Félix Rodrigo Mora (o la Disidencia)

24-noviembre-2010 · Imprimir este artículo

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Por Frank G Rubio y Javier Esteban. Ser desobediente es una rareza en estos tiempos de sometimiento. Intelectual y luchador, el escritor Félix Rodrigo Mora es una rara avis. Experto en la edad media y en la cultura rural, acaba de sacar un libro sorprendente. La democracia y el triunfo del Estado (Editorial Manuscritos) no deja títere con cabeza.

Leyendo su obra, no tenemos la impresión de vivir en el mejor de los mundos posibles, sino en una civilización terminal de esclavos… Por lo que dice en su libro, la sumisión de la población de las grandes ciudades aparenta ser total: ha emergido una nueva especie de hombre dócil, una especie de termita humana.

La noción de “modo docilis” no la he inventado yo pero, en efecto, vivimos en una sociedad servil, poblada por desventurados sujetos cuyo rasgo definitorio es el servilismo, la desestructuración intelectiva y la mudez: tales son las consecuencias de la proscripción de la libertad de conciencia por “la sociedad de la información y el conocimiento”. Recuperar aquella, que es el fundamento mismo de la libertad política y de la libertad civil, asimismo inexistentes (salvo como parodia), resulta perentorio para rehacernos como seres humanos. Ello exige una gran revolución política y axiológica, que es lo que preconizo en La democracia y el triunfo del Estado.

Quizá llamamos democracia a la dictadura más potente que ha conocido la historia… Usted habla de 250 años de dictadura total.

No existe la democracia sin comillas donde todo el poder de decidir reside en ciertas elites, en una amalgama de jefes del ejército y de las policías, altos funcionarios de los Ministerios, jerarcas del aparato universitario, jueces y magistrados por nadie elegidos, directores de los media, intelectuales subsidiados, supuestos genios del “arte” extravagante, politicastros profesionales y grandes capitalistas. Ellos disfrutan de un poder omnímodo, como nunca ha existido en la historia, de manera que ejercen una dictadura política total, que encubren con un simulacro de participación y representación. Este sistema, que organiza la infausta Constitución Española hoy vigente de 1978, se estableció por vez primera con la Constitución Política de la Monarquía Española de 1812, y es la negación más rotunda de la libertad política.

¿Desde cuándo se hace trasparente el estado de dominio bajo el que vivimos? Usted habla de un punto de inflexión cuando se procede a la desintegración de la comunidad popular rural tradicional, aniquilada por la modernidad…

Para la gran mayoría, intelectivamente triturada por el más grande aparato de adoctrinamiento de la historia, que ha reducido a nada la libertad interior, tal estado de dominio no se ha hecho, por desgracia, transparente, y no es fácil que se haga alguna vez, salvo con una revolución política que asiente un régimen de libertad de opinión, expresión e información equitativo para todos, destruyendo los actuales monopolios educativos, mediáticos, partidistas, de la industria del ocio y otros varios. El actual sistema lo instaura la revolución liberal y constitucional, que continúa el orden despótico del Antiguo Régimen pero haciéndolo incomparablemente más potente y agresivo. En ese tiempo, en efecto, su adversario fue la sociedad rural popular tradicional, dado que a ella pertenecía el 90% de las clases populares.

En el caso español, usted achaca todos los males al liberalismo.

No, al aparato estatal: ha sido éste, en particular su cuerpo principal, el ejército al que acometió esa gran carnicería que fue la revolución liberal y constitucional, con los tristemente famosos espadones al frente, de Riego a Franco (el franquismo es el último capítulo de aquella, realizado bajo la cobertura de la ideología fascista). El Estado, ya desde el siglo XVIII, con la Ilustración, es el responsable de la sangre vertida en nuestra historia, desde hace más de 250 años, el mismo que ahora se disfraza de Estado de bienestar, mojiganga que cuenta con el aplauso entusiasta de la izquierda e izquierda radical, para las cuales ni la libertad ni la condición humana ni la civilización son nada, puesto que su meta es satisfacer los apetitos del vientre.

¿Es usted un ultramontano, un retrorromántico, un roussoniano, un anarca?

Desde los 18 años he estado en primera fila de las luchas obreras y populares, y en ello sigo. No tengo ideología concreta, y no deseo tenerla, porque las heredadas del pasado son más o menos erróneas e insuficientes. Necesitamos una nueva cosmovisión que oriente la lucha por la libertad de conciencia, política y civil. Mi mundo es el rural castellano, hecho de campos de trigo y centeno, de encinares y hayedos, de iglesias románicas y casas de piedra, de prados comunales y sistemas de ayuda mutua, de asambleas concejiles, fiestas por participación, afecto de unos a otros y miles de años de historia. Mi sistema de convicciones es sencillo, pues se fundamenta en la libertad, la verdad, la sociabilidad, el bien moral, el esfuerzo desinteresado, el colectivismo y la virtud, es decir, en todo lo que la sociedad actual denuesta y atropella. Mi libro de cabecera es Los deberes, de Cicerón, y leo con gusto a Simone Weil, en particular cuando la recuerdo incorporada a la columna Durruti.

¿Cuál sería el papel de los intelectuales (la pedantocracia, como la llama usted) en relación a este fenómeno de dominio y control sobre las poblaciones?

