La apisonadora china

Ernst Jünger se refiere a la tradición tibetana como a la gran reserva humana de la quietud y del silencio, de la templanza y de la capacidad de encuentro con la Nada. En tal capacidad, glosada por tradiciones espirituales diversas, se decidiría esa potencia de transformación de la nada que nos quiebra y se nos confronta en esa otra Nada, vacía, plena y fértil, que acoge toda perspectiva como si de una retícula huidiza se tratara. Visto así el Tíbet, y el holocausto del pueblo tibetano, podrían ser entendidos como el devenir de una tierra mítica que en su tragedia a todos nos convoca. Acaso el más lamentable exponente de una época engustada en despreciar y degradar toda referencia espiritual que vaya más allá de las necesidades más corrientes y vulgares del hombre masa. No en vano esta alusión jungueriana al Tíbet y a la sabiduría del Buda se nos brinda en el diálogo Sobre la Línea que mantuvo con Martin Heidegger a propósito de cómo remontar el sesgo nihilista y tanático del Occidente moderno…
Si bien son los chinos quienes sistemáticamente vienen devastando la tierra tibetana no olvidemos que esos mismos chinos se limitan a reproducir el propio proceso de devastación cultural y humana al que fue sometida la propia tradición china en la época del maoísmo. Lejos de una mera confrontación entre chinos y tibetanos el etnocidio que día a día acontece en el Tibet no es sino un exponente privilegiado de las diversas tragedias que se derivan de la aplicación de las programáticas surgidas de los más sombríos laboratorios políticos de la Ilustración. Por eso no nos debe sorprender la pasividad del Occidente moderno, en tanto auténtico exportador de tales programáticas de ingeniería social. Sobre esto recuerdo las palabras del maoísta Pol Pot a un periodista francés sobre la carnicería de los jemeres rojos en Camboya: “Lo único que he hecho es aplicar las ideas revolucionarias que me enseñaron en tu país”. Décadas después, tras la “pedagogía maoísta”, lo que primamos es la globalización y la “orgía” del mercado. Y es que la pasividad de los países occidentales ante el etnocidio del Tíbet nos interpela a todos.

Comentarios

1 comentario en el artículo “La apisonadora china”

  1. Jaime en 16-noviembre 4:21 am

    Algo tan a priori nefasto, como es la invasión e intento de aniquilación de un pueblo y su cultura, tiene una parte positiva. Muchos grandes maestros de los linajes de budismo tibetano, forzados al exilio, viven ahora en occidente, haciendo mucho más accesible para nosotros una escuela espiritual que de lo contrario habría seguido aislada en lo alto del Himalaya. Que en casi cualquier librería del mundo haya ahora una sección con libros del Dalai Lama se lo debemos a los chinos. Por otro lado, el budismo, las enseñanas del Buda, como dice Ponlop Rinpoche, son “como agua pura”, carecen de idioma, de la forma o el color de una cultura: añádele especias, té, leche, azucar y tendrás té chai (budismo indio), añádele unas hojas de té oolong (té verde chino) al agua y tendrás budismo chino, e igual en Tíbet (mejor verle bromear a él mismo sobre el tema: http://www.youtube.com/watch?v=QKCRPJfVDbc). Pues lo mismo está pasando en occidente. El dharma se adapta a la cultura allá donde viaja, y las primeras formas de budismo occidental están empezando a aparecer. Por ejemplo, la escuela Shambhala, fundada por Chogyam Trungpa Rinpoche o la más reciente Tergar, comunidad de meditadores de Mingyur Rinpoche. También, por ejemplo, tuve la suerte de ver y escuchar a Sogyal Rinpoche en el salón de actos del Ramiro de Maeztu el año pasado. Están también los muy interesantes estudios de neurociencia con meditadores experimentados llevados a cabo por Francisco Varela, Richard Davidson, Antoine Lutz entre otros. Es paradójico, tan paradójico que el nacimiento del budismo occidental y esta accesibilidad de la que a mí me parece que occidente se está nutriendo cada vez más, tenga su origen la invasión China de Tíbet…

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