Formas de lo trágico en la sociedad contemporánea

24-diciembre-2009 · Imprimir este artículo

Por Lola Blasco

Es una sensación de deslizamiento hacia la catástrofe, sensación que en momentos se presenta como una impresión incierta y en otros momentos, como un fogonazo de evidencia

Antonio Rodríguez de las Heras

Rodríguez de las Heras tiene razón al afirmar que hay algo que se respira, una sensación de malestar, que afecta a todos los sujetos contemporáneos. Seguramente esta sensación venga acompañada del desequilibrio en el que nos hallamos en este momento, que voy a calificar de arruga. Por arruga entiendo la doblez que se produce entre dos tiempos, un cambio entre lo inmediato y lo que está por venir, que se solapa de manera irregular formando nudos y dificultades que producen terror. Es el momento del terror, por qué no decirlo, y es este terror lo que ha producido cambios en el comportamiento y en las sociedades en las últimas décadas. Es necesario hablar de cómo el avance tecnológico ha contribuido a este terror. Siempre tememos lo desconocido, la incertidumbre nos resulta insoportable. No me parece necesario constatar que nuestro futuro será un futuro tecnológico pero, para los más incrédulos, una pequeña reflexión… Son muchos los que no hace demasiado tiempo decían que no podían escribir en un ordenador, que era mucho más comprometido hacerlo a mano. Todos aquellos que a día de hoy desprecian el libro electrónico lo acabarán utilizando al igual que se dejaron de utilizar tablas de barro para utilizar el papiro, el papel y finalmente el códice, antepasado directo del libro. Todo avance del ser humano ha venido siempre marcado por la tecnología así que, aunque suene contradictorio, podríamos decir que el ser humano es tecnológico por naturaleza. Entonces, ¿por qué este malestar? Lo realmente extraordinario de nuestro tiempo es que el avance se produce a pasos agigantados y, por primera vez, somos conscientes de que el suelo tiembla debajo de nosotros, de que la transformación es inminente. Para explicar de forma gráfica lo que quiero decir, retomaré la metáfora de la arruga. Si observáramos dicha arruga imaginaria, podríamos constatar que en el doblez de la misma hay puntos muy cercanos que se juntan pero, del mismo modo, hay otros muy alejados que actúan igual. Lo mismo sucede en nuestro tiempo; podemos encontrar rastros de lo que será el futuro, tanto un futuro inmediato y que ya utilizamos, como un futuro que, pese a estar ahí, somos incapaces de imaginar, aunque no de presentir. En el primero de los casos hallaríamos claramente Internet. El uso de este sistema se ha convertido en algo habitual para la mayoría de la población y lo seguirá siendo durante décadas. El segundo de los casos lo ilustra la Inteligencia Artificial, tecnología muy desarrollada ya y que, a día de hoy, sigue nutriendo gran parte de las películas de ciencia ficción en un intento exorcización de la misma. Es normal esta reacción, ya que no hace mucho que perdimos a Dios y no tenemos todavía el valor suficiente para recuperarlo en un más allá tecnológico. La pérdida de Dios nos ha llevado a la crisis y la crisis a una forma de vida trágica. Maffesoli, en El instante eterno, habla del retorno de lo trágico como característica de las sociedades posmodernas. Esa pérdida de lo trascendente hace que prevalezca la materia y se produzca una explosión de vitalidad al haber aceptado la muerte. Nuestra cultura del placer está próxima a los ritos bacanales de la Antigüedad. Es el momento de la teatralidad cotidiana, del carpe diem, del culto al cuerpo, pero es también el momento de la violencia doméstica extrema, del Bowling for Columbine, del aumento de las guerras. La agresión instrumental, que sirvió a la especie humana para su evolución, se utiliza ahora para el exterminio de los propios seres humanos. Según David Huertas, en un mundo globalizado, la tendencia hacia la hostilidad es también global. Estamos por tanto en la ética del instante que propone Maffesoli, una vida que al no proyectarse hacia un futuro está obligada a tomar en serio los placeres orgiásticos. La actitud del individuo contemporáneo se acerca a la de un héroe trágico, ¿o acaso entrar en un instituto, matar a un montón de adolescentes producto de una sociedad corrupta y pegarse un tiro, no sería algo propio de una epopeya clásica? Frente al individuo, al héroe, hallamos igualmente una identidad colectiva en detrimento de las identidades individuales. Las aglomeraciones de personas en los estadios de fútbol, en las discotecas o en los centros comerciales dan fe de ello. Esta identidad colectiva afronta públicamente la muerte y participa de la idea de destino a través de la televisión. El ser humano ha de retomar las riendas y no limitarse a ser pueblo, a ser espectador de la tragedia mientras espera que venga un héroe a salvarlo de su naturaleza entrópica; no necesitamos otro Hitler, otro Franco ni otro Mussolini, pero por supuesto, tampoco necesitamos otro Bush. La identidad, recobrada mediante la aceptación de la nueva era, sumada a la consciencia que pasa por la cultura, quizás sea un camino.

