LA RES PÚBLICA

Hace algo más de un siglo el poeta portugués Antero de Quental, patriota y socialista desencantado con su propia vida, con la situación de su país y con el rumbo que tomaba el mundo de su tiempo, se descerrajó en la sien en el jardín de un convento sobre cuyos muros podía leerse la palabra “Esperanza”. A fecha de hoy, esta Esperanza ha dejado de ser una trágica emoción para transfigurarse en una peripatética desfacedora de los entuertos matritenses, que pisa cabezas al mismo tiempo que insulta a propios y extraños con los calificativos más crudos.

Nadie la culpa, en medio de un piélago de escándalos hay que salvar la cabeza y se impone la ley del más fuerte. Porque, por lo visto, un nuevo fantasma estremece a Europa: el fantasma de la crisis, y de ella quieren sacar provecho en santa jauría todos los politicastros del viejo continente y de la oxidada USA neocon.

Mientras, los banqueros y economistas especuladores más ideologizados, los mismos que fueron los primeros en abandonar el barco para refugiarse en las Caimán, ahora regresan para dar consejos paternalistas. Al fin y al cabo -nos recuerdan-, ellos no son taumaturgos ni adivinos, tan solo meros analistas de la realidad económica pasada y presente. Pero el FMI advierte: “España tendrá que bajar los salarios”, de tal manera que aumente el ahorro, baje el consumo, las industrias autóctonas se vayan al traste y tengamos que pedirle un préstamo -¿por qué no?- al FMI. Y si después todo falla, siempre podemos culpar a la inmigración de todos nuestros males.

Se dice ahora que cuando veas las barbas de los helenos cortar, pongas las ibéricas a remojar. Forma parte de pertenecer al selecto club de lo que los anglosajones llaman países “pigs”, club compuesto por naciones enteras que parecen revolcarse en la zahúrda de un sistema económico que en su tiempo aceptamos con regocijo, pero que está destinado a padecer crisis cíclicas agravadas por nuestra típica tendencia endógena al latrocinio. Aunque hay soluciones para todo: algunos prebostes germanos proponían que Grecia vendiera islas, quizá para adquirirlas ellos mismos y sentirse al mando de su propia ínsula de Barataria. De la misma manera los italianos podrían vender parte de su patrimonio artístico y los españoles casas, que nos sobran; y jamones a granel, por aquello de ser parte puntera de la latina tribu de los chanchitos. Acaso los británicos aprovechen así las próximas canículas para hozar ufanos en el estiércol hispano.

Extramuros europeos, a los estadounidenses el mundo no les va, se les va en decenas de falúas que navegan a la deriva cargadas de amenazas. El hecho de fundar un sistema económico que tropieza cada pequeña sucesión de décadas crea monstruos, y la “Pax americana” del McDonalds en la Plaza Roja y el Burger King en Afganistán se tambalea. “La bala va alocada, sólo la bayoneta mata”, decía Kutuzov, y en un siglo XXI preñado de criminales adelantos militares, los milicianos de las regiones más depauperadas del mundo vuelven a este aforismo decimonónico, como si David resucitara cada madrugada para enfrentarse contra un Goliat menos omnímodo a cada momento.

Y es que el fin de la Historia que preconizaba -con ciertas pinceladas de ironía- Fukuyama, fue mal digerido por los grandes halcones que, ebrios de éxito con la caída soviética y las tormentas del desierto, fueron incapaces de prever la amenaza de que nuevos kaijus (China, Rusia, India), estaban despertando, al tiempo que se desempolvaban inmemoriales rencillas de tintes religiosos. Grandes naciones pseudocontinentales que funden lo peor del capitalismo con nuevas formas de nacionalismo extremo, hordas de fanáticos monoteístas que amenazan a ambos lados del territorio estadounidense y la aparición de sectores críticos internos, incapaces de comprender cómo se le puede vender la democracia a un preso al que se está torturando en cárceles inmundas y masificadas, son las nuevas menudencias que amenazan la estabilidad imperial.

Democracia, mercado, globalización, capital, Estados Unidos, Europa, Asia, Latinoamérica o incluso África son conceptos o emplazamientos que pasan ante nuestros ojos en ráfagas de contenidos informativos cuidadosamente seleccionados y masticados para que, a nosotros, simples náufragos de un mundo tan complejo, no nos atragante la comida un exceso de entropía. Parece que nada más podamos hacer ante este contexto que aplaudir con el espectáculo o contemplarlo horrorizados y en silencio. Los países son entidades geoestratégicas de usar y tirar para las empresas, la res pública es un animal exprimido y escuálido, las masas son quistes de carnada con necrosis y los arranques de romántica desesperación como el del poeta Quental son hoy patologías individualistas dignas de frenopático.

Pero si te tomas un momento y miras a tu alrededor, seguro que el ambiente apocalíptico que te vendo en algunos cientos de palabras ya casi se te ha olvidado porque, al fin y al cabo, la realidad no es tan fiera como algunos la creemos. Quizá porque tampoco somos la excepción de un mundo sin discernimiento, quizá porque más allá de los muros de un convento mantenemos cierta esperanza.

Y es que ya hace tiempo describió Pío Baroja con inigualable claridad este sentir tan humano que, en ocasiones, a algunos nos ronda: “El cómico, el de la funeraria, el prestamista, el general, el cura; todos me parecían sin conciencia y, además de éstos, el abogado que engaña, el comerciante que roba, el industrial que falsifica, el periodista que se vende… Y, sin embargo, pensé después, toda esa tropa que roba, que explota, que engaña y que prostituye, tiene sus rasgos buenos, sus momentos de abnegación y sus arranques caritativos. La verdad es que semiángel o semibestia, el hombre es un animal extraño”.

Ilustración de Miguel Brieva, profeta mordaz de la crisis.

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