La imaginación

Cuando era pequeña me enteré viendo una película que se estaba muriendo el mundo de Fantasía. La Emperatriz Infantil, que vivía en una torre de marfil, había enfermado. Atreyu, un indio guapísimo de trece o catorce años, debía encontrar la manera de salvar a la emperatriz y a todo su mundo de la Nada , que avanzaba devorándolo todo. Los niños ya no leen, era el mensaje oculto de La Historia Interminable, Fantasía se muere porque ellos ya no creen en los comepiedras ni en los caracoles voladores. Participa de ellos, ponle un nombre nuevo a la Emperatriz Infantil, imagina, inventa, cree, crea y quizá la Nada pueda ser frenada.

La novela traspasaba por un instante sus fronteras (Atreyu debía viajar más allá de los límites de Fantasía) y alcanzaba al lector, a nosotros como lectores del libro de Ende o espectadores de la película, nos pedía que participásemos, que inventásemos un nombre, que pidiéramos deseos para que Fantasía pudiera reconstruirse. La ficción buscaba un puente para reconciliarse con la realidad, para expandirse hacia nuestras vidas, y la infancia se volvía así una aventura en la que cada uno teníamos una misión que cumplir.

Uno crece y parece que aprende a distinguir entre aquel mundo de ensueño y la realidad de la madurez. A ellos les empieza a pesar más la biología que la imaginación; a nosotras nos viene la regla y nos crecen las tetas. Y entonces nuestro mundo se hace un poco más estrecho: Fantasía se llena de fronteras infranqueables. Es mejor olvidarse de una vez de todo aquello para volverse una persona de provecho. James Barry se resistía y por eso escribió Peter Pan. Nunca Jamás (porque nunca existiría) era el país donde Peter (o James) podía ser siempre un niño.

Algunos dicen que la humanidad ha seguido un camino similar a las edades de uno solo de sus miembros

A una infancia de mitos, dioses y supersticiones le siguió la edad de la consciencia, la de la razón. Ioan P. Culianu dice que la ciencia moderna surgió de la censura de lo imaginario. Otros se oponen a esta postura: los avances científicos de los últimos siglos nos han permitido cumplir cosas que sólo habitaban en nuestros sueños: podemos comunicarnos con personas a miles de kilómetros de distancia; hemos convertido el oro en papel moneda; podemos ser durante unas horas el mismo Atreyu manejando los mandos de una videoconsola; hemos llegado a la luna.

El problema no es tanto que la modernidad censurara o no la imaginación como que la separó de lo demás que era la vida; la opuso a la realidad y la vinculó a la superstición, a lo fantasioso, a la mentira. La loca de la casa, la llamaba Santa Teresa. La Imaginación quedó relegada al ámbito privado y se la apropiaron los poetas, visionarios locos que prefirieron la absenta, el opio y el soliloquio y quemaron sus vidas convirtiéndose en profetas de sus mundos interiores: su aventura no tenía espacio más allá de los sueños; el poeta vivía su éxtasis encarcelado en una mónada de alcohol. Esas noches parisinas del XIX, esa bohemia alocada del Moulin Rouge. Esos surrealistas asociando entre sí las cosas más inverosímiles. Las noches de Van Gogh se encuentran, coloridas y furiosas, con el sueño que hace monstruos la razón de Goya.

Fue entonces cuando llegó Freud a devolver lo imaginario a la ciencia.

Todos nuestros tabúes (básicamente sexuales), dijo, viven aletargados en nuestro inconsciente. Curioso. Por debajo de la consciencia del inconsciente de Freud seguían esperando aún, dormitando, las maravillosas intuiciones de nuestras infancias. En el inconsciente del inconsciente la voz de Atreyu sigue pidiéndonos que nos unamos a una aventura cuyo objetivo es siempre más grande que nosotros mismos.

Jung precisó un poco más: los sueños pueden ser consejeros y no sólo revelan nuestros impulsos sexuales. Hay núcleos míticos, arquetipos, que habitan como un poso común en todas nuestras imaginaciones. James Hillman añadió: necesitamos ficciones que nos curen. Bachelard redescubrió a la imaginación como la apertura misma del alma. El racionalismo contemporáneo quería estallar en forma de confetis de colores. La razón separa, distingue, encierra, y la imaginación nos abre a la trascendencia. Corbin llegó un poco más allá: las visiones de los grandes místicos podían ser los lenguajes, sutiles, polisémicos, en los que los humanos se comunicaban con los dioses. Hillman otra vez: la imaginación es el lenguaje del corazón. Salgamos de nuestros caparazones modernos, estamos cansados de situar la disfunción del mundo en nuestros problemas subjetivos. Yo yo yo. Quizá el mundo entero esté lleno de alma, Anima mundi lo llamaban los antiguos, y la solución para salir de nuestras neurosis sea entregarnos a ese fluido continuo del que todos participamos: otra vez la belleza, de nuevo la imaginación, la esperanza la toma de la mano para repintar, para revolar, para revivir el mundo.

