La alacridad en El Niño Gusano

18-julio-2008 · Imprimir este artículo

Por Ximo Brotons

Si pudiera elegir
saldría de la bolsa del canguro,
si tuviera que elegir
me quitaría la piel para estar desnudo.
Yo no sé contar lo que pasa en la realidad.
Si pudiera elegir
sería el hombre más lento del mundo,
ya tengo listo un traje para mi corazón:
pondré mi mente al sol.
El Niño Gusano, Pon tu mente al sol

Para empezar a hablar del grupo pop español El Niño Gusano (1995-1999), mencionaremos los versos de Borges en Ewigkeit:

“Torne en mi boca el verso castellano
a decir lo que siempre está diciendo
desde el latín de Séneca. El horrendo
dictamen de que todo es del gusano”

Lo dijeron también Sófocles y Kafka: somos los animales más extraños, asombrosos insectos, criaturas fantásticas, monstruos reducidos a la ignorancia de un mundo que apenas nos ofrece amparo y protección, abrumados por la inapelable verdad de que además todo está destinado a pudrirse y desaparecer. Y ahí surge la pregunta capital, que tomo de Cioran: “¿Hasta dónde se ha llegado en la percepción de la irrealidad?” (La tentación de existir).

Las canciones del grupo pop zaragozano El Niño Gusano, liderado por Sergio Algora y cuya trayectoria incluye cuatro elepés (Circo luso, Efecto lupa, El escarabajo más grande de Europa y Fantástico entre los pinos), plantean todas los retos escondidos en esta pregunta capital. Pues la mezcla de pop minimalista y de letras surrealistas de El Niño Gusano no hace sino incidir en esta irrealidad, que una buena mañana encontramos acurrucada en nuestro regazo, al despertar. Sus canciones son como fragmentos de esa irrealidad, de la extrañeza de su percepción, de la tristeza que la rodea y de la alacridad que sentimos al vivirla tal como es. De ahí la teatralidad y risibilidad de las canciones de El Niño Gusano, la proliferación de personajes (“Pumuky”, “Hombre bombilla”, “Capitán mosca”, “Mme. Dos Rombos”, “Mr. Camping”) y atisbos surrealistas de las tramas conceptuales de las letras, los absurdos desgarros de lucidez, la incansable voluntad de narrar lo inenarrable mediante cualquier subterfugio, la “perfección inacabada” (Saint-John Perse) de sus frases musicales, las continuas y repentinas metamorfosis de las canciones, la “risa exterminadora” (Rosset) que al final de las mismas estalla como una liberación. Pues tal como respondió Cioran a la pregunta capital, “liberarse es alegrarse de esa irrealidad y buscarla en todo momento”. De esa alegría surgen las canciones de El Niño Gusano, teñidas de una melancolía ineliminable que redobla si cabe la vivacidad de las mismas y las destina finalmente a ese raro sentimiento que llamamos alacridad. Veámoslo más detenidamente.

El dictamen suena una y otra vez con su soniquete lúgubre: “todo es del gusano”. Una mañana nos despertamos cumpliendo lo dictado, convertidos en infectas criaturas. La extrañeza golpea en nuestra cabeza dejándonos sin voz y sin futuro, pero al mismo tiempo esa cabeza sorprendida se llena de un color humano, el color de la irrealidad (“Sabes que soy mudo y hablo con la mente (…)/el sol en mi cabeza es de muchos colores”, Menta, “Circo luso”). Mudos y absortos, en nosotros nace la imaginación, cuyo vuelo nos alza hasta lo que parecía entonces imposible en la presunta realidad (“Mi cabeza es la silla de montar del cielo azul”, Bizcochino, “Circo luso”). Irreales, poco a poco vamos saliendo de la cama que nos ha cambiado, de la noche y de los sueños que operaron la transformación. Una soledad y una tristeza enormes, irrazonables, nos invaden y nos asedian; una pena sin nombre nos quita el nombre de ayer y nos lanza a la intemperie del día.

