La psicología y la filosofía se lían (y la lían)

22-septiembre-2010 · Imprimir este artículo

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Primero fue Marx. Luego Nietzsche. A continuación Freud. La “escuela de la sospecha”, como la llamó Paul Ricoeur, nos puso en permanente estado de alerta ante cualquier manifestación social, cultural o mental. Con ellos se acabó para siempre la edad de la inocencia. Y comenzó la edad del cinismo y la paranoia. Además del imperio de las comillas (“”). Olvídese de la realidad o de la verdad. Olvídese de usted mismo, estimado lector, que se cree un sujeto con nombre y apellidos. A partir de este momento los espíritus autodenominados “sofisticados” (yo también sé poner comillas) colocarán cualquier objeto o proceso bajo la etiqueta de lo “obvio” o lo “evidente” o lo “trivial”. Junto a la “realidad”, la “verdad” o el “sujeto”. Otra palabra favorita para ser encarcelada entre las comillas será “normal”.

Para la psicología contemporánea ya nadie es “normal”. Por un lado, las empresas farmacéuticas han “comprado” (pongo las comillas por si acaso…) a generaciones de médicos psiquiatras -que son regalados tanto con viajes a Congresos en los lugares más exóticos y lujosos como con ordenadores portátiles- a cambio de una medicalización de la vida mental, para lo que los psiquiatras han aumentado el tipo de síndromes y la reducción de los requisitos para padecerlos. Tendencia que se intensificará en 2013 con la publicación de la “Biblia” (interprete las comillas como mejor le parezca) de los psiquiatras, el nuevo DSM, versión 5.

Pero a esta medicalización de la vida mental no sólo contribuye la torticera relación entre médicos psiquiatras e industria farmacéutica. Otra vertiente tiene que ver con la especialización reduccionista de la profesión médica. Lo malo no es la especialización, claro, sino el reduccionismo: la idea simplificadora y simplona de que el método científico de corte fisicista es el único legítimo, eficaz y eficiente a la hora de tratar con la vida mental humana.

El desprecio hacia la visión humanista a fuer de artística del ser humano viene dado por un doble frente: el cientificismo mencionado que cosifica al ser humano como un mero objeto físico y, por otro lado, el nihilismo de la filosofía continental, sobre todo de raíz francesa, que se embarco en una cruzada antihumanista uno de cuyos principales cruzados fue Michel Foucault que en una entrevista con Alain Badiou muestra los rasgos negativos que derivarían en pocos años al descrédito en los ámbitos filosóficos de lo que había sido hasta hace poco la importante e influyente división francesa del pensamiento. Con esa mezcla de jerga oscurantista, abstracción vacía, desprecio hacia los datos y los hechos (en treinta minutos de entrevista no se escucha jamás un “por ejemplo…”), Foucault realiza el asesinato del “sujeto”, una entidad que considera -con inconsciencia, irresponsabilidad, y superficialidad- la versión ilustrada del Dios medieval. Y, sobre todo, esa hipocresía interesada. Porque el “sujeto” Foucault firma como si fuese un auténtico y real Michel Foucault (sin comillas). O el Anti-Sujeto que cobra como si fuese un Sujeto una conferencia…

El inconsciente freudiano era como un nuevo juguete que reclama toda la atención del niño grande, caprichoso, desvaído filósofo o psicólogo. Un parvenu como un nuevo rico del subconsciente. Foucault y Baidou se lanzan con aparatosidad y “ostentoreidad” a presumir de pulsiones y pasiones, del lado oscuro del consciente, del reverso tenebroso de la psique. De esta manera la mente te revela como fundalmente inconsciente, como un objeto lingüístico cerrado, autosuficiente y absoluto, en el que el subconsciente impone el advenimiento de un orden que rompe con el estado de cosas, la afirmación de un ámbito que obedece sus propias leyes y su propia lógica… De esta manera llegaron a la conclusión de que sólo hay una verdad: que la verdad no existe o que es inaccesible para siempre jamás.

Por el contrario, un programa ilustrado y humanista, es decir revolucionario, pasa por varios frentes: romper con el reduccionismo cientificista, alegar la comprensión psicológica de los mitos marxistas y psicoanalíticos -ese magma ideológico que los hizo retrotraerse al nivel de brujas y curanderos-, protegerse de los cantos de las sirenas industriales, y por el lado positivo, recuperar la dimensión cultural y simbólica, artística, de la comprensión de los fenómenos mentales: en definitiva, que no haya ningún psiquiatra o psicólogo que no conozca en profundidad la obra de Dickens, Tolstoi, Shakespeare o Galdós, Borges o Faulkner.

Luchar por una institucionalización holística de la enfermedad mental que conciba la recuperación como un proceso general del cuerpo y la mente en relación a las condiciones sociales. Por ejemplo -¡por ejemplo!- que las unidades psiquiátricas cuenten con jardines por los que pasear y charlar, bibliotecas en las que leer y cultivarse, gimnasios en los que ejercitarse. Mens sana in corpore sano para implementar las dos máximas sobre las que se basa la concepción mental occidental: el Conócete a ti mismo socrático-que subraya la dimensión cognoscitiva- y el pindárico Llega a ser el que eres -que apunta a la construcción de la identidad personal-.

Otra psicología y otra filosofía son posibles.

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