El Musical Verbatim

Hoy como siempre, el teatro es un reflejo nítido de los intereses y valores de la sociedad. Actualmente, puede considerarse un género prolífico, variopinto y de un enorme dinamismo. Además, el teatro mantiene su hegemonía sobre las restantes ofertas de ocio; a excepción, claro está, del cine, la televisión, la Wii, los iPods, las novelas de vampiros adolescentes e Internet. No hay más que recorrer las grandes avenidas de la capital, para dar fe de la considerable recuperación de espacios teatrales que se ha llevado a cabo en los últimos años. En los rótulos vuelven a brillar los consagrados nombres de antaño: Lope de Vega, autor de un millar de comedias; Calderón-Häagen-Dazs, creador de más de un centenar de sabores, o Movistar, en honor a la consagrada compañía artística.

Atrás quedaron las zarzuelas y los barquillos, las tonadillas y los churros con chocolate. Afortunadamente, hace tiempo que hemos aprendido a desechar lo autóctono y a dejarnos llevar por la marea de tendencias que nos llega desde Europa y Estados Unidos; porque todos sabemos que lo que viene de fuera, si no es mejor, al menos es más exótico. Actualmente —a Dios gracias— existe una industria que se asegura de que un mismo formato se reproduzca por todo el mundo con una escrupulosa exactitud. Y así, esperamos ansiosos a que lleguen, uno tras otro, los espectáculos que triunfan en las grandes ciudades; porque si de algo tenemos garantía, es de que ya no hay que salir de España para ver lo que más se ve en el extranjero, tal y como se ve en el extranjero.

Hoy, por fin, los grandes teatros de nuestra capital se llenan de luces, música, cantantes y bailarines; de artificios grandes y argumentos pobres, pensados no ya por dramaturgos del tres al cuarto sino, nada más y nada menos, que por asesores creativos —¡algunos hasta españoles!—. En una época en que el ocio está al alcance de todos y sin salir de casa, los musicales han logrado algo impensable: que las butacas de los teatros se llenen y que el teatro se convierta, también en España, en una industria que mueve millones. Y es que, ¿cómo no sucumbir ante piezas ilustres como 40, A, Forever King of Pop, Hoy no me puedo levantar o —¡Mamma mía!El diario de Ana Frank? ¿Quién no se enterneció con las canciones y los pasos de ballet de la pequeña Ana en su buhardilla holandesa? ¿Quién pudo contener las lágrimas mientras la niña revoloteaba, como solía hacerlo, por el campo de concentración de Bergen-Belsen?

La audacia de concebir el género musical con pretensiones sociales e historicistas responde a un fenómeno que no se da en medios como el cine o la televisión: el hecho de que el teatro parece tener la necesidad de justificarse a sí mismo. A menudo, se recurre a temas socio-políticos únicamente para dar validez a lo que se cuenta o tiene lugar en el escenario.

En el Reino Unido —país mucho más avanzado que España en materia de espectáculos circenses, comúnmente conocidos como “reality shows”—, hace algunos años se puso de moda el “verbatim theatre”, modalidad extrema del llamado “teatro documento”. El “verbatim theatre” pretende reproducir, palabra por palabra, las actas judiciales de crímenes racistas o las declaraciones de grandes mandatarios que son interrogados sobre cuestiones de Estado en juicios privados. El pretexto para este teatro político es crear conciencia social y conseguir que la gente de a pie tenga acceso a información que no es de dominio público. La realidad es que este tipo de teatro presenta como verdaderos una serie de hechos que han pasado por numerosas manipulaciones. Pero, claro, ¡es que un actor joven y guapo pronuncia el discurso con mucha más gracia que Tony Blair! Y, además, con una pose aquí, un foco allá y música de fondo, la cosa se vuelve bastante más entretenida. Especialmente si un hábil dramaturgo ha sido capaz de reducir treinta y dos horas de interrogatorio a sólo dos, mostrando un increíble dominio del “corta y pega”.

En vista del éxito de los musicales en España y de lo entretenidos que están los ingleses con su “teatro verbatim”, optemos por adaptarnos a los vientos que corren: ¿qué importa que la historia se manipule y se trivialice en el teatro? ¿No está el público familiarizado con los géneros de terror y ciencia-ficción en otras disciplinas? Sin duda, el futuro del teatro está en el “musical verbatim”, género dramático-político-social-musical, del que quizás El diario de Ana Frank se considere precursor algún día.

En el futuro en España, el teatro seguirá reflejando los intereses y valores de la sociedad: será un género mercantil, abigarrado y de consumo rápido. El público acudirá al teatro María Fontaneda a sentarse durante un par de horas y zamparse cualquier guiso que le agrade la vista y el oído. Porque paladear, lo que se dice paladear, el público ya paladea más bien poco. Y de digerir mejor no hablamos.

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