El hábito hace al Lama

10-Abril-2008 · Imprimir este artículo

Por Paco Obrer

Aunque a simple vista parece un funcionario del bien, dirige, con hilos invisibles, la resistencia de una nación invadida y sojuzgada.

Cuando tenía dos años, un feúcho y pequeño campesino fue reconocido como la reencarnación del anterior Dalai, que no es otra cosa, al parecer, que una emanación de avalokitesvara o el Buda de la compasión. Vaya cacao maravillao.

Sobre la técnica de buscar reencarnados podría escribirse un divertido tratado. La reencarnación para los españoles es como la Lotería de Navidad: aquí nos gustaría reencarnarnos por peñas o por bares, un poco en forma de tribu, que es como ir al cielo de excursión en un autobús de la UGT.

Dicen que este señor se ha reencarnado para servir a todos los seres “sintientes”. Un poco servicial sí que resulta, pero el hombre debe de tener su genio para aguantar lo que aguanta.
Poner siempre buena cara es algo que ninguna escuela de restauración del mundo ha conseguido. A eso me refería con lo de que el hábito hace al Lama. Así como muchos presbíteros ingleses son sospechosos de la Interpol y sudan semen a menudo, los lamas tienen un aire distinto y parece que lo suyo va en serio. Aquel patito feo es hoy Su Santidad.

En España no interesa demasiado eso de la espiritualidad, que para nosotros es un sucedáneo para marquesonas y visionarios. A base de obedecer, producir y ver la tele, hemos convertido al alma en un filete de pollo de Pascual hermanos.

Comenzamos domesticando a los herejes priscilianistas y hemos terminado por ser el pueblo más hipotecado del mundo, pero aquí viene el Dalai a vender simpatía para liberar a su peña y, de paso, ayudarnos un poco, que falta nos hace, aunque nadie lo reciba.

Mientras en el Tíbet se sigue torturando y reprimiendo en nombre de la Revolución y del progreso, los demás países miran para otro lado y continúan comprándoles todo a un euro a los invasores. Ahora que el Dalai se nos ha hecho demócrata ya no existe la excusa de que allí mandaba un señorito andaluz para justificar el genocidio maoísta. El techo del mundo está lleno de demonios invasores que prometían la reforma agraria y se han dedicado a llenar de todo a cien y puti-clubs rojocapitalistas.

En un mundo de imágenes como éste, el Dalai parece un vendedor de perfumes o un exiliado de Loewe. La zapatería de mi calle ha llenado el escaparate de budas y botas de cocodrilo sintético, y hoy me han conformado que los vejetes del Inserso están haciendo meditación y yoga en masa en las instalaciones municipales. Esto de la Nueva Era es una plaga curiosa donde lo único que parece como de verdad es el Dalai Lama.

El sesudo de las religiones Mircea Eliade decía que la diáspora de los tibetanos se podía comparar con la llegada a Occidente de los sabios de Constantinopla. Algo de eso hay, ha decir de las colas y enchufes necesarios para poder entrar en una conferencia de Su Santidad. El budismo crece como higiene del mundo, pero llega quizá tarde.

A Su Santidad se le ve con esa cara de funcionario del bien aguantando al personal, y no se sabe si está contando moscas o pensando en el Nirvana.

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