Comentarios

2 comentarios en el artículo “Formas de lo trágico en la sociedad contemporánea”

  1. Frank en 31-diciembre-2009 5:04 pm

    QUIZÁ PERO NO LO MÁS PROBABLE

    La identidad, recobrada mediante la aceptación de la nueva era, sumada a la consciencia que pasa por la cultura, quizás sea un camino.

    Mira, Lola, hasta los animales perciben con adelanto los terremotos y otras catástrofes naturales. También los mamíferos aglomerados, aun somos mamíferos, experimentan vicisitudes muy similares a las que experimentan hoy los habitantes de las grandes ciudades (confusión, violencia intraespecífica, sexualidad disminuida o tergiversada, psicopatologías y enfermedades múltiples etc.)
    Yo no necesito ni a Bush, ni a Zapatero, ni a Obama, ni a Aznar (ni nadie en su sano juicio) pero si los necesitan los que pagan sus campañas y hacen uso y abuso de sus decisiones. Y esos no se van a ir de ahí con buenas palabras. No hay nueva era que valga salvo bajo la especie del simulacro. La sociedad del espectáculo hace aguas, el espejismo de una sociedad planetaria unida por los media y las fantasmagorías de la lucha contra el terrorismo, es decir la violencia sistemática y la vigilancia, hace aguas. Ni la Historia se ha terminado, ni la democracia es una panacea, ni esto en lo que vivimos en Euroamérika es una democracia. La cobardía y la deshonestidad de los intelectuales integrados (“apocalípticos e integrados”) es absolutamente comprensible en una sociedad burocrática de consumo dirigido como la nuestra. Los ideologemas que producen ya no tienen ningún acomodo con el mundo de los hechos. Absolutamente aislados del pueblo (las masas) a las que desprecian y temen, inútiles desde un punto de vista funcional, pues la tecno ciencia es la que manda, afrontarán en el futuro (ya) su proletarización y su desaparición. La cultura es aquí y ahora, agotada su etapa gramsciana, poco más que un procedimiento de condicionamiento y de propaganda. Así como una fuente de ingresos (la industria cultural). Tras siglos de apoteosis hegemónica de la que hoy podemos calificar, sin temor a equivocarnos, muy distópica Ilustración. Vivimos en un Antiguo Régimen, como vivían en Francia en los albores de la Revolución, pero a nivel planetario y bajo el edificio caduco y vetusto de la Modernidad (la postmodernidad es poco más que una estrategia de apuntalamiento o un andamiaje terminal)
    La mayor parte de la población mundial (incluida la de los países desarrollados) vive en la más completa y exacerbada de las sumisiones y/o en la miseria. La vitalidad es mucho menor que en la Edad Media, cuando se suponía que todo el mundo andaba pendiente del más allá.
    El futuro no será de la cultura, ni tan siquiera dela Ciencia que la fagocita, será de los supervivientes a una catástrofe, o serie de catástrofes , ya inevitable salvo que la insurrección, la rebelión y la inteligencia vuelvan a ocupar algún papel en la historia. Los intelectuales han traicionado su misión y su sentido y serán devorados por el futuro.
    Decenas, sino centenares de obras de ciencia ficción (libros, comic, películas…), han hablado de esto con presciencia y claridad desde hace casi cien años.
    Pero el Homo Videns y los apadrinadores de lo políticamente correcto hacen todo lo posible por no enterarse.
    Caerá otra vez Nínive. Arderá Babilonia. Advendrán los Persas de nuevo. No habrá nunca una Nueva Jerusalén. El Tiempo es raro. Y gira. La historia aún no ha terminado.

  2. Lola en 24-enero-2010 6:02 pm

    Lo siento querido Frank, pese a que puedo compartir algunas de tus ideas, creo que no me he expresado bien ya que no considero la Historia como algo cíclico sino más bien como un movimento en espiral del cual retomamos esructuras pasadas y aprendemos, más profundamente. Esa es mi opinión o al menos quiero creer que eso es posible, el ser humano en este momento evoluciona a velocidad exponencial y no puedo ser tan pesimista. Es cierto que existe el riesgo de que lo peor se repita, sin embargo la democratización de la cultura pone de manifiesto la crisis del concepto de autoría dando una salida a los ciudadanos. El problema, en mi opinión, es esperar a que venga alguien a ilustrarnos, hemos de recuperar la ciudad, de recuperar la polis, pero frente al concepto de Bauman sobre los mass media yo considero que estos ofrecen una oportunidad,. El ser humano es simulacro por naturaleza, aprendemos el arte de la representación en cada uno de nuestro gestos más infantiles, por tanto esta nueva forma de comunicación, de simulación, quizás sea lo más perfecto que hemos creado hasta el momento. ¡Por supuesto que no habrá una nueva Jerusalén! lo que nos espera es incierto y de ahí nuestra expectación.

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