Habitaciones separadas

Habitaciones separadas es un buen libro. Es Literatura. Sin sortilegios, sin trampas, sin ese cebo de la incertidumbre. Aquí ya se sabe lo que sucederá desde el comienzo, casi desde la primera línea. El mérito de la novela es la novela en sí misma, ese lujo que es la unión peculiar y rica de palabras, con el justo toque poético. El autor utiliza una frase sin barroquismos innecesarios, pero la aborda sin miedo a los elementos embellecedores: un adjetivo, una comparación, una metáfora pictórica.

El autor, famoso en Italia desde su primer libro publicado, hace un despliegue de ternura desgarrada, de triste dulzura, de desesperanza plagada de recuerdos, de nostalgia enfermiza.
Especialmente a destacar son el regreso del protagonista a su tierra natal y la descripción de la Semana Santa popular y ese sentimiento religioso que no ha sido excluido de una obra susceptible de ser considerada por algunos como transgresora, por ejemplo por la libertad, y la normalidad con la que se abordan el rincón marginal del paisaje o la dificultad de amar –con todas las letras-.

Éste es uno de esos libros en los que debería usarse una hoja pequeña, de chopo, por ejemplo, como marcapáginas. Pero no una de esas hojas verdes y frescas que arrancó la fuerza del viento. Ni siquiera una de esas hojas secas y curvadas que tientan a los niños –y a los no tan niños- a pisar, prometiendo ese crujido seco y divertido. No. La hoja ideal es aquella que ya ha sido aplastada, que está quebrada, que, página a página, hasta llegar al final, irá perdiendo parte de su esencia hasta quedar casi en nada, un atisbo de tristeza que es la batuta que conduce al invierno.

Pier Vittorio Tondelli
Barataria, 2008

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