El otro: Un paisaje violento

21-marzo-2010 · Imprimir este artículo

Por Lola Blasco

Cuando colocado en presencia de un hombre que es mi Tú le digo la palabra fundamental Yo-Tú, él no es ya una cosa entre las cosas, ni se compone de cosas. Martin Buber

Pese a que nuestras sociedades son las más seguras que han existido nunca, nosotros, el “mundo europeo”, vivimos sumidos en un profundo miedo, miedo que, si se me permite, es descargado en innumerables ocasiones en forma de xenofobia.

Dice Bauman que nuestra sociedad es la más proclive a todo aquello que tenga que ver con la seguridad y la prevención, mucho más que el resto de habitantes de las sociedades conocidas. Vivimos rodeados de cámaras y sistemas de seguridad, cuya tecnología no sirve sino para profundizar, todavía más, ese sentimiento de incertidumbre y desconfianza. Parece posible afirmar que nuestra inseguridad, que nuestro miedo, está en relación directamente proporcional con el modelo de nuestra alarma de prevención de intrusos. Cuanto más sofisticados son nuestros dispositivos de prevención, mayor es nuestro miedo. La nuestra es una sociedad que se construye en el terreno pantanoso e inestable de la desconfianza. Castel indica que la inseguridad actual se distingue por el miedo al crimen y al malhechor, predomina la desconfianza en los demás ya que no existe para nosotros la posibilidad de compañerismo humano. El problema es que el peligro se nos presenta como algo indefinido, como un mal endémico. Según Castel, esto se produce por dos razones, a saber, frente a las trabas que imponía un red social muy densa antaño, nos hallamos ante un individuo liberado, pero el precio de esta liberación va a ser la vulnerabilidad y la fragilidad que van a marcar al sujeto contemporáneo. Como si de una epopeya clásica se tratara, asumimos el papel del héroe y, a cambio, hemos perdido la polis. Nuestros intereses no se hallan en nuestra propia ciudad y poco importa lo que en esta suceda. Contrariamente al inmigrante, carecemos de deseos localistas, de lazos vecinales, nos encontramos solos ante nuestras vidas y la ansiedad que esto nos produce deriva en una competencia exacerbada que sustituye a la solidaridad.

Nuestra sociedad no es ya una fábrica, sino un producto, y si en la Modernidad las clases sociales desfavorecidas habían sido convertidas en excedente, en el tiempo de la Modernidad líquida, como diría Bauman, las nuevas clases sociales han sido convertidas en residuos. Ya no se trata de un estado temporal que dará paso a la integración, sino que estas nuevas clases son inasimilables, se las excluye permanentemente.

Todos conocemos el episodio ocurrido en Suiza con relación a lo minaretes de las mezquitas. La prohibición de su construcción es en realidad una guerra iconoclasta entre dos comunidades incapaces de comprenderse mutuamente, pero destinadas a compartir un territorio. Roger Bartra afirma que el siglo XXI nace en Occidente bajo los signos del terror y la otredad. Es cierto que el terrorismo florece en la defensa de alteridades religiosas o étnicas que se sienten amenazadas, pero de ningún modo es justificable el manejo del miedo que se ha hecho por parte de las autoridades suizas, queriendo vender el problema de las altas torres (símbolo de potestad por excelencia) que son los minaretes, como un problema de terrorismo. En realidad nos hallamos ante el inconveniente de la visibilidad del “gran otro”, el Islam. Un paisaje, el europeo, que se encuentra violentado ante la representación del inmigrante en su sociedad. La visión del extranjero molesta, irrita, hay que retirarlos a las zonas apartadas. Es triste pensar que el resultado del mismo referéndum hecho en un país como España o Francia, por citar alguno, hubiera tenido similares resultados.

Suele decirse que se tiró el muro de Berlín y se levantó el del Estrecho. A la luz de este referéndum, quizás sea conveniente que nos planteemos si lo que deseamos es una ciudad de murallas, una estética de la seguridad que presida todo tipo de construcciones e imponga una lógica basada en la vigilancia y el asilamiento. Una vida de urbanización frente a una experiencia real, frente al estar-en-el-mundo que propugnaba Heidegger. El Dasein al que hacía referencia Heidegger, nos habla de la comprensión de un sujeto en el que aparecen los otros, un mundo en el que los otros aparecen junto conmigo. No se trata de poner en relación un yo frente a los otros, sino que yo existo en los otros, soy parte de lo que denominamos los otros, no me distingo de ellos. El Dasein es un mundo en común, es el con-vivir cotidiano. Dejo de ser yo para ser uno; si me refiero a un tú, me comprendo a mí mismo en esa afirmación y viceversa. Compartir nuestro espacio es una tarea imposible de eludir. Los extranjeros están ahí, son parte de nuestra sociedad, de nuestras ciudades, y hay que buscar una solución de vida conjunta que no pase por el relativismo, que no contribuya a implantar una falsa tolerancia enmascarada de buenos sentimientos. Detrás del relativismo se esconde la división basada en la concepción de supremacía del yo occidental. No se pueden legitimar, como propios de una cultura, actos que atenten contra la democracia. Debemos encarar la realidad que se nos presenta y no esconderla en los barrios marginales.

Ahora, es necesario recuperar la polis y con ella, el sentimiento de hospitalidad al que nos debemos.

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