Identidad sexual performativa

“Ni celeste ni terrestre te hicimos, ni mortal, ni inmortal, para que tú mismo, como modelador y escultor de ti mismo, más a tu gusto y hora, te forjes la forma que prefieras para ti (…) ¡altísima y admirable dicha del hombre! Al que le fue dado tener lo que desea, ser lo que quisiere”
Giovanni Pico della Mirandola, Oración acerca de la dignidad del hombre (1484).

Con “identidad sexual performativa” no nos referimos al paisaje humano de una de Almodóvar, a Toni Cantó vestido de Lola (Todo sobre mi madre), ni tampoco al reciente reconocimiento de la justicia española de parte de los derechos de gays, lesbianas y transexuales. No sólo a eso. Se trata de una cuestión mucho más antigua, que alcanza al Renacimiento, la época de Pico della Mirandola. Estamos hablando, quizás, del último peldaño del Individualismo.

Una cita -muy manida- de Simone de Beauvoir dice que “no se nace mujer, se llega a serlo”. Dos conclusiones pueden sacarse al respecto. La primera es que nadie nace con un género, el género es siempre adquirido. Podemos admitir ciertos condicionamientos biológicos (nada contra lo que no pueda la “cirugía de reasignación”, vulgarmente llamada, “cirugía de cambio de sexo”), pero lo que ya está totalmente demostrado y reconocido es que el género es un artificio, una ficción; es performativo y se fabrica mediante un conjunto de actos aprendidos, conductas repetidas, gestos y otros medios discursivos. Resulta de un proceso de imitación y trabaja, únicamente, en la superficie del cuerpo (Judith Butler, El género en disputa). Va a estar restringido por unas circunstancias dadas, sociales y políticas. El sexo de los griegos (proclives a la homosexualidad y la pederastia) no era igual al sexo de nuestros padres, que aún recordarán la “ley de vagos y maleantes” y la de “peligrosidad social”, hostiles a homosexuales y transgénero. No es casualidad que Foucault escribiese su Historia de la sexualidad de seguido, después de Vigilar y castigar. Vigilan y castigan nuestro cuerpo, nos roban el género con frases como “ya no eres una niña”, “haz el favor de cruzar las piernas”, “no seas marimacho”…

La segunda conclusión, en relación a la cita de Beauvoir, es más optimista. Si el género es construcción, podemos inventarnos a nosotros mismos: “como modelador y escultor de ti mismo, más a tu gusto y hora, te forjes la forma que prefieras para ti”. Consiste, todo esto, en un salto cualitativo, del “CONÓCETE A TI MISMO” al “INVÉNTATE A TI MISMO”. Dejamos de reconocer la biología como destino. Matamos la biología. No nacemos ni hombre ni mujer; no somos, por mandato divino, varón o hembra (diga lo que diga Ana Botella). DEVENIMOS… Gilles Deleuze y Félix Guattari empleaban este verbo, “devenir”, para proponer una construcción del sujeto alternativa a los imperativos de lo masculino y lo femenino, esta máquina dual que tiene su más ingenua expresión en el color de los patucos (azules para ellos, rosas para ellas).

La sexualidad es una producción de mil sexos,
que son otros tantos devenires incontrolables

(Deleuze y Guattari. Mil mesetas, capitalismo y esquizofrenia)

El arte de los últimos tiempos ha dado testimonio de un profundo malestar con relación al cuerpo (humano). Antonin Artaud fue el primero en “declarar la guerra a los órganos”, en concebir “un cuerpo sin órganos”. Decía: “Pues atadme si queréis, pero yo os digo que no hay nada más inútil que un órgano”. Esta guerra armada a la anatomía encubría una problemática asociada a la identidad. Artaud nunca aceptó su sexualidad, su anhelo era “dilatar el cuerpo de su noche interna”. Su posición, su difícil relación con un mundo fagolocéntrico, con un canon heteronormativo, se perpetúa y da lugar a una crítica a la propia estructura física, a la constitución biológica del cuerpo. El arte no quiere los límites de la piel, suprime los orificios. El rostro se convierte en espacio vacío. La carne, condenada a la podredumbre, anhela la consistencia de lo metálico. El arte sueña un cuerpo electrónico. Nacen las Bad Girls; el Cyberfeminismo, que vindica un cuerpo posthumano que es el cyborg, “híbrido de máquina y organismo, criatura de realidad y ficción”. Asociaciones entre el hombre y la máquina diversas, excitantes y peligrosas (herramientas tecnológicas como extensiones del cuerpo, experiencias con robótica…), como las que desarrollan el australiano Stelarc o el catalán Marcel.li Antúnez. Todas estas elucubraciones en el campo de las artes suponen o han de suponer una redefinición de lo sexual y demuestran que “los géneros también pueden volverse total y radicalmente increíbles”.

Puede parecer que todo esto no son sino blasfemias contra natura, pero no dejo de pensar, como Lord Henry (El retrato de Dorian Gray), que “la naturalidad también es afectación, y la más irritante”. Es común el miedo a rebasar la escala humana, un “temor frankestenianao” a jugar con el cuerpo… Tecnofobia aliñada con “pellizquitos” de homofobia y una “puntita” transfobia; un sentir apolillado que nos impide rediseñarnos y entender el género como “artificio libre de ataduras en pro del pleno desarrollo de nuestra personalidad”. Todo cambio es una amenaza, mas “de donde nace el peligro nace la salvación también” (Hölderlin). La salvación (al menos en este mundo, hecho de carne y fragilidad): superar los estereotipos identitarios y quitarnos, de una vez por todas, esos patucos-grillete de las categorías sexuales.

“Dos sexos son ya pocos, dada la vastedad y variedad del mundo”
(Virginia Woolf, Una habitación propia)

“Para nosotros no hay uno ni dos sexos sino muchos:
hay tantos sexos como individuos”

(Gilles Deleuze y Félix Guattari, El Antiedipo)

“Mi cuerpo es mi escultura”
(Louise Bourgeois)

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