Genial Ágora.

26-Octubre-2009 · Imprimir este artículo

Por Javier Esteban


La sala enmudeció al acabar la proyección. El aire se cortaba con un cuchillo. La película de Amenábar no dejó indiferente a nadie… ¿Cómo es posible? La sospecha de que las cosas no son como nos las habían contado durante casi dos mil años, revuelve las conciencias. Quizá desde Juliano el Apóstata, con excepción de Nietzsche, no se había reivindicado con esta pasión el viejo mundo grecolatino. Esta vieja reivindicación es la lucha por la libertad de conciencia, por el reconocimiento a las creencias de los demás y por la aventura del conocimiento a la que llamamos Ciencia. Nada más y nada menos que la esencia de Occidente.
La Iglesia, es curioso, ha pedido perdón por casi todo, pero nunca por la masacre de la cultura grecolatina y pagana. Hoy sabemos que el mundo retrocedió mil años con la caída del Imperio y la llegada del monoteísmo militante de los radicales cristianos, tan parecidos a nuestros fanáticos islámicos de hoy.
La película Ágora es muy probablemente el relato más importante nunca hecho por nuestro cine. No hablo de cinematografía, sino de historia de las ideas, de historia de los imaginarios. Amenábar ha dado en el clavo. Su relato toma partido, pero no es maniqueo. Con algún que otro desajuste histórico, refleja muy bien la tragedia de un mundo que se hundía a los pies de la turbamulta que, en el nombre de su dios, impuso la barbarie hasta el Renacimiento.
Amenábar distingue entre historia y fe, turbamulta y respetable creencia personal; y aunque no acaba de explicar “el irresistible contagio” cristiano sino como lucha de clases, sabe dar la vuelta a la historia oficial. O al menos nos enseña a dudar, a pensar, a disentir. No es poco.
Por otra parte, hay en la película miradas y preguntas al cielo que resultan sorprendentes. Bravo.

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