El fin de la utopía

Aunque tal lugar no existe, son muchos los que sienten una atracción irrefrenable por él, los que lo han pensado y soñado hasta en los últimos detalles y, sobre todo, quienes han intentado que Utopía, el lugar imposible, tenga realidad sobre la tierra.

Los guardianes de la ciudad

La isla de los utopistas es un ente moral; Utopía nace para que el bien y la justicia reinen por fin entre los hombres, acabando con la corrupción de las costumbres y con la codicia de unos cuantos explotadores. Desde Pitágoras hasta Lenin, los filósofos han soñado con el reino de la razón y la moral, un porvenir dorado en el que, como decía la constitución de 1812, todos sean buenos y benéficos. La vieja sabiduría pesimista, sujeta a las religiones tradicionales, que trata al hombre de bestia perversa a la que hay que atar corto, es rechazada de plano por quienes tratan de empezar el mundo desde cero.

Utópicos y puritanos caminan juntos: los peregrinos del Mayflower y los pitagóricos de Crotona, los anarquistas de Aragón y los fraticelli del medievo; detestan el mundo corrompido de los poderosos, sus lujos ofensivos para los más pobres, su orgullo satánico. Regnum Caesaris regnum Diaboli, decían los cristianos primitivos. Expresaban su rechazo a todo lo que de tentador guardaba su tiempo. Así, los eremitas huyen de un mundo insoportable y se encierran en la Tebaida para vivir aparte de las tentaciones, pese a que éstas les persiguen hasta las cuevas del desierto y les perturban las vigilias con las formas alabeadas de una diablesa, los élitros de algún monstruo del Bosco o las visiones del ultramundo hábilmente fingidas por el maléfico. Ya dijo el más grande de todos los utopistas que su reino no era de este mundo, condenado al cambio, a la extinción, a que todo su esplendor se convirtiera en vanidad de vanidades.

¿Libertad para qué?

Hay que rehacer la creación o renegar de ella, pero nunca aceptarla tal y como es, burlona y enemiga de las definiciones, ajena a toda idea moral. El hombre, la criatura para la que se supone que este mundo existe, debe cumplir los requisitos que la nueva ciudad exige. Unos buscarán su modelo en el primitivo, en el Adán inquilino del paraíso, en el buen salvaje rousseauniano. Otros, en algún modelo de hombre futuro, producto de una sociedad plenamente racional, políticamente correcta.

Para crear este ser único, hay que empezar por educarlo en principios acordes con su naturaleza y abolir de su alma el error, fuente de todo mal. Platón destierra a los poetas de su ciudad porque sus creaciones son engaños. Y de los más peligrosos, porque prestan el encanto de la belleza y de las formas agradables a la perversidad. Se hace, pues, necesario controlar las manifestaciones artísticas y hasta las gimnásticas. La sociedad perfecta no puede permitir que el hombre redimido caiga en los pecados de la vieja especie. Para ello, es necesario que se vigile y se persiga al infractor de la norma, al incrédulo, al reaccionario, al inmoral. Si hay algo que sobra en toda sociedad utópica es el individuo, la persona. En una comunidad perfecta nadie puede disentir de los principios básicos, y el que lo hace es un elemento dañino que merece ser excluido y exterminado. Si la verdad y la bondad son patrimonio del Estado, nadie puede oponerse a él, encarnación de los más nobles ideales.

Entonces, cuando suenan las voces discordes, cuando ni los propios guardianes de la ortodoxia se ponen de acuerdo, suele llegar la hora de la violencia, de las purgas, de que la revolución devore a sus hijos. Y lo hace sin piedad, justifica con las palabras más bellas peores atrocidades que las que reprochaba al viejo orden. Así han acabado los Danton y los Robespierre, los Trotski y los Bujarin.