Ya no hay nadie en mi cabeza rascacielos,
y por mi nombre ningún hombre ya responde.
Todos mis sueños son hermosas pesadillas
y en el planeta ni siquiera se oyen voces.
Lourdes, “El escarabajo más grande de Europa”

Traspasados por este rayo de irrealidad, dejamos inmediatamente de existir (“Ahora que mi vida se ha convertido en cuento”, Pelícano, “Efecto lupa”). ¿Cómo empezar a andar, cómo empezar a vivir esta nueva vida, cómo soportar este nuevo cuerpo monstruoso? Convertidos a la irrealidad, no nos queda otra forma de existir que intentar narrar esa irrealidad realmente inenarrable: no hay aquí un juego de palabras, sino el puro juego de esta misma vida, un juego de palabras y de personajes a cuyo través podemos hacer frente a esta nueva inasible realidad. “Máscara es todo lo que no es la muerte”, señala Cioran, y a ella se aferran los personajes estrafalarios de las canciones de El Niño Gusano, surrealistas y mágicos, como la mejor tradición del cuento popular europeo que va desde Perrault hasta Lewis Carroll, Gianni Rodari y Roald Dahl. En el viaje al fondo sin fondo de nosotros mismos, nos hemos hecho realmente humanos, es decir, personajes de un cuento relatado por un idiota (Shakespeare). Por eso percibimos con asombro y pena la nada que nos constituye, la vacuidad de nuestros sueños, la frustración de nuestros deseos, la insignificancia de nuestros ínfimos cuerpos.

Y si somos tan pequeños
podemos pilotar las miniaturas que nos dan para jugar.
Se quedó encogido el mundo,
ya no sirve ni para pasear.
Mira el péndulo, “El escarabjo más grande de Europa”

Arrastramos nuestras moles torpes por las calles de una ciudad repetitiva e insensata, tan muda, tan sola y tan fría como nosotros mismos. Se esfumaron también en ella las ilusiones y las promesas (“Ya no hay nada que celebrar”, Ciempiés, “Circo luso”), el futuro y el porvenir. Lo primero que vemos en la ciudad es el reflejo de nuestra insignificancia, la perdurable vanidad de nuestro ego, definitivamente absorbido por el maremoto de irrealidad que aniquila sus cimientos, su hogar.

Nada más entrar él sale para nada,
al irse a dormir se desnuda para nada,
si te ve pasar te dirá gracias de nada,
en su ropa y en su piel nunca pasa nada,
es un buen chaval que a nadie dice nada (…)
Y aunque nos creamos especiales
todos preguntamos los nombres de las calles
¿Dónde viviré hoy?
Román, “Fantástico entre los pinos”

Según Cioran “el ejercicio del aliento es incompatible con la lucidez”. Asfixiados, transtornados, pero al mismo tiempo tozudamente vivos, monstruosamente vivos, formamos parte de una especie de mundo equivalente al que fatigan los personajes de las obras de teatro de Beckett: un “infierno milagroso”. El aire y el tiempo se reducen a cada gesto y cada gesto reduce cada vez más el espacio que habitamos: “Hundí el tenedor en tu pelo por casualidad/cada segundo nos visita una calamidad”, Y lo que digo cinco veces es verdad, “Efecto lupa”. Si ya no podemos esperar, ni permanecer, si la desesperación se ha convertido en nuestra forma de respirar, de andar, de mirar, de ser, ¿qué podemos querer, si también hemos descubierto lo irrealizable de nuestros ensueños más radicales? El Niño Gusano insiste en el viejo motivo: “Se hizo el silencio, se hizo el silencio/a cada boca, yo/concedí un deseo/todos se cumplieron,/todos menos el mío”, El rey ha muerto, “Efecto lupa”. Y a la ausencia de satisfacción se añade para acabarlo de rematar la locura de la imposibilidad de crear y de jugar en este mundo inhóspito: “No puedes decir nada nuevo,/no puedes descubrir sin repetirte”, Capitán mosca, “Circo luso”.

Pero, sin embargo, de esa cabeza solitaria que habita en el rascacielos de nuestro cuerpo puede sobrevenir una nueva transformación. Nacidos, descontando el nacimiento físico, dos veces, como Dionisos, dios extraño, lo que empezó reduciéndonos por asifixia se torna en lo que nos abre a horizontes más clarividentes, lo que empezó sumiéndonos en una tristeza infrahumana se cambia indescriptiblemente en una alegría sobrehumana. Pues, en primer lugar, descubrimos que esa cabeza imaginaria, sola y sin nombre, es al mismo tiempo el último refugio de nuestra irreductible intimidad y la puerta a una realidad más libre (“Mi cabeza es insustituible”, La clínica de la radio y la televisión, “El escarabajo más grande de Europa”). Descubrimos que esa irrealidad que nos angustiaba de una manera indecible va cobrando realidad, la verdadera, en nuestro cuerpo, que no obstante la tristeza no deja de asediar, constreñir y anular. Cuanto más lejos se ha ido en la percepción de la irrealidad, tanto más abiertas se han descubierto las posibilidades de nuestro cuerpo, de nuestra acción libre, para romper con lo que algunos han etiquetado engañosamente como realidad, la cual a fin de cuentas descubrimos como la verdadera fuente de opresión. De ahí que nos alegremos por lo que en principio nos asustó, asumiendo con todas las consecuencias la ambivalencia del nuevo desafío.

