La extraña y nunca lo suficientemente ponderada historia de Joseph Merrick

26-Junio-2008 · Imprimir este artículo

Por Raúl Herrero

Según su partida de nacimiento Joseph Carey Merrick nació el 5 de agosto de 1862 en la ciudad inglesa de Leicester. Fue el mayor de los hijos de Barnabas y Sarah. Aunque al principio se desarrolló con normalidad, a los veintiún meses la madre percibió algo extraño en la criatura: un abultamiento rosáceo le crecía en el labio inferior. Este apéndice aumentaba de tamaño de día en día. Pero, además, a Merrick le crecía una protuberancia en el cráneo, su piel se tornaba áspera y fláccida y su brazo derecho aumentaba de tamaño, al igual que ambos pies. Por otra parte, la prominencia de la boca, mientras crecía, le retraía el labio superior con mayor virulencia. A estas desgracias se sumó una caída que le afectó en la cadera, lo que le proporcionó una cojera permanente y le dificultó cualquier desplazamiento que requiriera una mínima soltura.

Cuando tenía diez años su madre murió de neumonía. Posteriormente, él mismo afirmaría que fue ésta la mayor “desventura” de su vida. Tal vez en ese momento tomara el retrato de su madre del que no se separó jamás.

El 3 de diciembre de 1874 su padre se casó en segundas nupcias con Emma Word Antill. Ante la precariedad económica de la familia su madrastra insistía al joven Joseph en que buscara trabajo. Durante un tiempo encontró empleo en una tabacalera, hasta que el incremento de la deformidad de la mano derecha le impidió desarrollar la tarea de enrollar los puros. De nuevo, a instancias de su madrastra, que le amenizaba las comidas con palabras de aliento como: “no te ganas ni la comida que te pongo en el plato”, Merrick encontró trabajo como vendedor ambulante de calcetines.

Sin embargo, a medida que la enfermedad degenerativa progresaba, se le incrementó el tamaño del brazo derecho y de los pies, así como del cráneo, además de la extraña cojera, todo ello oculto bajo una extraña indumentaria que, en lugar de hacerle pasar desapercibido, lo convertía en blanco de todas las miradas. Cuando lograba que alguien le abriera la puerta su dicción, terriblemente perjudicada por el aumento del tumor de su labio, le impedía hacerse entender. Así que Merrick, o bien entregaba en casa el dinero que le habían ofrecido para el almuerzo como si procediera de sus ventas del día, o, simplemente, evitaba las horas de la comida para no escuchar los constantes reproches de su madrastra. Finalmente, el gremio de vendedores le retiró la licencia porque aseguraban que “ofrecía una mala imagen”.

Desalentado, Merrick huyó de casa al menos tres veces. Al final su padre y su madrastra decidieron que se ocuparan de él unos tíos que no tenían hijos. Aunque al principio la situación fue agradable, con el tiempo la falta de posibilidades económicas de sus familiares le llevó a Merrick a internarse voluntariamente en un centro de acogida.

Precisamente, en ese lugar decidieron operarle el enorme quiste, con aspecto de trompa, que le dificultaba incluso la ingestión de alimentos. Sin embargo, la vida en el centro de acogida resultaba durísima, con largas jornadas de trabajo, pues los internos debían ganarse el sustento y la yacija donde dormían, con independencia de sus limitaciones físicas. En varias ocasiones, Merrick solicitó abandonar la institución y salió en busca de trabajo. Como no logró lo que se proponía, debido a sus problemas físicos, se puso en contacto epistolar con una famosa figura que se ocupaba de toda clase de exhibiciones en ferias y locales de Londres.

La exposición de su desgracia era la única salida digna, por más indigna que resulte, que la sociedad le ofrecía. Al parecer a pesar de lo escabroso del asunto Merrick logró en esa época una pequeña fortuna y fue, precisamente, en un local enfrente del Hospital de Londres donde el doctor Treves vio a Merrick por vez primera. El médico consiguió que Merrick asistiera a un par de sesiones clínicas para exhibirse, en este caso, en el ámbito académico.