El infierno redentor

Las exigencias de la nueva ciudad difícilmente las puede aguantar el nuevo hombre, aunque haya sido concienzudamente preparado para ello por los filósofos. En la naturaleza humana pesan siempre unas pulsiones y unos instintos que contradicen los preceptos de la razón, que nos hacen imprevisibles para nosotros mismos. Los ciudadanos de Crotona no aguantaron a los pitagóricos y se sublevaron contra ellos. Los colonos de la Icaria de Cabet expulsaron a éste de la comunidad ideal, la que él había planeado hasta en sus últimos detalles. En Norteamérica todavía quedan restos de los falansterios fourieristas, con sus grandes salas de reuniones y sus talleres cubiertos de maleza y herrumbre. Los intereses particulares derrotaron los anhelos de reconstruir el comunismo originario. Pero ya Marx -ese antiutopista que originó el mayor intento utópico de la historia- demostró que no se podía crear una sociedad al margen del movimiento de las fuerzas productivas, que el experimento sería devorado por la realidad circundante.

Tanto Marx como Bakunin bebieron en las fuentes del hegelianismo hasta emborracharse de dialéctica. Apenas hicieron el menor caso de Stirner, quien sostuvo la primacía del individuo sobre toda forma social, llegando a defender la necesidad del crimen como afirmación de la libertad suprema de la persona. Se trataba de construir una sociedad nueva, ya fuera por medio de la necesaria evolución del sistema productivo, ya como consecuencia de una revolución violenta que destruyera hasta los cimientos del orden anterior. La vía de Bakunin y Nechaiev, la del crimen y la subversión instintiva, acabó por degenerar en el terrorismo, la más ineficaz de las armas políticas. Dostoievski en Demonios -su gran libro político- nos plasma la miseria de tal modo de actuar.

El resultado es siempre el mismo: una sociedad inhabitable, un reparto de la miseria entre los hambrientos, un orador arengando junto al patíbulo. Cuando el poder absoluto se utiliza para defender los principios más excelentes, acaba por asomar la tiranía. El hombre no es un ser moral ni un ente razonable. Tras setenta años de ateísmo, la religión renace en el antiguo paraíso en la tierra. Tras setenta años de internacionalismo, estallan luchas tribales en la ex-patria de los proletarios de todo el mundo. Tras setenta años de humanismo progresista, el relato escalofriante del gulag ruso, de los genocidios maoístas y de las purgas de disidentes. Tras cuarenta años de dictadura del proletariado en Polonia, los obreros del metal causan la ruina del régimen con sus protestas. Nada ha cambiado desde que el pueblo de Crotona asesinó a los pitagóricos quemándolos vivos en su templo. Cuando Petronio, siglos después, vuelva a mencionar a Crotona, ésta será una decadente ciudad dedicada a la caza de herencias, sumergida en la vida cotidiana y sin historia, aquella en la que parece residir el secreto de la felicidad.


El azar y la necesidad

Platón expulsó de su ciudad ideal toda aquella belleza que alejara a los hombres de la perfección moral. El arte y quienes lo cultivan causan prevención entre los moralistas; la belleza es efímera, engañosa, variable. Atrae a los hombres con una fuerza que la razón no puede combatir. Al igual que los lazos familiares o nacionales, tiene un arraigo, una identificación con los sentimientos del individuo, que ningún razonamiento, por elevado y certero que sea, puede vencer. El hombre es un animal simbólico, y esos símbolos que orientan su vida y sus veneraciones carecen de racionalidad, son hijos del instinto, de los sueños, temores y angustias particulares de cada uno. Es ese el factor con el que nunca cuentan los utopistas: que cada hombre es un fin en sí mismo, un pequeño mundo -insignificante, sin duda- pero con vida propia, que busca sus fines particulares ante todo. Su actuación no la rigen altos imperativos morales, más bien suele ser ciegamente egoísta y sensual. Pero es la satisfacción de esas necesidades la que labra su felicidad particular, y no el logro de un tipo humano superior que nunca llegará. La principal característica de la vida es el cambio, la movilidad y la caducidad de todo lo que en ella se desenvuelve; pretender llegar a un tipo definitivo de sociedad, de hombre, de moral, es un imposible, un atentado contra la lógica. Ya lo dice el viejo Heráclito: “Desperdicios sembrados al azar, el más hermoso orden del mundo”.

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