Ya no como en el plato del perro,
por las noches vuelvo a tener sueño,
en mi casa tengo un podio,
soy el primero cuando quiero.
Y el rayo cae y hace mal,
cae porque sí y es subnormal,
es como tú.
Un rayo cae, “El escarabajo más grande de Europa”

Esta canción señala con acuidad el motivo de esta segunda metamorfosis: se llama amor fati. En la asunción de la fatalidad, lo real vuelve a ser posible: tal es el hondo sentido de la percepción de la irrealidad humana, sobre todo en términos de lenguaje. De ahí el surrealismo de las letras de El Niño Gusano, pues el surrealismo manifiesta el verdadero carácter de la palabra humana, su plena extranjería, allí donde la palabra está y es “asombrada e inquieta, entregándose a los afectos de lo inmensurable” (Grupo Surrealista de Madrid). Sin embargo, a pesar de este verdadero renacimiento cuasi dionisíaco la marca de la primera metamorfosis continúa grabada en nuestra piel.

Lo dejé, ya no estoy en la basura,
ahora estoy como bañado en oro,
mis desechos perfuman jardines,
mis insultos pueden divertirles,
una pastilla y a la cama,
mientras soñáis yo dormiré.
Yo soy uno de los 4 Fantásticos,
tengo experiencia en perder el tiempo (…)
Y mis ojos están vírgenes,
yo los abro y sigo ciego.
Continuará, “Fantástico entre los pinos”

Tal huella de la fatalidad sigue y seguirá impresa en nuestros renacidos ojos. “Estamos todos en el fondo de un infierno, cada instante del cual es un milagro”, señalaba Cioran. De ahí que la vivacidad del sentimiento de liberación que procura la percepción de la irrealidad se vea acompañada de cierta melancolía. Señal de la primera y radical mutación, reverso de los momentos de plenitud y de liberación, la melancolía nos liga asimismo al mundo primordial, curiosa e inquietantemente instantáneo: “una pereza anterior al mundo me ata a este instante… Y cuando, para sacudirla, alerto a mis instintos, caigo en otra pereza, en esa pereza trágica que se llama melancolía”, escribe Cioran. Incluso se puede hablar del poder humanizador de la melancolía, pues no en vano lo que los antiguos diagnosticaban como enfermedad de la accedía no es más que la entraña misma de nuestra condición. El escritor Robert Walser lo explica inmejorablemente: “¡Qué bribona puede ser la cruda realidad algunas veces! Roba cosas con las que después no sabe qué hacer. Hay, según parece, momentos en que se divierte difundiendo melancolía. Y ésta, por otra parte, me resulta muy querida, sí, muy, pero que muy estimable. La melancolía forma” (Jakob Von Gunten). Ese poso melancólico de lo incurable permanece y permanecerá siempre al lado de cualquier explosión de alacridad, como dotando a ésta de raíz y de sustancia.

De un sombrero de copas salí,
a ese hogar yo quiero ir,
no ves que allí no necesito mapas.
Y la mujer policía me acompañará a mi domicilio ideal,
y mi ángel guarda será mi truco definitivo
para pasar un año entero sin parar de reír
¡Qué bien sabe no existir!
Ángel guarda, “El escarabajo más grande de Europa”

Pero aquello que consigue transmutar la pena radical de lo insignificante en ese sabor agradabilísimo de la inexistencia sin recurir a nada más que a sí mismo es el amor. Cuando se individualiza, el amor fati se proyecta en ternura, se abre como al delirio de la hospitalidad (“Cada caricia es un gran hotel”, Ahora feliz-feliz, “El escarabajo más grande de Europa”), donde la realidad presunta es puesta en cuestión de una manera innegociable. El deseo puede confundirse con el asco, la tristeza con la alegría, pero en el centro se yerguen inexpugnables, invulnerables, nuestro frágiles cuerpos vivos (“Conde Duque, hay un cielo caliente en cada cuerpo,/un cielo sonriente con sombrero”, Conde Duque, “Efecto lupa”). De ahí procede el tan célebre como malentendido exabrupto de Unamuno, “¡Que inventen ellos!”, del que El Niño Gusano hace la siguiente interpretación.

