Inmortalidad. La cura de la muerte.

4-febrero-2010 · Imprimir este artículo

Por José Cervera

Maldecidos con un exceso de inteligencia, los humanos somos los únicos mamíferos que saben que van a morir; monos que conocen su propio final, y que desde hace milenios albergan una común y viva fantasía: burlar a la muerte. Con este fin inventamos hace milenios la religión y la arquitectura, la alquimia, la literatura y el espiritismo. Con este fin diseñamos filosofías y construimos imperios, exploramos nuevos mundos y hacemos el amor: para dejar de morir, para seguir viviendo para siempre. Desde hace apenas un par de siglos nuestra confianza está sobre todo en la ciencia; abandonada la persecución de la piedra filosofal y la Fuente de la Eterna Juventud esperamos desentrañar las causas físicas de la vejez y la muerte con el fin de contrarrestarlas; de curar de una vez para siempre al Enemigo Final. Vanidad, tan sólo vanidad de alcanzar mediante nuestro ingenio lo que al resto del mundo natural le está vedado: la vida eterna, durar por siempre, ser quienes somos sin fecha alguna de caducidad, sin fin.

Nuestra arrogancia sin límites sólo se ve superada por nuestra infinita ignorancia. Pero seguimos intentándolo.

En la Sima de los Huesos, en Atapuerca, tenemos la primera prueba de que hace medio millón de años nuestros antepasados ya diferenciaban entre sus propios muertos y los del resto del reino animal. Los cadáveres humanos eran con toda probabilidad separados y arrojados a un lugar especial, tal vez hasta honrados con ofrendas, como el hallazgo del hermoso bifaz rojo apodado ‘excalibur’ sugiere. Tal vez por entonces ya hubiésemos inventado nuestro primer mecanismo para asegurarnos la inmortalidad: la religión y la vida después de la muerte.

Todas las religiones se basan en la promesa abierta de la inmortalidad; una inmortalidad invisible a nuestros ojos, una impalpable vida eterna que continua después de la muerte sin interrupción. Lo cual exige inventar una porción de nosotros que, a diferencia de este cuerpo de carne, sangre y hueso, no muere jamás: el alma. La muerte deja de ser el final para pasar a ser la liberación de nuestra inmortal porción del resto, y su viaje a un plano diferente de la existencia donde nos espera la eternidad. De castigo, si no hemos cumplido con las exigencias de nuestro dios; o de recompensa, si hemos llevado a cabo los adecuados rituales de la manera prescrita, pero siempre eterna. El cuerpo y sus indignidades y debilidades no es más que una crisálida, un contenedor temporal: nuestro verdadero yo vive para siempre.

Lamentablemente nadie jamás ha vuelto del otro lado de la muerte para confirmarlo; aunque muchos hayan alegado haberlo hecho, las pruebas indican lo contrario.

Así que aunque esta visión religiosa de la vida eterna sea tentadora y consoladora, siempre ha habido escépticos incapaces de reunir suficiente fe en dios.

Así nacieron la alquimia, la escritura y la arquitectura funeraria; la una prometiendo el fin de la muerte mediante pócimas y sahumerios, la otra proporcionando inmortalidad en forma de ecos eternos del nombre y las palabras, por fin la última confiando en la perdurabilidad de las montañas de piedra artificial. Incontables incautos han pagado con dinero y salud los engaños propios y ajenos de los alquimistas, algunos de los cuales han dejado eco por su arte. Incontables escritores y escribas conocidos y anónimos han descubierto que la mayoría de las palabras acaban llevadas por el viento de los milenios.

Algunos reyes y emperadores, no todos ni mucho menos, han conseguido su objetivo de ser recordados por los monumentos que ordenaron construir. Pero ningún alquimista medieval, autor de comedias de la Atenas clásica, ni faraón sigue hoy vivo por alta que fuera su pirámide, por perfecta que fuera su quintaesencia o hermosa su metáfora. Que el mundo recuerde tu nombre o incluso se conserve tu estatua está bien, pero no es lo mismo que estar vivo dentro de 5.000 años.

