de los votos ni por la fuerza de las botas militares sino, sencillamente, aniquilado. No existían los matices, las medias tintas: se era rojo o azul. Sólo las ideas que no atenten contra la libertad del otro merecen fidelidad y no los partidos ni los bandos. Así lo entendieron personas coherentes como Luis Lucia, perseguido por los republicanos, encarcelado por los nacionales. Algunos hoy le recuerdan pero nadie escribirá sobre otro Pedro Salinas que no fuera el extraordinario poeta y, sin embargo, aquél también fue un Lucia pero de la izquierda. Un hombre cultivado, liberal, alejado de todo fanatismo y que se alejó de sus conmilitones republicanos desde el día en el que éstos le tacharon de fascista tras advertirles de que con la destitución de Alcalá Zamora como Presidente de la República el régimen español estaba condenado a adentrarse en un callejón sin salida.

Era tarde para casi todo. Los republicanos ajustaban cuentas con la disidencia política tras dos años de contrarreformas. La derecha, mientras, planeaba golpear el Estado con más fuerza de lo que lo hizo Sanjurjo cuatro años antes. La derrota ya no se penalizaría con estancias en la Cárcel Modelo de Madrid o con destierros en Portugal: era un órdago a la grande y no había sitio para los que ni eran aficionados a ese macabro juego ni disfrutaban con el derramamiento de sangre del adversario político. No había tiempo para pensar. Así lo entendieron a los quince días de comenzar la guerra un nutrido grupo de requetés navarros, esos de los que se decía que eran la bestia más inmunda sobre la faz de la Tierra una vez que un cura adicto les había dado su bendición de muerte, la carta blanca eclesial para el odio. Algún chivato de la zona, quizá padre o tal vez abuelo de uno de esos que desempeñan tan innoble oficio en la actualidad pero dando parte a ETA en vez de a Franco, señaló a Salinas y a tres de los maestros con los que compartía frías tardes de invierno y largas jornadas de caza, literatura o pelota vasca, afición deportiva principal del indiano. Llevados al monte los cuatro, sólo Salinas logró evitar la muerte: según él, escapando, según otros, sobornando a aquellos desgraciados carlistas.

Ese penúltimo acto de la tragedia vital de Salinas marcó su vida hasta el final; tres años de exilio en Francia, un regreso por la puerta de atrás y la condena al ostracismo por los republicanos, que le consideraban traidor a su causa, y por los nacionales, para los que siempre sería un “no adicto a los ideales del Glorioso Movimiento Nacional”.Ironías del destino, Pedro Salinas montó poco después un hotel en plena Nacional I a su paso por Alsasua, en la intersección fronteriza entre Navarra, Guipúzcoa y Álava y que, debido a su privilegiado emplazamiento, no sólo fue lugar para el alojamiento de franceses de paso sino de las propias huestes de compañía del Generalísimo. El éxito hostelero del indiano no pudo compensar ni los tres años de exilio exterior ni los más de veinte de huida interior forzosa.

Ser un ciudadano que piensa libremente, no se adscribe a ninguno de los dos bandos, decide por sí mismo y cree en la libertad y en la igualdad, estaba castigado entonces y sigue penado ahora. Sólo han cambiado las formas: de cárcel, exilio o muerte a odio declarado, desprecio, incomprensión y boicot mediático y financiero. Pedro Salinas rompió el cerco y triunfó en la España de los mediocres afectos al Movimiento. Un indiano luchador que quiso formar parte de una nación de ciudadanos libres e iguales y dejar de ser súbdito de un Estado totalitario. Salinas, no cabe duda, perteneció siempre a la Tercera España que se alzaba frente a la ignorancia, el sectarismo y la radicalidad. Entonces hacía falta y ahora también en una España que sigue tratando de excluir a quien osa pensar. Porque es de justos pedir la palabra para rebelarse contra aquellos que pretenden anular los matices bajo justificaciones peregrinas .

Adaptando a Kavafis, buen viaje para los ciudadanos que a sus ideales liberales y democráticos son fieles. Merece la pena.

1. Recogido en RIVERA BLANCO, Antonio, La ciudad levítica. Continuidad y cambio en una ciudad del interior (Vitoria, 1876-1936), Diputación Foral de Álava, 1992, pág. 15.

Comentarios

1 comentario en el artículo “La Tercera España olvidada”

  1. davidballota.net » Blog Archive » PSOE (?) en 7-Septiembre-2008 1:13 pm

    [...] legítimos, deben hacerse sobre una lectura del momento histórico presente. Ahora toca apoyar a la Tercera España y en concreto a su alma liberal y libertaria. La Generación Malena por ahí va. Para romper el [...]

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