… y maté a París

8-diciembre-2010 · Imprimir este artículo

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Subimos a un sexto sin ascensor, por una angosta escalera de caracol que más bien parece una trampa humana. No puedo creer que este agujero de mierda esté sólo a unas manzanas de la casa de Sarkozy, de las tiendas Gucci y de las tiendas Versace.

Traté de salvar lo nuestro en París, y maté a París.

El retrete está detrás de una ligera cortina que deja ver los tobillos del usuario. Aquí ni siquiera se puede cagar en paz. Tendré que pagar la entrada a un museo para utilizar el inodoro. El Museo de Arte Moderno resultó ser un lugar amable para la deposición.

Traté de salvar lo nuestro en París, y maté a París… De París sólo quedaron las cenizas.

Fue un genocidio: los imanes de frigorífico de Toulouse-Lautrec, el café au lait por cuatro euros; mato Las flores del mal, de Baudelaire: lo que queda del look bohemio, los malos modales de los parisinos en el metro; los crépes y las omelettes; esa estúpida manera de pronunciar la “r”; la felación.

Traté de salvar lo nuestro en París, y maté a París… Motivos pasionales.

Los mendigos de la ópera de Madrid no dan ni la mitad de pena que los de París. No hay peor sitio para un sin techo que esta maldita ciudad sobre estilizada, parque temático de la sífilis, los cafés exquisitos y los pintores muertos de hambre.

Traté de salvar lo nuestro en París, y maté a París… Como cuando un perro atropella a un camión.

Es difícil venir aquí y no sentirse gitano rumano, mientras los turistas siguen fotografiando cada gárgola de Notre Dame, cada caca de perro parisina pinchada en un palo parisino en el escaparate de una galería parisina valorada en millones de pesetas.

Traté de salvar lo nuestro en París, y maté a París… He de confesar que lo envenené poco a poco.

Voy al cementerio, porque tengo el ánimo de plañidera, pensando todas las veces que te maté sin ni siquiera dejar señales de violencia, con sangre invisible chorreándote por la frente y la nariz.

Traté de salvar lo nuestro en París, y maté a París… Me entregué a la policía.

El cementerio de Montparnasse es como los museos: hay una exposición fija; otra, temporal. Es mentira que morimos para siempre. Dejo un billete de metro en la tumba de un poeta.

Traté de salvar lo nuestro en París, y maté a París… En una sucia buhardilla arrojamos los restos a los perros de la melancolía.

Ilustración: Aarón Lobato

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