Es el mismo problema con la reproducción; tener hijos está bien, y es una forma de inmortalidad, claro, pero no es lo mismo que dejar de estirar la pata.

Hoy tenemos ecos de la alquimia y la escritura en nuestro mundo moderno, pero dirigidas esta vez a asegurar no la inmortalidad de la leyenda o la historia, sino la ausencia de muerte. O, como mínimo, la promesa de la resurrección.

Confiados en el progreso, hay personas que piensan realmente que es posible curar la muerte. Que tenemos mecanismos, recetas, trucos para obviar el fin y vivir eternamente.

Hay quien deposita su fe en el futuro y la ciencia en lugar de hacerlo en el pasado y los dioses. Un sustancioso grupo de seres humanos que se caracterizan por vivir en un lugar rico y tecnificado sufren porque piensan que su vida acabará antes de que los laboratorios produzcan la cura de la muerte. Y para trampear este inconveniente fatal de haber nacido demasiado pronto disponen, y pagan, que a su aún inevitable muerte aquello que ellos son sea preservado en hielo. Congelados, a la espera de que futuros milagros de la medicina les curen no sólo su avanzado estado de muerte, sino la enfermedad original que los llevó allí. Sus cabezas son cortadas a su muerte, sus arterias y venas irrigadas con anticoagulantes y anticongelantes, y el precioso estuche del cerebro (donde están “ellos”) es sumergido en nitrógeno líquido. Así abordan un viaje al futuro, sólo ida. El pasaje no es barato.

Tampoco es muy probable que sea eficaz. El Panteón de Roma, Santa Sofía en Estambul, el Partenón en Atenas, las Pirámides egipcias y Mayas y Macchu Picchu pueden todos atestiguar lo complicado que es asegurarse un buen servicio postventa que mantenga las cosas en orden durante milenios. Las empresas que se dedican a la conservación de cabezas en nitrógeno líquido tendrán que sobrevivir durante todo ese tiempo sin perder el frío a través de revoluciones, terremotos, tornados, desplomes bursátiles, apagones eléctricos, ataques terroristas, cambios tecnológicos y todo tipo de accidentes históricos, lo cual es poco probable. Y aunque así lo hicieran: ¿Quién nos asegura que los hoy prometedores campos de la nanotecnología y la medicina regenerativa cumplirán mañana y serán capaces de volver a la vida cabezas muertas hace milenios?

Ciencia: La esperanza de vida y la eterna juventud

Salvo avances indistinguibles de la magia lo más que los estudios con células madre, desintoxicación celular o reparación de ADN van a proporcionarnos en el futuro inmediato son algunas décadas más, no siglos. Y no hablemos del nivel de deterioro físico e intelectual que suponen esas décadas o años extra: muchas de las enfermedades que hoy asolan la ancianidad eran simplemente desconocidas en el pasado, porque son producto de la pura, simple y acumulativa vejez. Claro que la esperanza de vida ha aumentado durante el siglo XX a pasos agigantados en todo el mundo; sí, incluso en los peores países del África profunda la gente vive más años, por término medio. En algunos momentos incluso la tasa de aceleración se ha acelerado, abriendo la curiosa posibilidad de que en algún momento del futuro cercano la esperanza de vida crezca a un ritmo superior a un año al año. Poquito a poco podríamos así alcanzar la inmortalidad.

Pero claro, estamos hablando de estadísticas, el tercer grado de la falsedad tras las malditas mentiras. La esperanza de vida de una población puede ser en la práctica infinita, pero eso de poco sirve si los individuos que la forman (usted y yo, un suponer) siguen pudiendo morir en un accidente, o por un simple problema de azar. No es agradable ser el único que palma de una población de inmortales, simplemente por estar en el lado equivocado de la Campana de Gauss. Se debe sentir uno como un bobo.

