Entrevista a Medardo Fraile

Por Ángel Zapata

El cuento como rebeldía.

Cuentista por vocación, escritor de culto, Medardo Fraile supo resistir al “realismo socialista” predominante en su generación, los sarampiones experimentalistas de los 60/70, y hasta las obras y las pompas con que el Mercado tienta a los autores en la Era de la Banalidad. Ha escrito alguno de los mejores cuentos en castellano del siglo XX. Y por eso, contra viento y marea, su nombre y su influencia se agrandan, con el auge del relato breve que está viviendo nuestra literatura.

Monterroso dijo que una novela es una buena preparación para escribir un cuento. ¿Estaría de acuerdo?
Bueno, Monterroso era el escritor antitópico más inspirado de los últimos tiempos. Él, como todos los que sabemos lo que escribir un buen cuento supone, habría oído mil veces lo contrario: que el cuento es una antesala de aprendizaje para escribir novelas. La afirmación de Monterroso es, por supuesto, una burla, una ironía, una broma más del entrañable escritor guatemalteco. La novela no es una buena preparación para escribir un cuento. En la novela hay demasiada manga ancha para aprender a escribir un buen cuento, que sólo puede escribirlo un asceta de la literatura, un hombre que no está dispuesto a hacer trampas ni consigo mismo ni con el lector. Mientras uno escribe un solo cuento, pueden hacerse cuatro o cinco capítulos de una novela.

¿Por qué, precisamente, el cuento?

Porque es lo más difícil y no hay por qué dedicarse a lo más fácil, a no ser que a uno le interese la fama y el dinero, vengan de donde vengan. Es difícil porque el cuento -como en la mejor poesía o en el teatro de Chéjov, por ejemplo-, es tan importante lo que se dice como lo que se calla, es decir, uno escribe también los silencios. Un escritor norteamericano que no quiero nombrar para que no me tomen por devoto de él, que no lo soy, escribió que lo que da fuerza a un relato son las cosas importantes que sabes y no cuentas. Yo he hecho -y nadie me ha dicho que lo hiciera mal- poesía teatro, crítica, periodismo, una novela, ensayo y, todo eso, incluso estando bien hecho, no me ha parecido tan satisfactorio como un buen cuento, dicho sea, desde luego, con los debidos respetos a los cultivadores de esos géneros e, incluso, admiración, si viene al caso.


¿Tiene algo de Quijote un cuentista puro? ¿A qué renuncia un escritor de cuentos? ¿Qué le parece que obtiene a cambio?

Sí. Ir a contracorriente es quijotesco. Pocos entienden a un escritor de cuentos. Es como un señor que, nadie sabe por qué, se pone todos los días una americana estrecha en vez de meterse cómodamente en un macferlán. Para empezar, la gente cree que el cuento sólo tiene que ver con la infancia y le anima a uno a escribir novelas. Equiparar la literatura a la novela es pura ignorancia o estupidez. El escritor de relatos suele ser menos famoso y ganar menos dinero que otros literatos -aunque literato es una palabra que aborrezco- y, si escribe mejor que ellos, eso pasa también desapercibido. Quizás a cambio obtenga prestigio, satisfacción personal y el gusto de estar en rebeldía con su verdad a cuestas.

“El cuento guarda siempre algo de risa” ha escrito usted. ¿Qué papel tiene el humor en su escritura?
El humor es importantísimo para no asustar a nadie con la barba. Eso de la risa lo escribí en el prólogo de mi primer libro de relatos; ahora creo que preferiría escribir sonrisa, que es más eficaz, más inquietante y misteriosa que la risa. En mi escritura, el humor suele servir de freno al drama, a la emoción, a la verdad, y los buenos lectores lo han agradecido siempre.

Tengo una curiosidad: ¿qué tiene usted en contra de los guisantes?
Mi odio nauseabundo a los guisantes, que hoy no perdura, tuvo que ver con los guisos de mi madrina y prima hermana que me atendió, a los cinco años, cuando murió mi madre. Solía darme carne con patatas y guisantes inmersos en una salsa espesa que, generalmente, no sé bien la causa, estaba fría. Los guisantes parecían burbujas de gas verde en lava volcánica. Ahora sí me gustan y más aún si se cogen y comen en la huerta por la mañana temprano, frescos del rocío de la noche, antes de que caliente el sol

Pertenece usted a una generación (la de Matute, Aldecoa, Ferlosio o Martín Gaite) que hubo de escribir en el ambiente enrarecido y férreo de una dictadura. ¿Qué molino de viento embestiría, con perdón, hoy mismo?
Embestiría una y otra vez contra el analfabeto número uno que padecemos. No me refiero a George Bush, sino al marketing, aunque tengan puntos de contacto.

Con una antología de reciente aparición, Pequeñas resistencias, ha salido a la luz una nueva generación de cuentistas. ¿Cómo valora este “Nuevo cuento” que se escribe hoy en España?
En esta antología, que me parece buena y era necesaria, he encontrado nombres valiosos que ya conocía: el tuyo, el de Eloy Tizón y el de Hipólito G. Navarro, y otros también que me han gustado mucho y desconocía: Carmela Greciet, Neuman, Carlos Castán, Pisón y Félix J. Palma. No sé, y lo lamentaría de veras, si ahora se me olvida alguno.

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