En esos días los espectáculos de “novedades”, que incluían deformaciones y toda clase de truculencias, fueron prohibidos por las autoridades y Merrick fue cedido a un empresario que pensaba realizar una gira por toda Europa con su nueva adquisición. Sin embargo, a los pocos meses de iniciada la “torneé” el gerente comprobó que las autoridades de Europa ponían los mismos problemas que las de Gran Bretaña a ese tipo de espectáculos. Por tanto, una noche robó a Merrick todos sus ahorros y lo abandonó a su suerte en algún lugar de Bruselas.
Joseph Merrick sin dinero, sin propiedades, con un aspecto que llamaba la atención, cuando no alarmaba, a todo ser viviente con el que se tropezaba, y con dificultades para hacerse entender por las deformidades que le atenazaban los labios, se encontraba sin amigos, solo frente al mundo. Al parecer logró vender algún objeto de valor que llevaba consigo para comprarse un pasaje de barco. Pero cierto capitán se negó a que subiera a bordo por el revuelo que podía causar entre los pasajeros. Parte del trayecto lo realizó en tren, oculto tras las cortinas de la ventanilla, lo que no siempre le hacía pasar inadvertido. Tras mil peripecias, hambriento y agotado llegó a la estación de tren de Londres, donde una muchedumbre le rodeó para comprobar qué era ese extraño ser. La policía ante el alboroto se acercó hasta Merrick quien agotado, desvanecido en un rincón de la estación, extendió una tarjeta a los policías. En el cartón arrugado los policías leyeron las señas del Hospital de Londres y del doctor Treves.

El enfermo Merrick fue traslado hasta el Hospital. Treves, saltándose las normas, lo instaló en una habitación para infecciosos. Allí recibió atenciones médicas y cuidados, se le protegió de las adversidades y, por fin, encontró algo parecido a un hogar. Tras unos artículos publicados en el Times por el director del hospital, donde se mencionaba su caso, llegaron donativos para Merrick tan generosos que le aseguraron el sustento de por vida. Unas habitaciones del sótano fueron reformadas y acomodadas al gusto de Merrick. Incluso los príncipes de Gales le visitaron, transformándolo en una auténtica leyenda y hasta en una moda en los círculos de la nobleza y la alta burguesía de la época. Por su parte, Treves descubrió que tras ese aspecto, que no podía expresar alegría o dolor por la crudeza de las malformaciones, se ocultaba un alma sensible, dotada de una gran inteligencia, con una curiosidad inmensa por el mundo, por la vida.
Gracias a una condesa que le ofreció su casa de campo Merrick pudo incluso disfrutar de unos días de asueto en plena naturaleza. Su felicidad y entusiasmo se revelan, mezclados con cierta inocencia, en las misivas que enviaba a su amigo el doctor Treves. Así mismo, Joseph Merrick adoraba la lectura, hasta el punto que lo que más agradecía de sus visitas era que le proporcionaran un buen libro que sumar a su biblioteca. El teatro también le impactó cuando al fin, gracias a la ayuda que le proporcionó una dama y los mismos monarcas, pudo asistir a una representación navideña.

Su enfermedad degeneró: su corazón sufría alteraciones, la cabeza le resultaba cada vez más pesada y su aspecto recordaba a un hombre de sesenta años, si bien tenía unos 27. Una mañana Joseph Merrik apareció muerto en su cama, sin aparentes señales de violencia. Según el doctor Treves el enorme peso de la cabeza termino por asfixiarle mientras dormía.
Esta historia hoy palpita con la misma intensidad que cuando los príncipes de Gales visitaron a Joseph Merrick en su habitación. Desde entonces se han realizado varias obras de teatro, musicales, una película (David Lynch, 1980), se le han dedicado infinidad libros, incluso se ha creado una asociación en homenaje a su memoria.

Se acaba de publicar en castellano La verdadera historia del hombre elefante (Turner, Madrid, 2008) de Michael Howell y Peter Ford. En sus interesantes páginas puede el lector encontrar algunos de los datos que hemos referido y muchos más. Pero me han sorprendido especialmente las referencias del prólogo en relación con la obsesión que muchos han sentido por la persona y la historia de Joseph Merrick. Por ejemplo, el caso de John Hincley, el joven que atentó contra el presidente Reagan en 1981, al que le encontraron poemas con frases como ésta: “Tal vez el hombre elefante entendería mi dilema”. El poeta norteamericano Kenneth Sherman publicó en 1983 Palabras para el Hombre Elefante. El compositor aficionado Michael Cavalli se gastó todos los ahorros de su vida en poner en escena su Poema Sinfónico, basado en el Hombre Elefante.
Por otra parte, en España Manuel Moros publicó el libro Seres Extraordinarios (Edaf, Madrid, 2003) donde dedicaba varias páginas a la historia y la descripción médica de Joseph Merrick. Al azar investigo y me encuentro con la compañía de Teatro Diplo que ha puesto en escena la versión de El Hombre Elefante de Bernard Pomerance en Puerto Rico. De Chile me llegan noticias de una performance titulada El Hombre Elefante (auto de fe).