Me diréis: ¿acaso la imaginación puede evitar nuestra muerte? ¿Puede evadirnos de la vida? Esa misma pregunta recorre las últimas secuencias de la película, basada en la vida de James Barry, Descubriendo Nunca Jamás. El escritor inventa mundos fantásticos para los cuatro hijos de una mujer enferma. Los convierte en piratas durante unas horas, les enseña a volar cometas, les acerca al país de Nunca Jamás. Al final de la película la madre muere. Y cuando el pequeño Peter le pregunta a James por qué tuvo que pasar, el escritor no alcanza a dar una explicación. Sólo tienes que imaginar a tu madre para volver a encontrarte con ella, le dice. Pero no es suficiente. La imaginación y la realidad vuelven a divorciarse.

La imaginación no es suficiente para librar a alguien de la muerte. Pero nos libera de nuestra mortalidad cuando nos convierte en flujo y reflujo del Cosmos.

Algo así: mira ese árbol. El que hay frente a tu ventana o el que has visto alguna vez cuando vas en autobús a la facultad. Describe lo que ves. Dale luego sentido en función de tu experiencia vital: pues me recuerda al árbol que había debajo de la casa de mis abuelos. Cambia ahora los ojos: velo crecer a cámara rápida. Imagina cómo se levantan sus ramas desde lo que fue un tronco minúsculo. Nunca lo harán igual a como crece otro árbol. La realidad ya es mágica. Cierra los ojos y también podrás verlo. Quieres que siga creciendo, ¿o no? Que se eleve hasta llegar a las nubes, que las acaricie, que le salgan ramas y frutos de colores al Olimpo de los dioses. Que florezca allá arriba, que las ramas ocupen el cielo y las raíces crezcan hasta el centro de la tierra. Mírate luego los brazos: ¿también se ramifican? ¿Te salen hojas en las orejas? ¿Ajos en los ojos? ¿Lluvia en las pupilas? ¿Se vuelve sueño tu rostro? ¿Y tu corazón? ¿Se hace limpio como un espejo hasta reflejar al sol? Amanece allí, mírate dentro, entre tus profundidades y lo alto del cielo hay algo que a todos pertenece.

Imaginación, dirán: o es que nuestras almas han encontrado cómo trascenderse para ser para siempre, para emanciparnos de nuestra limitada existencia, de este mundo antiheroico que nos deja siempre a medio camino de ser seres humanos.

Imaginación, dirán: pero entonces te das cuenta de que el Mundo de Fantasía nunca murió del todo, de que también él es la Realidad , y más profunda aún que esa realidad objetiva con la que a veces nos conformamos.

Imaginación, dirán: pero nunca te has sentido tan vivo. Lo sabías bien cuando eras niño, pero casi lo olvidaste.

Imaginación, dirán: porque no podrán imaginar que más allá de lo que nos separa hay algo que nos une.

Al fin y al cabo, como dijo Pessoa, “cada quien vive en el mundo que es capaz de imaginar ”. Los griegos y los renacentistas sabían que los seres humanos conocemos por fantasmas. La imaginación es siempre intermediaria entre nuestras percepciones sensoriales y el mundo. Participa de nuestra manera de darle sentido a la vida. Nuestro horizonte de posibilidades, los mundos que somos capaces de imaginar, conforman nuestros imaginarios. Hay un imaginario racionalista, uno materialista y otro cristiano. Si en vez de castaños, robles o álamos tienes delante un montón de olivos, quizá tus dioses se hagan chiquitos. Si tu imaginación se nutre de la percepción del desierto, puede que tu Dios esté lejos, muy lejos.

La imaginación insinúa, vela, revela, acaricia, acerca, y sobre todo busca el sentido. El sentido: la expansión de nuestros corazones individuales al latido completo del cosmos. Los mandalas son diagramas de imágenes que nos acercan a lo Absoluto. Sólo un poco más allá habita lo inimaginable.

Que no nos engañen. La vida no es ramplona. Nuestro corazón heroico sigue queriendo dar su vida por Fantasía. ¿O será por Realidad? Volvamos a la infancia. Allí nos espera. Pongámoslo en marcha, no nos conformemos con menos. Imaginemos, amemos, imaginemos. Llamemos a los dragones blancos para empezar a volar.

(Bibliografía: BACHELARD, Gaston: El aire y los sueños. CORBIN, Henry: La imaginación creadora en el sufismo de Ibn ´Arabî. ENDE, Michael: La historia interminable. HILLMAN, James: El pensamiento del corazón. JUNG, Carl Gustav: El hombre y sus símbolos )

Comentarios

¿Quieres dejar un comentario?