La circuncisión de Peter Pan

18-Abril-2010 · Imprimir este artículo

Por David Lastra

Ni el paro, ni el terrorismo, ni mucho menos el grado de dificultad 3 de los Sudokus. Hoy en día existe un drama aún mayor en la existencia del ser humano. Mucho más antiguo y aterrador, una condena que atenaza y marca de por vida: la cría y educación de los hijos. El anticristo en pañales. El día después de nacer, estos niños y niñas cometen su primer desliz. Un pecado mayor y menos divertido que el de Onán: crecer. Desde ese momento, el infante será visto como un error, no de cuentas u otras pruebas caseras anti-embarazo, sino como un verdadero criminal. Lejos de ser castigados con la muerte o con el billete de vuelta al útero, la sociedad les dará una única opción para ser adaptados: pasar por el aro. Entra en juego el valor humanista de la educación, lo que no es ni más ni menos que una especie de corrección del error primigenio que es el comportamiento del menor. Otra nueva batalla contra la naturaleza. La educación debe sacar de su estado de salvajismo al infante para convertirle en un hombre/mujer del mañana. Estas medidas educativas las llevan a cabo los progenitores (sea uno o trino) a través del mítico sistema motivacional del palo y la zanahoria. El progreso, el miedo al fracaso y la vocación de ‘llegar a ser alguien’ estarán marcados por unos modelos de conducta que los menores tomarán del hogar (risas enlatadas) y de otro tipo de influencias exteriores, ya sea de sus coetáneos en el patio de la escuela o en otros lugares de reunión, o de los medios de comunicación. Obviando las videoconsolas y el Flokyl, las herramientas básicas de apoyo para estos primeros años serán básicamente dos: los juguetes y los cuentos.

Pese a que su etimología provenga del mismo iocus que ‘juego’, los juguetes no poseen la función de divertimento sino más bien son un instrumento educacional instructivo. No dejan de ser una reproducción mimética a pequeña escala de las labores profesionales que el menor llevará a cabo en su futuro trabajo (casi siempre desembocando en una vocación frustrada). Pero es ante este tipo de situaciones en las que la naturaleza juerguista del infante sale a relucir. Su juego no se asemeja al concepto adulto de la palabra. Los pequeños se entregan al juego de manera incondicional, por el puro ejercicio de dejarse llevar, mientras que el adulto lo ve como una especie de pérdida menor de tiempo. Un ejercicio egoísta con el mero descanso como finalidad principal. La perversión del juego infantil se termina convirtiendo con el tiempo en lo que conocemos en la madurez como ocio.

Con el juego, el niño desmaterializa el mundo en el que vive. La solemnidad grandilocuente del consensuado ‘mundo real’ se diluye en una realidad paralela personal mucho más grave y heroica. En ella no tienen cabida lo molesto ni lo grotesco, el infante lo suprime e idealiza su propio universo. Un hechizo invocado mediante acciones absurdas llevadas a cabo en la ‘realidad’ a través de las cuales el menor intentará salvar su ideal narcisista de haber hecho algo extraordinario en la suya propia. Un paraíso artificial al que el adulto intentará regresar a través de todo tipo de tranquilizantes y estimulantes que le darán momentáneamente una pequeña sensación de recuerdo que, lejos de acercarle a su malakut, no harán sino alimentar el monstruo de la nostalgia.

La mitomanía infantil encuentra su vínculo perfecto con el mundo adulto gracias los libros. En ellos son los mayores los que mediante un ejercicio introspectivo intentan acordarse de un idioma y costumbres que hace décadas dejaron de practicar. La reanimación de estos signos y recuerdos ha tenido como fruto no sólo obras didácticas sino grandes mitos de la literatura. Menores como Alicia o Peter Pan se han convertido en figuras básicas para la iconografía popular. La lectura (y la no-lectura más) de cuentos infantiles marcará la existencia posterior del niño. La disolución imaginativa del niño será diferente si ha aprendido a leer con Hoffman o si sus primeros balbuceos literarios han sido con Christopher Robin y su osito Pooh. Por supuesto que estas lecturas no llevarán consigo que el efebo se convierta en Michael Haneke o en Julia Roberts, pero ayudarán a la construcción de su identidad.

La elección del acompañante de juegos durante las primeras lecturas no debe ser tomada a la ligera y ni mucho menos dejar que una persona como Ana Botella se encargue de semejante papel. Su selección naif de cuentos ni se acerca a los jardines de Kensington, ni mucho menos a la transgresión carrolliana. Puede que sus hijos no hayan leído obras perpetradas por un asexuado (J.M. Barrie) o por un pederasta presumible opiómano (Lewis Carroll), si acaso habrán echado un vistazo al cuento ultranacionalista de los Estados Unidos de Oz (L. Frank Baum). El error de no tomar distancia entre el autor y la obra puede ser fatal en este caso. Si fuese por el juicio de las perversiones, puede que no nos quedásemos sin todo el arte literario, pero sí sin el más interesante. Dejen a las obras vivir su vida, sobre todo cuando sus autores hace tiempo que reposan bajo tierra.

La elección de la droga siempre vendrá de la mano del niño y el primer chute siempre será con alguien de confianza. La elección del héroe (en gran parte de los casos, heroína) se convierte en la clave. Dar el primer dedal (léase ‘beso’) a la vivaz Alicia o a la maternal Wendy no es ninguna trivialidad. Habrá alguno que prefiera a la pavisosa de Dorothy (más conocida como Dorita por estos lares), pero el rey siempre será Peter Pan. El niño terrible por excelencia, una representación del mismísimo demonio que fue perdiendo su perfidia a medida que su éxito se fue acrecentando. ¿Cuál de estos niños prefiere que sea el primer instructor de sus vástagos? El mundo infantil está basado, en principio y por principios, en la libertad. Por esa razón, nunca deberá ser condicionado por el mundo adulto, ni apenas supervisado. Tratar de descubrir qué hay debajo de las faldas de Alicia o de sexualizar al Conejo Blanco es estúpido. ¿Para qué coño queremos circuncidar a Peter Pan si su polla es un simulacro?

Comentarios

2 comentarios en el artículo “La circuncisión de Peter Pan”

  1. Armando en 20-Abril-2010 9:38 am

    Así sí.

    SI es así lo mismo conseguimos hacer algo que merezca la pena.

    Enhorabuena por el artículo.

  2. Fuerecito en 22-Abril-2010 4:17 pm

    Yo de mayor quiero ser Julia Roberts!

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