Explotáis, luego existo

16-octubre-2009 · Imprimir este artículo

Por Rubín de Celis

Prometo, como Orson Welles al comienzo de su hermosísima Fraude, que, a pesar de tratar de simulacros, ficciones y otras imposturas, lo que sigue es totalmente cierto y está basado en rigurosos hechos reales, pero solo hasta cierto punto.

Santiago Rubín de Celis

Las cosas son así: cada día es más difícil saber quién es quién, quiénes somos. Como en el sueño de Chuang Tzu ya no estamos seguros de si somos nosotros mismos o el sueño que alguien tiene de nosotros. Una pérdida de identidad que ha alimentado las obras de Kafka, Roland Topor, Kôbô Abe o Philip K. Dick y que parece no querer quedarse solo ahí. Baudrillard ha expuesto largamente la lógica de la simulación, la sustitución de los hechos por precisos modelos previos a la realidad. Bienvenidos a la era del simulacro, la de Matrix y el ciberpunk, aquella en la que los avatares virtuales del Second Life pronto parecerán más reales que la propia realidad, puesto que de simulacros vamos a hablar.

La lógica deleuziana de que el Poder no quiere ser medido por el rasero de la Historia sino por el tamaño de sus enemigos resulta más que evidente en la sociedad en la que vivimos. Es el uso del conflicto como fórmula de publicidad pret-à-porter. De ahí el resurgir mediático de un terrorismo internacional que tan bien les sirvió a Reagan y Thatcher para regir el mundo con mano de hierro. Pero en esta era de la información ya no se trata tanto de inventar enemigos (como en el caso de los fascismos o las dictaduras totalitarias) como de magnificar a los contrincantes de uno. Imaginémonos a los managers de un púgil que primero agrandan el currículo de su adversario para luego, al haberle derrotado, ensalzar homéricamente la figura de su pupilo. Las generaciones futuras, al revisar quién fue George W. Bush, lo más parecido a un siniestro alcaide de película carcelaria del Hollywood de los años 40, encontrarán su nombre inevitablemente engarzado al de otro. Es más, mediarán su cruzada salvífica contra el terror a partir del terror mismo. Osama Ben Laden, aquel que osó desafiar la paz y el orden del mundo libre, será pues, históricamente, su némesis. Para siempre.

Pero, detengámonos un momento a calibrar a ese enemigo. Parafraseando el comienzo de la primera entrega del Fantomas de Souvestre y Allain, podríamos responder a la pregunta “¿Quién es Ben Laden?” con un idéntico “No es nadie… ¡y sin embargo es alguien!”. Su identidad es esquiva: es lo que los medios nos han contado de él. Los retazos conocidos de su biografía (su origen acomodado, sus estudios en Oxford, su colaboración con la C.I.A.) poseen un poderoso hálito romántico subrayado por el hecho de ser un personaje condenado a una eterna huida. En cuanto a su profesión, ésta es evidentemente ―como en el caso del “genio del crimen”― la de “dar miedo”. Desde la cúspide de al-Qaeda, lo más similar a una gran multinacional del terrorismo (pensemos en la Spectra de James Bond o en la férrea organización criminal del Dr. Mabuse), atemoriza al mundo no islámico con una guerra de religión al estilo del Siglo XXI. También como Fantomas, en él habitan dos mitades extrañamente complementarias: la del dandi (jinete avezado, con una estilización que parece sacada de las pinturas de El Greco, elegantemente vestido, distinguido incluso disparando su ametralladora) y la del bandido. Precisamente el límite de su dandismo, como han apuntado Philippe Azoury y Jean-Marc Lalanne, no es otro que su furioso activismo contra la sociedad occidental. Una comparativa detallada entre ambos, de su gusto por la espectacularidad a su dominio de los medios de comunicación (copando las portadas de los periódicos y telediarios, con una cadena de televisión ―Al Yaseera― transmisora de sus designios) da vértigo. ¿Será posible que la figura del villano esté tan firmemente aferrada al imaginario colectivo planetario que, incluso alguien como él, tan distante de la cultura occidental, no puede evitar reproducir ciertos estereotipos? ¿O será, bien al contrario, que detrás de su figura existe un diseño premeditado? ¿Cómo saberlo, si Fantomas siempre consigue evitar las manos prestas a apresarle?

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