Elogio del subrayado

El subrayado es una práctica muy familiar y común a casi todo tipo de lecturas, técnicas o recreativas, hasta el punto de no suscitar ya ninguna extrañeza y de pasar ampliamente desapercibido en la experiencia habitual del trato con los textos. Esta familiaridad, sin embargo, no impediría ni haría inútil una consideración más detenida, e incluso tal vez habría que reconocer que encubre algunos aspectos inquietantes, vagamente siniestros, de semejante escritura que, si de entrada se oculta, y oculta su ilegibilidad y su juego, es para que en esa desaparición, sobre su murmullo descoagulado, pueda venir a comparecer todo aquello que en la escritura tiene voluntad de transparencia, y para convocar hacia su mismo eclipse precisamente todo lo que en ella es plasticidad, gesto, carne, desgarradura, intersticio sin representación.

El subrayado se lee y se escribe, es a la vez lectura y escritura. Por un lado, el subrayado se traza durante una lectura, cuya respiración pauta y pausa; es por tanto una escritura que se inmiscuye en la lectura, que tiene lugar en su mismo tiempo y en su mismo espacio, una lectura inscrita. Por este motivo, y a partir de su cualidad innegable de signo gráfico, es una lectura que tiene la cualidad peculiar de hacerse visible y de darse a leer. Ya sea en un libro prestado o comprado de segunda mano o vuelto a leer después de un tiempo (todos estos casos, cada uno distinto, y que requerirían de hermenéuticas específicas), puede ocurrir que de entre la madeja de estratos geológicos, encontremos la trama de una lectura particularmente inteligente o reveladora, y que quizá nos ilustra un sentido imprevisto del texto, y entonces, en este libro sigamos precisamente con mayor interés los subrayados de la otra persona desconocida, los perfiles y costuras
insinuados de su mirada, antes que aquellos del texto de acogida. De este modo, se podría considerar que el subrayado reúne e indistingue ambas instancias o ambos procesos semióticos, los de emisión y recepción, y subvierte una ingenua concepción jakobsoniana que deslinda y opone desproblematizadamente los lugares, las personas y los actos de uno y otro, en un gesto completamente catastrófico para la posibilidad de establecimiento del sentido.

El subrayado es objeto de una cierta interdicción. Muchas personas tienen a mal que otros subrayen sus libros y, de manera especial, las instituciones culturales adoptan prevenciones y reglamentan castigos para evitarlo. En cierto modo, se hace con toda razón, pues con ello se trata de que un libro persista como un libro, para lo cual es completamente necesario que aloje una sola voz. En efecto, los libros deben ser protegidos de la violencia que sobre ellos ejerce el subrayado, del que en todo caso emergieron, precisamente para que permanezcan como libros, es decir, para que persistan cerrados sobre sí mismos, en la estrecha red que quisiera separarlos de todas las voces y todos los textos que merodean, y evitar su desparramamiento, diseminación, naugrafio gramatúrgico. Se promueve así una relación alienada con los libros, que sólo pueden ser objeto de un consumo pasivo y estetizado, a la vez que se intenta salvaguardar su significado único, estrictamente precedente e insubrayable, frente al juego y multiplicidad que inevitablemente introduce el subrayado, que siempre inscribe conexiones, redes, remitencias, hace aflorar sentidos inéditos, trastoca y desfigura desde el interior los ritmos y geometrías del huésped.

El subrayado tiene una relación privilegiada con la literatura. Ya los formalistas rusos anotaron que la historia de la literatura literaria es una historia de los sucesivos subrayados, de lo que se subraya y, muy especialmente, de lo que se deja de subrayar de una época o una generación a la siguiente. Cada texto nuevo es siempre el resultado de subrayados anteriores, una amalgama de subrayados que confluyen y cristalizan provisoriamente en su marco, y que de inmediato se desagregan para volver a pulular en otros. Por ello es que el contraste con el subrayado puede permitir iluminar en su carácter propio y elusivo la materialidad que trabaja la literatura, señalándole posibilidades creativas y desestabilizadoras para orientar sus búsquedas en la encrucijada actual.

Todo en la operación del subrayado consiste al parecer, según una lógica plenamente suplementaria o farmacológica, en la deconstrucción de una cierta jerarquía entre escrituras. Con respecto a un cierto lenguaje anterior, primero, del autor, el subrayado resulta a la vez lectura y práctica desterritorializadora, que transgrede todas las fuerzas reactivas y líneas molares desestabilizadoras. El subrayado es una escritura que carece de sistema, de gramática o código, y de toda semántica fuera de una de tipo tentativo o indicial; es más bien un trazado de intensidades, de notaciones musicales, de estremecimientos que recorren y estallan en superficie. Por su propia naturaleza, además, tiene una consistencia exclusivamente dialógica, en sentido fuerte, que excluye cualquier origen o referencia que su propio movimiento ensimismado entre textos. Es por tanto una operación de cierta envergadura sobre el sentido, sobre las fuerzas que constituyen en raíz al sentido, y que la obra tiene que borrar para constituirse como tal. No hacer obras sino subrayados, o volver a mostrar en las obras la parte de subrayado que contienen, o intentar exponer al lenguaje a su proximidad con el subrayado, entre otras, serían búsquedas que tendrían que ver con el intento desesperado al que parece abocada la literatura: «que lo indescifrable aparezca, siquiera como indescifrable».

Imagen | JavierPsilocybin

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