Impresiones Índicas

La noche del 24 de diciembre de 2008 Jens y su esposa Kerstin, ambos en la cincuentena, caminaban por un mercado de la ciudad santa de Varanasi en la India. Ella comenzó a sentirse indispuesta a causa del griterío de la turbamulta, de la algazara de muchachos tratando de vender cromos de la diosa Lakshmi, de la mezcolanza de aromas de cúrcuma, té, canela o cardamomo, de la apatía de las vacas famélicas tendidas por los rincones.

Por lo anterior y porque el día de Navidad tendrían que madrugar en exceso, la pareja germana resolvió irse a acostar temprano a la aseada habitación de su hostal. A las cinco de la madrugada del 25 de diciembre sonó el despertador. Jens se incorporó y abrió la ventana de su estancia. Una pesada manta de bruma lo envolvió de inmediato mientras, a lo lejos, se escuchaba el crepitar de un persistente fuego cuyas llamas regaban la oscuridad.

Veinte minutos después, los diligentes germanos esperaban a que llegara una barcaza que los llevaría de excursión por el Ganges. A su alrededor, un grupo cada vez más numeroso de peregrinos nepalíes comenzaba a practicar sus abluciones rituales, las pujas, en un ambiente de total silencio.

De improviso apareció con aura espectral una chalana, guiada por un adolescente gárrulo que pronto ejerció de guía con su inglés inseguro.

- Buenos días señores, ¿saben ustedes lo que es un ghat? Se lo explicaré de inmediato. Los ghats son largas escalinatas que se hunden en la orilla occidental del sagrado Ganga. Muchas de ellas, suntuosas, fueron construidas por los marajás y son empleadas para realizar oraciones a orillas del río; otras sirven como crematorio porque, al morir, todo buen hindú desea que su cuerpo, incinerado a poder ser en madera de sándalo, sea esparcido por el caudal eterno para expiar el ciclo de sus reencarnaciones. Pero suban, suban y empecemos el trayecto.

Amanecía, el sol difuminaba la neblina con vetas de naranja y rosa y el río mostraba un sucio color chocolate. El joven retomó la palabra.

- Si miran a su derecha, podrán contemplar uno de los ghats que se utilizan como crematorio, el mundialmente conocido ghat de Manikarnika. Todo buen hindú querría ser quemado aquí porque su fuego santo lleva milenios sin extinguirse…

- Perdona –interrumpió Kerstin, que miraba en dirección contraria, hacia el sol-, ¿qué es esa boya negra inflada sobre la que revolotean los pájaros?

- Señora, los perros muertos también van a parar al Ganges –masculló el adolescente, visiblemente molesto porque su magistral exposición fuera obstaculizada.

Mientras, ajeno a lo que acontecía en la barquichuela, un jabardillo de cuervos indios seguía picoteando los odres hinchados de un cuzco durante aquel navideño amanecer multicolor de Varanasi.

El pequeño John Pathak es un buen chico. Inmaculado en el vestir, con su pelo negro y brillante como una salpicadura de tinta china, el jovencito Pathak es, a sus diez años, el preferido del padre Nanakkara, vetusto párroco de la aún más vetusta iglesia de St. John en Calcuta.

John, que lleva orgulloso su nombre en memoria del mismísimo San Juan, es el sexto hijo de los siete que tiene el Sr. Pathak, quien hace las funciones de jardinero en el recinto eclesial. Descendiente de una notable familia de brahmanes venidos a menos y reconvertidos al cristianismo, Pathak resulta ser un verdadero creyente en una ciudad gobernada por los rojos, con arterias viales de nombres tan atemorizantes como “calle Lenin” o “calle Ho Chi Minh”, y paredes teñidas de afiches y banderas del Partido Comunista.

Hoy Nanakkara ha sacado al pequeño John del chamizo en el que vive y le está enseñando todos los lugares emblemáticos del pequeño pero importante templo: cada talla, cada fresco, cada pétrea cruz tiene su significado. Al salir al jardín, Nanakkara enseña un lugar de leyenda.

- Mira John, este es el mausoleo de Job Charnock, el prócer que fundó Calcuta.

El aplicado niño lo retiene todo sin cuestionarse nada. Dios creó el mundo y el inglés Charnock fundó Calcuta, no hay más que hablar. Ahora avanzan más despacio, el padre se acerca al oído del muchacho.

- Y esta que ves es la tumba de Peter Pan. Algún día te narraré su historia –susurra el viejo, con ademán enigmático.

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