Tampoco he inventado el vocablo pedantocracia, que nombra el poder, tan inmenso como ilegítimo, de los sabelotodo en las sociedades de la modernidad. Ellos han hecho una contribución fundamental a la destrucción de la verdad concreta, la erradicación de la sana sabiduría popular, la conversión de las gentes en una masa informe de seres irreflexivos y sometidos, la sustitución del saber verdadero posible, experiencial y reflexivo, por un sinfín de teorías, nociones abstractas y sistemas doctrinales que han triturado la capacidad del sujeto medio para pensar por sí mismo. A través de la lucha por la verdad concreta, nos espera la tarea de ir constituyendo paso a paso un nuevo saber ateórico, que ha de provenir en primer lugar de la experiencia.

¿Qué opinión le merecen los canonizados por el género intelectual, los santones Habermas, Foucault y Derrida?

Son eso, santones, sin apenas ningún mérito en el terreno intelectual, profesores-funcionarios cuyo rasgo común es el odio a la verdad por mor de la razón de Estado. Habermas es un socialdemócrata, tan ramplón como el resto; Foucault un funcionario del aparato universitario que deseaba hacer una carrera profesional exitosa perorando sobre “las barricadas” y Derrida un pérfido que, careciendo de cultura y moralidad, se gana el pan denostando todo lo que es bueno y elevado, la amistad por ejemplo, azuzando la guerra de todos contra todos, imprescindible para el poder constituido. Sus libros son un compendio de atrocidades tediosas, que han logrado imponer porque son funcionarios del Estado, con un poder descomunal. Despojados de ese poder no son nada, meras nulidades intelectuales que en una sociedad con libertad de conciencia causarían sorpresa y risa. Pero su tiempo ya ha pasado.

Usted es un estudioso de la edad media, hablemos del concejo abierto como alternativa a la falsa democracia que padecemos.

El régimen concejil, en efecto, fue un sistema de gobierno por asambleas, aunque con un embrión de monarquía, surgido en la Alta Edad Media (no existió en al-Andalus, donde el orden político era despótico y militarizado), el cual ha perdurado hasta nuestros días. Nótese que de él jamás se trata en las escuelas, de tal manera que algo tan decisivo es desconocido por la gran mayoría. Pero sean cuales fueren las mentiras académicas, el esplendor y sublimidad del régimen de concejo abierto están ahí, y nadie lo podrá mancillar. Además de La democracia y el triunfo del Estado, mi libro Naturaleza, ruralidad y civilización (del que ahora preparo la segunda edición) se refiere a él, que es lo más magnífico y épico de nuestro pasado.

¿Qué ideas rescataría usted como inspiradoras de la tradición rural? ¿Es ella una alternativa a nuestros modos de vida o una simple alucinación?

El mundo rural popular tradicional está ya muerto, lo han aniquilado la monarquía “absoluta”, la Ilustración, el liberalismo, la I y II repúblicas, el franquismo y el vigente parlamentarismo, esto es, el ente estatal en todas sus formas. De ese modo 1.200 años de civilización han sido desbaratados para imponer el actual orden de incivilidad y barbarie. Ahora nos queda recoger sus aspectos positivos. Entre ellos destacaré: el régimen de autogobierno por asambleas; la centralidad de la propiedad comunal, colectiva o concejil; el espíritu de convivencia, reciprocidad y ayuda mutua; el respeto por el medioambiente; la austeridad, autodominio y templanza; el aprecio por el vigor físico y el trabajo manual; la vitalidad y alegría proveniente de la optimización de la convivencia; la desconfianza hacia el dinero y la riqueza material junto con el aprecio por los bienes y cualidades espirituales, el recio humanismo, que hacía de la persona lo más importante; la ausencia de sexismos; el cariño por las niñas y los niños; el amor por las y los ancianos. Fue una sociedad convivencial, en la que lo determinante era el afecto y amor de unos a otros, justo lo contrario que la actual, que busca ampliar el desamor, aborrecimiento y rencor de todos hacia todos, para que, al ser incapaces de estar juntos y convivir, el Estado maximice su poder, siempre ilegítimo, de ordenar y mandar.

Una cuestión conspiranoica: usted sostiene que hay unas fuerzas empeñadas en la trituración de los fundamentos últimos de la vida. ¿Quiénes? ¿Cómo? ¿Por qué?

El aparato estatal, desde su reconstitución en el siglo XIII hasta hoy, no ha hecho más que crecer, en lo cualitativo y cuantitativo. Una prueba de ello es la progresión de, por ejemplo, la policía, descomunal desde 1812 precisamente. Eso es algo que se puede exponer con simples datos y mi libro lo hace, pero quien desee estudiarlo en autores consagrados tiene una obra de expresivo título El Poder. Historia natural de su crecimiento, de Bertrand de Jouvenel. También están Platón, Maquiavelo, Hobbes o Nietzsche, sin olvidar a la izquierda estatolátrica, lanzada a constituir un mega-Estado que sea el naufragio completo de la libertad y la rectitud moral.

Contra toda esta “realidad”, ¿qué se puede hacer? ¿Hay luz al final del túnel?

Creo más en la lucha que en la victoria. Todo logro es finito y decepcionante mientras que la lucha permanece siempre. Nos constituimos a través del esfuerzo desinteresado y el servicio a causas superiores: así nos hacemos lo que somos, seres humanos. No deseo, pues, tanto hallar la luz al final del túnel como exhortar a formular un compromiso interior, de cada uno de nosotros y nosotras consigo mismo, sobre que hemos de esforzarnos y luchar por la libertad, la verdad, el bien, el autogobierno y la virtud durante toda la existencia, sin desear nada, personal o corporativo, a cambio. En definitiva, mi concepción del mundo se expresa en una frase de Simone Weil, “el sufrimiento salva la existencia”.

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