¿Qué va usted a inventar?
Una máquina no me servirá (…)
Quiero un cuerpo nuevo
con manos y pies y lleno de besos,
un cuerpo dulce y amable
que sepa siempre quién es su dueño (…)
No pesa más de un gramo
todo lo que amo.
Sobrinito, “Circo luso”

Aun así, seguimos estando marcados, agobiados en medio de un mundo que nos intimida y nos supera. “Lo más verdadero de todo es mirar a un mundo pánico en el cual, de un instante a otro, todo cambia de expresión, y así continuamente, de instante en instante, de lo alegre a lo aterrador, de estar lleno de vida a estar muerto de cansancio, etc. etc.”, escribe Peter Handke (Fantasías de la repetición). Y es que si la alegría del cuerpo (y del amor) resulta realmente vivaz y tonificante es porque, a diferencia de la dudosa respetabilidad que nos reconciliaría con la presunta realidad sin tacha, no requiere de muchos requisitos (dinero, posición social, etc.): la alegría es porque sí, como las rosas y la fatalidad y “el rayo que cae”: la alegría sobreviene.

Es un honor no tener honor,
es mejor sentirse siempre peor.
En un vaso algo brilla como el sol,
el amor da siempre mal olor.
En tu nariz se pudre el corazón,
el nadador se ha fumado el sol.
Hay dos sexos en el mismo bañador.
Yukón, “Fantástico entre los pinos”

Lejos de los oropeles de la llamada “realidad”, nuestros múltiples “yoes” cambian y se metamorfosean, crecen y menguan, sufren y ríen. Poco a poco vamos llegando al centro de nosotros mismos, al pozo caótico del que procedemos. La percepción de la irrealidad se zambulle en el variado presente y permanece, tal como quería Nietzsche, “a la altura del azar” (“Tejí con hilo verde/una alfombra de hojas donde tumbarme,/también fabriqué un dado/con la palabra “hoy” en cada lado”, Pon tu mente al sol, “Efecto lupa”). Por eso la alacridad es siempre trágica, porque es mortal. “Sólo damos el paso decisivo hacia nosotros mismos”, afirma Cioran hablando de los personajes de Beckett, “cuando nos quedamos sin origen y ofrecemos tan poca materia para una biografía como Dios…”. El Niño Gusano suscribe esta broma.

De este hombre nunca habrá
fotos en las enciclopedias
y soplará y soplará y su casa tirará.
Todos sus trofeos son polvo en las estanterías,
y aunque te diga su nombre no sabrás quién es,
todo en él funciona a vapor (…)
En un cuaderno está escrito todo el daño que hizo,
se lo aprendió y aun así suspendió.
Tolkas, “El escarabajo más grande de Europa”

Y así sucesivamente. El Niño Gusano se disolvió en el verano de 1999. A lo largo de sus cuatro trabajos discográficos recorrieron el minoritario circuito independiente del pop español de los años noventa. Pero no lograron alcanzar un éxito que persiguieron: tuvieron un público muy fiel, pero reducido. ¿Fueron demasiado irreales? Sergio Algora, que tiene publicados algunos poemas, fundó en solitario el grupo Muy Poca Gente, y parte del resto de la banda se unió en otro llamado Tachenko. Luego Algora ha estado con uno de los miembros de Australian Blonde formando La Costa Brava. Quizás el mismo cansancio físico (pues, con todo, nuestro primer nacimiento fue físico y, aunque lingüísticos, naturaleza, y natura naturata como diría Spinoza, nunca dejamos de ser), al que aludían en su canción Soy ruso, señor (“El escarabajo más grande de Europa”), pudo con una de las propuestas más originales y más coherentes del rock hispánico de la última década del siglo XX. Castaneda, en Las enseñanzas de Don Juan, sostiene que son cuatro los peligros que debemos ir superando en la vida: el miedo, la claridad, el poder y la vejez, vale decir la muerte, ésta última finalmente invencible. Así vuelve la cantinela de que todo es del gusano.

En cualquier caso, yo me quedo con la alacridad que resuena en todas y cada una de sus formidables composiciones, tan seductoras como la titulada Casanova, en la que la jovialidad transforma al animal más extraño en amador.

Y si te cansa mi casa
tienes el hospicio de San Francisco de Asís (…)
Hace tiempo que me disfracé
y a menudo cambio de traje,
soy como un pavo real
ante animales innobles y despreciables comensales. (…)
Doy menos sombra que un solar
y mi cuerpo es mi equipaje (…)
Estoy tan cerca de la buena gente,
tengo tiempo para soñar.

Casanova, “El escarabajo más grande de Europa”

Comentarios

1 comentario en el artículo “La alacridad en El Niño Gusano”

  1. ximo brotons en 18-julio-2008 12:05 pm

    alacridad o hilaridad, tanto da. la “hilaritas” de Spinoza.

    una pena el adiós de Algora.

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