La informática o el “uploading”

De ahí que haya quien ha abandonado la biología, y su hija bastarda la medicina, para depositar sus esperanzas de alcanzar una edad infinita en una disciplina sorprendente: la informática. El último alarido en la cosa de curar la muerte consiste en hacer una copia de seguridad de uno mismo: se llama “uploading”, y los escritores de ciencia ficción de la rama cyberpunk lo adoran.

La cosa se basa en un presupuesto básico que podría perfectamente estar equivocado, a saber: no hay ninguna parte inmortal en nosotros, pero lo que somos (pensamos, vivimos, recordamos, percibimos, sentimos) está dentro de nuestras cabezas: en el cerebro, que es un ordenador, y nosotros su programa. La mente sería el conjunto de instrucciones que forman ese programa; tarde o temprano encontraremos la manera de cargarlo en otro ordenador, uno artificial y no biológico esta vez. Una vez ahí, el programa (nuestra mente) podría vivir en simulaciones informáticas del mundo exterior, algo así como en una versión en technicolor y multisensurround de World of Warcraft o Second Life. O se podría instalar el programa (la mente) en un nuevo cuerpo fabricado por ingeniería genética avanzada, tantas veces como los accidentes lo hagan necesario. Con un buen mantenimiento, haciendo copias regulares, la muerte podría evitarse para siempre.

Claro que la idea tiene otros problemas, aparte del obvio de que no tenemos la más remota idea de cómo está programado nuestro cerebro, o si es siquiera posible separar mente y cerebro como si fueran totalmente independientes. No sabemos desinstalar una mente, lo que quiere decir que acabaríamos haciendo una copia de nosotros en programa informático; una emulación indistinguible. Sí, claro, pero una copia al fin y al cabo. Que una copia mía siga viva de poco me sirve a mí, la copia vieja, si he de morir. Puede que a mis seres queridos les encante tener un yo eternamente, pero no es un yo, sino centenares, miles de copias sucesivas construidas sobre otros tantos cadáveres; sobre una creciente pila de cuerpos muertos. ¿Merece la pena morir mil muertes para que una copia de uno mismo sea inmortal?

No debería extrañarnos la obsesión por la muerte

El instinto de supervivencia es básico en los animales; el impulso visceral y brutal para esquivar a la muerte, el frenético deseo de vivir estaba ahí mucho antes de que nuestro redondeado y prominente cerebro cayera en la cuenta de que a uno mismo le toca morir. Los animales matan y mueren, pero no saben que les va a ocurrir a ellos; no hay impulso a vivir eternamente, dado que en cierto sentido todos ellos viven en una eternidad, un tiempo sin futuro ni pasado. Un tiempo sin muerte.

Sólo en nosotros, que sabemos lo que es la muerte y que nos va a tocar, este ansia de vida se convierte en manía y crea la idea de la inmortalidad. Sólo a nosotros, que hemos sido capaces de multiplicar la longitud de nuestras vidas por medio del ingenio y la herramienta, se nos podría ocurrir perseguir esa inmortalidad por los vericuetos de la realidad con miras a alcanzarla, y si no existe crearla. Y entonces, casi con certeza, comercializarla. Vivamos más o menos años, no tenemos ni tendremos remedio.

Comentarios

1 comentario en el artículo “Inmortalidad. La cura de la muerte.”

  1. judas en 14-febrero-2010 7:12 am

    Dos cosas, de repente.

    En Marte Rojo, de Kin Stanley Robinson, encuentran una manera de repararnos e impedir la ancianidad. Aún no lo he terminado, a ver qué tal.

    Y sobre uploadings y cyberpunks, debes (debes) ver Cáprica, el spin off de BatteStar Galactica. Trata precisamente ese asunto y sólo lleva tres capítulos.

    Un saludo.

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