Ni siquiera quien esto escribe ha podido deshacerse del influjo de Merrick y también ha publicado recientemente su visión teatral de El Hombre Elefante.

Hace unos días María Pilar Martínez Barca presentó, junto con un servidor, ese ya citado volumen titulado La verdadera historia del Hombre Elefante. Tras la proyección del film de David Lynch, María Pilar nos encandiló a todos con sus palabras, vertidas con sabiduría en relación con las dificultades que, a diario, todavía encuentran algunas personas: tanto en las barreras arquitectónicas, como en el trato con los semejantes. María Pilar nos trajo la noticia de un enfermo actual al que se le ha bautizado como “el hombre elefante chino”. Al parecer, tras varias operaciones, poco puede hacerse por él. Alguien le ha ofrecido que se exhiba en público, como si el ser humano ante ciertos estímulos repitiera sus errores.
Al final de la presentación se nos acercó un joven, el actor Jorge Andolz. Ha tenido el privilegio de experimentar en sus carnes al propio Merrick, puesto que lo ha interpretado en un montaje dirigido y adaptado por Jaume Belló. Él mismo, con cierto dibujo de satisfacción que desbordaba sus labios, afirmó: “2BTHEATRE es una compañía especializada en espectáculos de teatro en inglés para adolescentes. Se realizó una versión resumida de la historia, de unos cincuenta minutos de duración. Los actores éramos JORGE ANDOLZ (Joseph Merrick y su propietario del circo), DAVID GUARDIA (dr. Treves) y MERITXELL AIXALÀ (la señora Treves y la Reina). Como técnico de luz sonido y escenografía, ORIOL GRANELL. Hemos representado por casi toda España y el sur de Francia, y con bastante buena acogida (está mal que lo diga yo, pero el caso es que ha sido así).”

Después de los parabienes y la emoción, Jaume añadió: “En un colegio tuvimos que suspender la representación. Había una alumna que tenía una enfermedad similar a la de Merrick y los profesores temían que los alumnos se burlaran de ella”.

Por motivos como éste no he empleado en el título de este artículo el apelativo de “hombre elefante”, sino que, en su lugar, he preferido utilizar el verdadero nombre de este ser humano ejemplar: Joseph Merrick. Siempre puede aprenderse, aunque sea tarde.

Comentarios

2 comentarios en el artículo “La extraña y nunca lo suficientemente ponderada historia de Joseph Merrick”

  1. Emmanuelle en 8-Agosto-2008 9:56 pm

    Te felicito, amigo mío por el homenaje. Se nota que estás muy al tanto y seguís muy de cerca su historia.
    Me gustaría recalcar algunas imprecisiones y acotar algunas cosas, humildemente:

    1) Sus padres eran Joseph Rocley Merrick y Mary Anne Potterton. Los que nombras son sus abuelos paternos.
    2) No vendía calcetines, vendía artículos de mercería de la tienda de su padre.
    3) La licencia como vendedor no se la retiraron exactamente. Cuando esta se venció (ya viviendo en lo de sus tíos, no con su padre) no se la renovaron debido a la queja de los vecinos.
    4) Sus padres no decidieron que se ocuparan sus tíos, él escapo un día luego de una tremenda paliza de parte de su padre (Joseph no había traído dinero a su casa porque se lo gastó en comida, ya que estaba practicamente -y lógicamente- muriendose de hambre) a la casa de su tío Charles y su esposa que no tenían hijos aún.
    5) Lo encontraron muerto la noche del 11 de Abril y si bien en principio se creyó que se había asfixiado, simplemente se rompió el cuello.

    Muchas gracias por brindarnos este texto y ojalá la historia de este inachable personaje prevalezca en la historia del mundo por siempre.

  2. Raúl Herrero en 13-Agosto-2008 12:09 pm

    Muchas gracias Emmanuelle por tus preciosiones que sin duda enriquecen y aportan precisión.
    Un cordial saludo.

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