El poder y la magia

El espectáculo es la afirmación de la
apariencia y por tanto la afirmación de toda
vida humana, y social, como simple apariencia.
Pero la crítica que alcanza la verdad
del espectáculo lo descubre como la negación
visible de la vida; como una negación
de la vida que se ha hecho visible.
Guy Debord.

Hoy en día vivimos y habitamos la llamada sociedad de mercado. Nada se le escapa a esta nueva deidad en su permanente tarea de codificación y programación de lo real. Todo debe de ordenarse y cobrar sentido sobre la base de sus imperativos… Tal panorama encuentra uno de sus pilares en ese individuo ilimitado y débil que tanto gusta de proponer ciertos autores post-modernos. Y así debe ser ya que lo que está en juego es la capacidad de consumo y ésta exige ductilidad en el carácter y evanescencia en la personalidad. En este sentido no es casual que cualquier manual de marketing estime las diferencias culturales, religiosas o ideológicas como barreras al consumo que deben ser abolidas. Toda diferencia, todo relieve, todo criterio que muestre un perfil deberá ser allanado. La sociedad de mercado vendrá así de la mano de una identidad evanescente y cambiante dictada por las modas y el mercado. En la misma, todo será objeto de consumo: opiniones políticas, información, cultura, espiritualidad, imagen… Todo estará al alcance en el gran mercado global pero nada tendrá capacidad alguna para transformar o constituir al individuo en cuestión. Cualquier devenir, cualquier alquimia real, cualquier marco de constitución, cualquier relieve o diferencia serán vaciadas de contenido y alienadas en el consumo. Todo se verá así reducido a una existencia meramente icónica y virtual de la que el consumidor obtendrá epidérmicas rentabilidades de carácter psico-emocional. Nada podrá constituirle en dirección alguna ya que cualquier relieve, cualquier seña de identidad, cualquier diferencia marcada, será considerada un obstáculo al libre mercado y al permenente despliegue del deseo. En palabras de Houellebecq pareciera que el individuo moderno encontrara su culminación en las posiciones diversas y cambiantes que ocupa en la sociedad de mercado. Tras ser “liberado de los estorbos constituidos por las adhesiones, las fidelidades, los códigos de comportamiento estrictos” el individuo moderno se verá conducido, nos sigue diciendo Houllebecq, a “ocupar su lugar en un sistema de transacciones generalizadas, en el cual es posible atribuirle, de forma unívoca y sin ambigüedad, un valor de cambio”. Tal individuo, conformado en la intimidad de su conciencia por los flujos de imágenes del universo mediático, no sería más que una posición de consumo que respondería a una conducta prevista ya de antemano, puro asiento contable. Tal parece ser el rostro de la llamada sociedad de mercado, donde todo es vaciado, naturaleza humana incluida, en los diferentes circuitos de producción y consumo.

En el panorama descrito las estrategias de imagólogos y psicólogos sociales son tan axiales como generadoras de mundos. Su tarea se centra en el condicionamiento de conductas a través de la administración de imágenes sobre las conciencias. Se trata de diseñar y programar pautas de conducta…. En este sentido sorprende la tremenda significación psicológica de las imágenes y contenidos que aparecen en la publicidad. También sorprende el uso generoso de imágenes y contenidos arquetípicos. Tales imágenes deben suscitar trazas de actividad psíquica y emocional de la mano de las filias y fobias que despliegan. Los receptores de dichas imágenes identificarán su modo de vida y forma de ser en la asociación e inmersión en tales imágenes desde las emociones que éstas les mueven. Es evidente que tal diseño de las conciencias hace previsible la conducta desde los condicionamientos que sirve. La programación psico-social no vendrá tanto de la mano de tal o cual imagen sino de la inmersión de las conciencias en un permanente flujo de imágenes cuya finalidad es la incansable movilización de la líbido en el mercado. El resultado acabado será un individuo, fácilmente moldeable, tremendamente dispuesto y con un interior rebosante de deseos e imágenes a los que adorar. Así las cosas, tales flujos de imágenes se han convertido en el más relevante marco educativo y de constitución de la subjetividad en las sociedades contemporáneas. Este universo de imágenes relegará todo a una existencia puramente icónica y virtual. La técnica desde su capacidad cosificadora y manipuladora de lo real parece estar en la raíz del nihilismo del tiempo presente. En el reino del utilitarismo extremo todo parece quedar reducido a una condición de objeto susceptible de estudio y manipulación. En el marco descrito todo encuentro real, toda dimensión unitiva, y todo enlace con la alteridad se convierte en insólito. La distancia y la alienación de lo cosificado en unas rentabilidades pre-establecidas reducirá lo real a la mera apariencia y en última instancia a su evanescencia total. Si todo deviene mero objeto también lo hará el hombre y su intimidad. Lugares comunes, tópicos sociales y convenciones varias serán el espacio de seguridad y refugio de un hombre así configurado.

Los viejos magos

Los imagólogos, es evidente, conocen su trabajo con precisión. Ahora bien, no son ni los únicos ni los primeros que son conscientes de las técnicas del condicionamiento de conductas a través de imágenes. Eco nos advierte en su obra como todos esos procesos de condicionamiento de la conducta, tan propios de nuestro tiempo, eran invariablemente asociados con la magia en las sociedades antiguas. Tal asociación no venía de la mano de algún género de poder supersticioso que emergiera de la mano de la imagen. Al contrario, respondía a la consideración que esos pueblos tenían de la magia en tanto techne o saber aplicado, hasta el punto que desde tal perspectiva de análisis la sociedad contemporánea no respondería a otra cosa sino a una implantación política de la magia….

Tradicionalmente la magia fue vista como una técnica que, sobre la base de la aplicación de ciertos conocimientos, pretendía algún género de actuación sobre lo real. Así la magia se consideraba una techne, es decir una técnica que encontraba su operatividad en una sabiduría aplicada. Es decir, magia sería las aplicaciones de tipo auxiliar, práctico y secundario de un determinado grado de sabiduría o conocimiento. Toda aplicación mágica exigiría, por tanto, cierta cosificación de aquello sobre lo que se va a operar y la pretensión de actuación. De ahí sus límites derivados del dualismo metodológico del que parte. Para los magos la actuación sobre lo psíquico encontrará en el poder de las imágenes una de sus más importantes herramientas. Las imágenes serán capaces de generar todo tipo de mundos interiores de tremenda potencia. Desde ahí desplegarán su enorme poder para configurar la intimidad de las conciencias y, en su caso, para condicionar conductas. Las imágenes suscitan en el hombre fobias y filias, incluso diseñan y constituyen tales fobias y tales filias. Las más de las veces las gentes confunden su carácter y naturaleza con este entramado donde lo real queda ya previsto y codificado de antemano en una representación e imagen dada. La conciencia del hombre deviene así como perfecto intérprete de un guión donde todo es susceptible de ser categorizado y desecado en la propia representación. El problema es que el guión siempre es dictado desde instancias ajenas con el fin de asegurar toda una serie de rendimientos. La conciencia y su tremenda potencia, quiénes y qué somos, queda así ignota más allá de todas esas proyecciones dualistas con que teñimos nuestra experiencia del mundo. Toda esa cartografía de nuestras fobias y querencias limita nuestra experiencia de la vida haciéndonos previsibles. Hasta el punto que nos convierte en sumisos servidores de una representación ilusoria de lo real que nos cosifica y limita, estrangulándonos y adormeciéndonos la percepción y la capacidad de vida. Desde tales cuadros de filias y fobias cosificamos lo real y al tiempo somos cosificados por nuestra proyección de lo real… Cualquier mago de la antigüedad contemplaría la sociedad actual, sus relaciones sociales así como las actuales relaciones entre hombre y naturaleza, completamente saturadas de la mentalidad y los procesos operativos y manipulativos propios de la magia. Otra cosa muy diferente, evidentemente, es la parodia de conejo y chistera que hoy en día entendemos como magia y, al tiempo, la inquietud que tal término suscita en su evocación de lo irracional.

Creo se hacen evidentes los enormes paralelismos entre la antigua magia manipulativa y toda una serie de prácticas tan cotidianas como ubicuas. En palabras de Ioan P. Culianu, el que fuera el más importante discípulo de Mircea Eliade, “actualmente el mago se encarga de las relaciones públicas, de la propaganda, de la prospección de mercados, de las encuestas sociológicas, de la publicidad, de la información, la contra-información y la desinformación, de la censura, de operaciones de espionaje e incluso de criptografía. Esta figura clave, para la sociedad contemporánea, sólo representa la continuidad del manipulador de Bruno, cuyos principios va siguiendo, procurando presentarlos como fórmulas técnicas e impersonales. Los historiadores concluyeron con razón que la magia había desaparecido con la llegada de la ciencia “cuantitativa”. Esta sólo ha venido a sustituir una parte de la magia, prolongando sus sueños y finalidades recurriendo a la tecnología…. Al mantener una función operacional, tanto la sociología, como la psicología y la psicosociología aplicada representan, hoy en día, la continuación directa de la magia”.

El paralelismo trazado entre lo que la antigüedad consideraba magia negra y algo tan relevante hoy en día como los flujos de imágenes no responde a reflexión ni especulación alguna sino a la constatación de la identidad entre los modos de hacer propios de la magia y los característicos de los imagólogos, publicistas y psicólogos sociales. Desde tal perspectiva considerar el tiempo presente como el de la implantación política de la magia negra no es sino una obviedad. En este sentido, la gran paradoja es que teniendo la magia tal grado de vigencia política ésta se relacione invariablemente con temáticas lindantes con la superstición, la irracionalidad o la fantasía más delirante. Lo cierto es que tales cosas en absoluto dan cuenta de lo que por magia se entendía en los mundos antiguos. En un mundo en que todo se torna evanescente también la magia parece ocultarse. En todo caso, hay que ser consciente que las tremendas fuerzas titánicas desatadas atienden a la conciencia del hombre como a un campo prioritario de operaciones…

BIBLIOGRAFIA:
Eros y magia en el renacimiento, Ioan P. Culianu.
La sociedad del espectáculo, Guy Debord.
La estrategia de la ilusión, Umberto Eco.
El mundo como supermercado, Michel Houllebecq

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